Viejo

Aparqué el coche un par de kilómetros después de Sorauren. Diría que venía de jugar a golf, en la Ulzama, pero esos tiempos, mejores, ya pasaron. Me llamó la atención ese cartel tantas veces visto con el rabillo del ojo. Ahí estaba, con el tacto áspero de lo corroído, la conquista del óxido sobre el metal, uno de tantos heraldos del paso del tiempo. 
Llegué a casa y me dedique a buscar otros testimonios similares. Las venitas nerviosas de lo alto de la nariz; un diente de ajo reseco y dilatado, duro como la madera; unos ibuprofenos reblandecidos; una agenda de teléfonos en la que aún apuntábamos lo de móvil. Charo móvil, Perico Unzué móvil. 

Estimulado por el nuevo juego, busqué en las parcas, en las chamarras, en los abrigos del armario del pasillo. Salieron duros y  monedas de cien pesetas, briznas de Marlboro, un boli bic aún con tinta y albaranes, tarjetas de visita y una caja de cerillas de un hotel en Barcelona. En el bolsillo interior, doblado en cuatro, mi certificado de defunción.


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*Foto de Miguel Leache, extraída de su blog Passy en invierno.

Comentarios

  1. Hombre, la próxima vez que pases por delante de casa, avisa y te invito a Lucky, te regalo unas facturas, -las que quieras-, un mechero y algún duro que queda por aquí (de euros, nada)... Me ha encantado el post, con foto incluida.

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  2. Uhmm.
    me gusta el gazapo de las parcas, en las chamarras, en los abrigos.... introducir la noción de muerte imperceptiblemente antes del desenlace, solo con un equivocador cambio de letra.

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