22.5.13

Silencio de mayo

Yo, tan preciso para las fechas, no sabría decir cuándo fue aquello. Solo sé que era mayo. Quizá 1998 o a lo mejor 2002. No sé. Volvíamos de unas clases de inglés gratuitas que nos tocó en algún sorteo institucional municipal, y el profe era un irlandés enrollado que también servía cerveza negra en un pub de la parte vieja. Descubríamos nuevos pliegues de la ciudad, porque Chesterton dice que toda ciudad que no se puede recorrer de punta a punta en un día es una ciudad inabarcable, demasiado ciudad. Por eso, en Madrid trato de crear mi propia cuadrícula nunca mayor a cinco paradas de metro. De momento,  lo consigo. 

Nuestras carcajadas en la avenida Galicia chocaban con aquel silencio de mayo, en esa hora de luz prolongada que dura siempre un poco más, racanería al revés, y ese silencio no me deprimía sino al contrario, contribuía a fijar el momento, y fijar el momento es lo mejor que se puede hacer en la vida.  

Con el tiempo, lo volví a sentir, también en la pequeña ciudad natal, a las faldas de la estatua de los Fueros. Otra vez, siempre mayo, en el bar Aralar, tomando un frito y una caña, con el tío Manolo y mis hermanos y de pronto aparece gente.

Un silencio urbano que no sé muy bien qué significa; un golpetazo de nowness, la posibilidad de una isla, una comunicación intersiglos, una promesa de felicidad impresionista, sencilla y compleja como un bodegón de Cézanne, minimalista y abarrotada como el estanque de nenúfares de Monet en Giverny y que cada vez defino mejor en mi hoja de ruta íntima.



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