El estanquero

Se jactaba de no haber cambiado el escaparate desde el Mundial de España 82. De hecho, la figura de Naranjito era un importante reclamo para los clientes treintañeros del barrio, que a veces hasta le pedían permiso para hacerse una foto con él. Con el muñeco, no con el estanquero, que tenía merecida fama de Scrooge. En 2012 se propuso el reto de no dar ningún Buenos Días y lo consiguió. Desde que comenzó la crisis se autoimpuso unas medidas de austeridad lingüística que cumplía a rajatabla. Qué quiere, era el máximo de su inversión comunicacional. Por suerte, los clientes no daban mucho la pelmada: un chester blando, un ducados sin filtro, una bolsa de drumm, un librillo de smoking. 

Lo más coñazo eran los que venían por el puto abono transporte y más entonces, cuando la Comunidad había decidido renovar el sistema, y cambiar los billetillos como de chicle Adams por unas tarjetas inteligentes. Le ponían especialmente nervioso clientes despistados como aquel rubiales, que decía que aún no había recibido, en su casa, la nueva tarjeta. 

Entonces pronunció la frase más larga del año: "Si la hubieras pedido para aquí, ya la tendrías. ¿Has mirado en el buzón?". 

En efecto. No había mirado. Y cuando volvió a casa tras la farra, abrió el buzón y se vio a sí mismo en la nueva tarjeta del metro, y se sintió parte de un bondadoso sistema comunista o algo, hasta le emocionaron aquellas palabras amables, llenas de orgullo, del presidente de los metros de la ciudad. 

Pensó en el malencarado estanquero, y en cómo nadie le contaba el final feliz de sus historias mínimas, antes de quedarse profundamente dormido. 

Comentarios

  1. Los estanqueros, último baluarte contra la virtualización de las relaciones humanas. Aunque sea con mala leche.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares