06052013 / Soma

Escucho Soma de los Smashing Pumpkins, uno de los pocos grupos que escuché mientras existían y triunfaban. En su tiempo. Siamese Dream, 1995. Y Nirvana, aunque el sueño de estos acabó antes, un día de abril, recuerdo la noticia del suicidio, ese chalé tan normal en donde a nadie se le había ocurrido mirar. Ahí estaba Kurt Cobain, muerto, 27 años, y mi hermano y yo, él 16 y yo 14, viendo las noticias en el cuarto de estar, quizá legañosos porque quiero recordar que la noticia se conoció un sábado. 

Escucho Luna de Smashing Pumpkins y me acuerdo de aquellos años de adolescencia intensa, tengo por ahí unos papelajos que quizá algún día retome, en aquello que no sé si alguien llamó pero debería, movida pamplonica, mediados de los noventa. Conciertos, casi cada día, Donegal, Terminal, Ka, Artsaia, Medialuna, y grupos, muchos y buenos, Ritual de lo Habitual, Greenhouse Effect, Glitter Souls, Rare Vocation, Max Estrella, Grey Souls, Void, Plexus, Jugos Lixiviados, Karma, Polaris. Teníamos nuestras revistas, antes de que llegáramos a imaginar la que se nos venía encima con internet: El Planeta y El Bolo Feroz. Recuerdo una sesión de fotos para el primero, en la plaza de la O, y un jersey negro de cuello alto y esas poses como de tipos serios e introvertidos. Primavera de 1996.

Y teníamos personajes, rockeros malditos, que andaban por Calderería una tarde cualquier de verano: Roberto C. Meyer. Mississippi Blind Mike. 

Y nuestra tienda de discos: Trokadiscos.

Escucho Mayonaise, de los Smashing, y me acuerdo de Germán y su veneración por un punkarra amariconado de Burlada que acaba de morir, Josetxo Ezponda, el Bicho, cuyo disco, hoy de culto, Bitter Pink, tenía en una capillita, firmado, junto a The beautiful loosers de Cohen, El retrato del artista adolescente y Demián, de Hesse, que le presté yo de una primera novia que me lo prestó a mí.



Y recuerdo aquellos cigarrillos liados de orégano o perejil, porros de chuchería, o la idea de una macrofiesta que nunca llegó a darse, pero con cuya logística fantaseábamos en los primeros pitillos del patio, como vaciar la bañera de casa de Jaime, desinfectarla con agua hirviendo y llenarla de calimocho y quizá alguna sustancia psicotrópica. 

Recuerdo barajar nombres para el grupo, como Mermelade Skies, mangado de Lucy In The Sky With Diamons (LSD), propuesto por Germán. 

También la fusión entre Smashing Pumpkins, y los Oasis/Blur que veíamos en la MTV, y los Doors, Jimi Hendrix, Clapton, Dylan, Cream y compañía que nos metíamos en vena, con la música popular latinoamericana, el Vals del Trovador, Amorada, el Chorus de Villalobos, que nos enseñaba Joaquín Zabalza, en su buhardilla mágica de la calle Mayor 54, donde hoy ya no vive nadie pero hay una placa en su nombre, en esa Pamplona que jamás se nos hacía pequeña. Y ese trastero que habilitamos para tocar lo que aprendíamos, ya fuera de los Beatles o de Paco de Lucía, y cómo Germán dominaba como un cabrón el flamenco, quizá porque su padre era de Cartagena y veraneaban en Matalascañas. Hace poco me dijeron que lo habían citado como unos de los mejores guitarristas flamencos actuales. Era, es, extremo en todo, Germán, incluso en la discreción. 

Escucho otra vez Mayonaise, y Hummer y sus dos maravillosos minutos finales, y toco el Pájaro Campana, y Río Grande, y la Jota en Do, y evoco esas tardes de primavera, largas, larguísimas, que siempre se me hicieron cortas, cortísimas.







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