El éxito del fracaso

Leonard Cohen lo tenía todo en Hydra. Mujer, hijos, guitarra y un objetivo: escribir The Beautiful Loosers. Tenía además el buen tiempo de Grecia que, tras décadas de humedad y frío en Montreal, sabían a gloria. Leonard podía escribir a torso desnudo, con cigarrillos quizá turcos, cara al mar y hasta arriba de anfetaminas y sin apenas comer, que fue el truco que empleó para despachar cuanto antes esa novela-jazz suya, que tuvo una buena acogida.

Pero con las novelas no se llegaba muy lejos, era la era del rock, era el momento, ahora o nunca, finales de los setenta, de hacer canciones. Entonces dejó la máquina de escribir y las anfetas y le dedicó a su mujer, Marianne, una preciosa canción, a la que seguirían después unas cuantas. Logró terminar un disco y viajó luego a Nueva York y durmió en el Chelsea Hotel y Janis Joplin le hizo una mamada sobre la cama deshecha de una de las habitaciones. Hace frío esta la noche, finales de diciembre, pero me gusta Nueva York, el sitio en que vivo.

Y llegaron los contratos, las discográficas, los productores, las televisiones, las entrevistas, las giras, las habitaciones solitarias de hotel, las horas de tedio en la carretera. Qué lejos quedaba Hydra, demasiado. Habíamos matado a Hydra por un millón de dólares.

Fue entonces cuando Leonard cayó en fuertes depresiones, alcoholismo, barbitúricos y perdió su centro. Lo cuenta en el último libro de Alberto Manzano.

Vengo de ver Searching for Sugar Man, la conmovedora historia de Sixto Rodríguez. Un artista que emergió en el Detroit de finales de los sesenta. Como Cohen, estaba en el lugar y en el momento adecuado. Tenía el mismo talento, o el de Dylan. Quizá más. Sacó dos discos que fueron un fracaso en EEUU, y que se vendieron muy bien en el culo del mundo de entonces, Sudáfrica.

Se especuló con el suicidio de Rodríguez, una treta para agrandar su leyenda que tampoco surtió mucho efecto. Rodríguez se dedicó a hacer chapuzas en general, arreglar casas, reformas. ¿Le gustaba?, le pregunta el entrevistador. "Sí, me gustaba hacer cosas con las manos", contesta (aprox).

Y vemos a Rodríguez metiendo tronquitos a su precaria chimenea, en la casa de Detroit en la que ha vivido 40 años, y uno piensa en el Cohen consumidor de antidepresivos, o en el Dylan con miedo a que lo mataran, y se plantea si el fracaso de Sixto, que podría haber hecho sombra a esos grandes de rock, al propio Mick Jagger que nació un año después que él, no fue en realidad su mayor éxito.





Comentarios


  1. Interesante. El titulo me motivó a leerte. El éxito del fracaso. Si, por qué no, a veces puede ser un éxito fracasar. Desde luego, desde la perspectiva de la vida y de sus cosas importantes. De esas que hay que buscar y que uno no encuentra entre los neones y la gente atrapada por el dinero y sus egos. Fracaso, éxito...quién los determina. Quién...

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