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Hace un frío como que genera lucidez. Invita a leer con la cabeza en calma, creo que marzo es un buen mes para leer; lo he comentado ya varias veces, aquel marzo en la solitariedad de Madrid, hace diez años, leyendo hasta cinco libros a la vez, y orillando las lecciones de guion y cine a las que había venido. Dice Holzer, de profesión psiquiatra, que esta época, que en los lugares de inviernos rigurosos, pensemos en Alaska o Noruega, se conoce como la del deshielo, es caldo de cultivo para exacerbar las locuras de los locos. "O esa, que es como tu temporada de rebajas", le dije el pasado jueves. Me confirmó que, al margen de su consulta, había visto a varios tipos hablando con las paredes. 

Las vueltas de la Tierra nos afectan; en realidad, estamos siempre de viaje, nada más estático que ser habitantes de la Tierra, por eso estamos condenados al movimiento. "Baila, baila, baila", me dice mi hermano que dice Murakami, que en realidad, es más de correr, y me suena que es un título publicado en Tusquets. Bailemos, movámonos, pero con un movimiento coordinado, amigo, las revoluciones adecuadas, 33 o 45, en el disco, no más; pensaba precisamente en la necesidad de parar, de aflojar, que en mí caso es poco menos que cuestión de salud. Luego veo a gente del entorno siempre inscrita en lo que haga falta con tal de no estarse quieta, con fotos en las redes sociales que dan fe de ese no parar frenético que tiene algo de salida a la desesperada y que agradecen los profesionales de la salud mental. Quizá el truco sea en el manido be water my friend, y adaptarnos al movimiento de la Tierra, de la vida, como el agua bordea la roca y cualquier obstáculo que se le ponga. 

No sé a mí esta entrada a la primavera me vuelve más loco de lo que pueda estar. Ya digo que me hace leer con más calma, sin distraerme como acostumbro. Pero este sábado, me levanté con una extraña ansiedad, nueva ansiedad que no padezco un lunes o un miércoles. Se fue pasando con el tiempo, pero pudo apreciar que me estaba haciendo una labor liposuccionadora, como esas ventosas que anuncian en las teletiendas para adelgazar mientras ves películas malas en tele. "La angustia es mi mejor gimnasio", dice Woody Allen en una de sus últimas pelis londinenses. 

Hace un tiempo que me propuse vivir sin angustia y recuerdo un libro de autoayuda titulado en esa dirección. Como si pensáramos que la angustia es un síntoma de que estamos haciendo las cosas bien, que vamos en la buena dirección. Quiá. Aprender a dominar a esa especie de heraldo de la muerte puede ser una de los mayores triunfos en vida. En ello andamos. Son siglos de educación en el sentido contrario, no es tan fácil. 

Hoy vi una peli en la Filmoteca. Le Chant des mariées. Ambientada en Túnez, 1942. Buena película. De las que permite contemplar, porque el cine o es contemplación o es Hollywood, y cada vez aguanto menos Hollywood. De las que va introduciendo el conflicto latente con suavidad. Me gustó contemplar, observar, esas viviendas moras donde duermen niños, viejos y señoras, en estancias amplias pero con pequeños rinconzuelos; me gustan esos rincones orientales, y pienso en el cuadro de Édouard Manet, Olympia, que me hace pensar en esos camastros como para fumar opio, en el París más orientalizado del XIX. 

Se quiere otra vida, canta Battiato, y no sé si estoy de acuerdo, pero miraba con sana envidia esa existencia laxa, con más roce, donde parece que no hay prisa por hacer cosas y la angustia es menor. 


Paul Klee y sus paisajes de Túnez

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