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Recta final del Macropost. Qué ganas. A veces pienso que hago cosas, me meto en cosas, solo para sentir esa sensación del vacío del yunque. Esa del tío que lleva un yunque, por el desierto, y uno le pregunta que por qué lleva un yunque, y el otro le da por respuesta porque así corre más rápido cuando le persiguen los leones. Algo así. En más de una ocasión me he visto metido en situaciones solo por el placer y el paladeo perropauloviano de pensar en el alivio una vez que haya pasado. Necesitamos el invierno para valorar la primavera. Escribí un relato, bien simple, pero al que vuelvo a menudo. Blanco y negro, se titulaba. No gané los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra, edición 1998, pero a menudo lo citamos, entre Holzer y Lorenzo Durruti. 

No podría vivir en Canarias. Hoy vi unas noticias sobre un caso de pederastia, algo relacionado con un gimnasio y un tal Fernando Torres, acusado de mil y una sobradas. Me llamó la atención ver las salas de los tribunales, y los magistrados, los fiscales, los abogados... Todo el equipo de letrados tan poco isleño, tan poco canario, tan en las antípodas de la playa, el mojo picón y los paisajes agrestes y ventosos de las islas. Hay hospitales en Canarias, médicos de guardia, ahora mismo, en Canarias, psiquiatras, religiosos, monjas, ermitaños. Recuerdo 'La isla interior', sobre esquizofrénicos, que viven en su propia isla dentro de una isla. Náufragos occidentales, quizá, sin necesidad de ser rescatados, ni enviar mensajes embotellados. Hay funcionarios en las islas y burguesía en las islas, pero no hay toros, corridas, faenas, ni matadores, en las islas, porque desde los noventa quedó abolida la llamada fiesta nacional. Cuestión más logística que ideológica, me da a mí. 

Son las dos de la mañana, y veo o medio veo un documental sobre otro tipo de logística, la de las construcciones de las pirámides egipcias. Una grúa rústica fue clave en la construcción de la de Keops, aprendo. 

Tenía una serie de pensamientos más o menos lúcidos, que pensaba volcar por aquí. Pero he abierto una botella de vino chileno y el cerebro ha dicho basta. Basta de hemisferio izquierdo. 

La televisión me irrita a gran nivel. Es como un intruso tóxico, una especie de cáncer del alma, hay que dosificar su consumo al máximo. 

Veo la foto de un libro, en el muro de Miguel Ángel Hernández Navarro que, a pesar de ese nombre tan anodino, publicará en breve con Anagrama. Es la portada de 'La hora violeta', de Sergio del Molino, un autor al que seguí la pista en Troppo Editores y que ahora da el salto a Mondadori, provocándome una envidia más racional que emocional. 'La hora violeta'. Hay un libro de Norman Mailer sobre el arte del grafiti, así se llama, que cuenta cómo los grafitis se propagaron casi a la vez por todo el mundo, en un tiempo en que no había internet. Alguien en Nueva York hizo unas pintadas en el metro y al mismo tiempo otro alguien en París hacía lo mismo. 

Otro libro, en Mondadori, también, titulado 'Las noches azules', de Joan Didion, distintas formas de presentar distintos duelos, como yo mismo hice con 'Luz de noviembre, por la tarde', versión larga de 'La hora violeta', de Del Molino, que no va de padres fallecidos sino del hijo muerto. En mi libro hablo de esa hora, concretamente entre las cinco y las seis de la tarde, en noviembre. La palabra violeta aparece en la penúltima página. Dice Hernández Navarro que es el único libro que ha leído sin parar de llorar. 

No hay propiedad en las ideas. Ni dueño original. Todo está en el aire. 

Hasta aquí estás notas desordenadas de viernes noche.


Foto de M. A. Hernández Navarro

pd: Del Molino es, también, de 1979. Me veo abocado a leer ese libro.

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