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Los martes son durillos, parece que me ha vuelto a atacar una de esas minigripes, que esta mañana me ha impedido trabajar con agilidad. Una minigripe que me ha conducido directamente a la cama, después de comer, desde donde escribo esta entrada, tras una siesta de casi cuatro horas. 

Me escriben del periódico preguntando por la entrevista de Gompertz. No ha habido tiempo literal. Las mañanas están ocupadas y ayer estuve con otro tema, el de las escuelas de escritura creativa, y la redacción del ejercicio, teoría y práctica, que cada lunes pongo a los alumnos de mi propio taller literario. Sigue esperando la página sobre Caballero Bonald, y las críticas de Rosa Montero y Régis de Sá Moreira. Y corregir los diez ejercicios del citado taller. 

Me confirmaron como director del curso que propuse hace unos meses, en la Universidad Internacional de Andalucía: De Normal Mailer a Jot Down: calidad literaria en la prensa escrita. Tengo que espabilar ahora para elegir a nueve profesores y expertos que den contenido al curso, ponerme en contacto con ellos, comentarles las condiciones. Preparar mi propia sesión, de dos horas y media. Será a finales de julio, en La Rábida.

Empecé a transcribir la novela una tarde de enero y apenas ha avanzado unos cuantos folios de Word. La urgencia de los otros proyectos, los periodísticos, los ejercicios de los alumnos, el ganapán de las mañanas, arrinconan tanto la labor literaria que al final queda relegada. La cabeza no está ya para el esfuerzo requerido y también hay que interactuar con otros seres humanos y el día es corto. 

Me quedo con una cita de Juan Carlos Márquez, en una entrevista que le hice hace poco, sobre lo de ser escritor y profesor en una escuela de escritura: 


"A veces, resulta provechoso ganarse la vida con una actividad “mecánica” que no está ni remotamente relacionada con la literatura, se llega con la cabeza más fresca y dispuesta al folio".


Pasan los días y no avanzan mis proyectos literarios, que son tres, aunque me tranquiliza la publicación, esta primavera, del diario que escribí, bajo mínimos, en aquella caja de cerillas que tuve por morada, zona Tribunal o Madrizentro, que diría Antonio J. Rodríguez.s

Pienso en Erri de Luca, uno de los escritores italianos más destacados de los últimos tiempos, del que no he leído nada. Sé, en cambio, que ha sido albañil, camionero, trabajador en fábricas de FIAT en Milán y en Turín, que es un aficionado a escalar montañas y que suele vivir en remotos pueblos en las serranías italianas. 

Creo que nunca gozaré de ese espíritu de libertad que parece emanar de De Luca, porque estoy envenenado del mal contemporáneo de querer estar en todas partes y con todas las gentes, lo cual frenará mis avances, y me sumirá en lo que he venido en llamar esta dispersión progresiva que, sin embargo, entiendo que avanza. 

Pero a veces me gustaría decir a todo que hasta luego, pirarme a La Habana poscastrista a desayunar aquellos panecillos con membrilllo de guayaba y queso, y mango y fruta bomba y poder no ya tocarme la barriga a dos manos, sino leer, escribir y ese no hacer nada tan necesario y para el que también necesitamos horas. 

Colaboraría en las labores de reconstrucción del nuevo país, ayudando en lo que hiciera falta. Recogiendo tabaco en las faldas de los mogotes de Pinar del Río, por ejemplo. De vez en cuando, quedaría con Pedro Juan Gutiérrez para irnos de farra. 

Quizá necesitaba este pequeño desahogo, el Macropost como diván. Parecerá un lamento, pero no lo es. Porque ya habrá tiempo de desempolvar la mecedora sobre el porche y hay todavía mucho que hacer. La teoría de los contrastes, además, está de mi lado. Creo que necesitaba esta pequeña pausa, relajar los músculos un rato.


Erri de Luca



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