Gp

Día duro para el hemisferio izquierdo, que pide una tregua que no le concedo, que se joda, pero día bueno, no sé si tanto como logrado, pero bien. Un rayo de optimismo, cursi y promisorio, dije el otro día, me ha atravesado y he tenido la suerte, además, de hacerle una foto, esta tarde.

Calle Alcalá, a las 17.40pm, 7 de marzo, 2012


Se me ocurrió un poema, breve y malo, también, cuando subía las escaleras: 

Marzo

Esa larga travesía hacia la primavera
Final del túnel
Principio de la luz
Y aquí iría otro verso que no se me ocurre

Me levanté porque tenía que ir a esa oficina donde desempeño lo que ahora llaman 'minijobs'. No más de dos horas en un ambiente laboral reglado, pero dos horas intensas, hemisferio izquierdo y ciertas skills no del todo desarrolladas en el pasado echando humo. Antes, estuve leyendo '¿Qué estás mirando?' 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos', de Will Gompertz, que es un inglés muy majete que dirigió la Tate Gallery y ahora es director de Arte, nada que ver con diseño gráfico, de la BBC. 

Esto que voy a decir no hay que decirlo nunca, porque es cierto que el periodismo está mal pagado, pero también te proporciona una riqueza impagable, como la oportunidad de charlar con tipos como el bueno de Gompertz, en el hotel de las Letras. Que no lo lea ningún director de periódico hideputa, por favó, que también tenemos que comer. 

Al ir a la oficina, pensaba en los profesores de la carrera cuando nos hablaban en futuro, dando por hecho que íbamos a ser comunicadores: "Cuando entrevistéis al tal señor, etc", que a mí me sonaba un poco a ciencia-ficción, y qué tontería, porque a los estudiantes de Medicina también les dirían: "Cuando  abráis en canal a tal sujeto".. y supongo que los alumnos lo darían por algo realizable en el corto plazo. 

Pensé en esos detractores de la carrera, "no se aprende nada", y en cómo yo aprendí bastante con ese gran libro que es Historia del arte, de E.H. Gombrich, que Gompertz, de nombre similar, nombra como una referencia clave. Aún recuerdo la cita que abre el libro: "No existe el arte, tan solo hay artistas", que Gompertz no ha tardado en refutar, dando por buena la duchampiana idea de que son los artistas quienes deciden qué es arte y qué no es arte. 

Me he sentido bien pensaba, por la calle Princesa, en ese rol de periodista cultural que tengo un poco abandonado, y al que a veces pongo cuernos conceptuales, de pensamiento, y hasta de acción, con ese fondo amargo de traicionar lo que en el fondo llevas siendo media vida. Hay algo áspero en dejar de ser ese que llevas siendo, o para el que te formaste durante años. Como si un brusco golpe de timón implicara acabar con ese continuum vital que parece tener sentido. 

Tras la entrevista, me he encontrado con David C. Williams, para un rato de marujeo que teníamos pendiente que al final ha tenido poco de charla ligera y bastante de estrujar el hemisferio izquierdo, pero sarca con gusto y demás. Me ha dejado un libro de Nathaniel Dorsky que promete. 

Mientras lo esperaba, en ese Circo de las Tapas tan girly, con un puñado de chicas de las de abordar tras un corajillo, seguí leyendo ese libro tan recomendable e interesante sobre arte moderno y contemporáneo, del que podría escribir varios macropost sin pestañear, o no. Me detuve y retuve en una página, que me picó especialmente por parecerme una exaltación de la primavera y el arte absolutas, entrando en la primavera como parece que estamos, muy lentamente. La primavera de unos artistas que gestaban un cambio de acera de las caderas del arte de muy enormes dimensiones. Qué excitación la de pensar en esa primavera, en esos artistas, en ese París donde se cocía todo, y cómo hubo unos hombres que estuvieron en ese lugar y momento precisos. Si algún día me hago cineasta, me gustaría reproducir, desde la no objetividad, pero sin pasarse, que reclama el citado Dorsky, esa víspera de un día grande de la historia del arte: 

Claude Monet se inclinó hacia adelante, echó un terrón de azúcar en su café y lo removió. No tenía prisa. Cada vuelta que daba a la cuchara, se sumergía en la bebida caliente y operaba como un metrónomo que marcaba sus pensamientos: tenía muchos en mente, al igual que sucedía con todos los que estaban a su alrededor. Incluso Édouard Manet, que no participaba en esa tarea tan arriesgada, estaba tenso. 

Sin embargo, para los demás artistas reunidos esa mañana en el café Guerbois, en el norte de París, agitado y bullicioso, había mucho que considerar. El día siguiente, 15 de abril de 1874, iban a inaugurar una exposición que podía consagrar o hundir sus carreras. Pierre-Auguste Renoir, Camille Pissarro, Alfred Sisley, Berthe Morisot, Paul Cézanne, Edgar Degas y el propio Monet se habían jugado sus carreras en una decisión: desafiar a la Academia y abrir su propia muestra. 

Qué primavera la de aquel año. 




Alfred Sisley, Port Marly (1876)







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