Go

Go. Vamos, Eduardo, go. He prometido no quejarme en este Macropost sobre la propia escritura del Macropost, pero ponte tú a escribir cuando son las 00.04h del ya jueves, con tantas chorraditas pendientes. Y qué patético eso de autoinsuflarse ánimos; este invierno, a principios, me ponía la BSO de La conquista del paraíso, en plan Guardiola en las finales importantes, aunque creo que en su caso era la música de Gladiator, una de esas películas de las que me jacto de haberme dormido en buena parte del metraje.

Foto de Robert P. Napper. Andalucía, 1861


Aunque estoy de suerte, porque parte de esta entrada, tirando a irrelevante, perlada de banalidades que me achacaba aquel, la he escrito, mentalmente, esta tarde. Ha sido en un supermercado, a media tarde, poco después de enviar ese regalo a una persona importante. De las que te importan, quiá. Y qué gusto esa sensación de depositar en la estafeta de correos el paquete, tras haber vencido la pereza y la enésima postergación de la tarea. Y qué cosa tan agradable pensar que el bulto ya va directo, solito, a su destinatario y esa cosa como cristiana de hacer algo por los demás, un gesto de gratitud, un acordarse del otro, en un gesto que objetivamente entendemos como bueno. 

La buena salud me vino de pronto y de nuevo como desbordante, esa buena salud que me impide a menudo concentrarme en una sola acción y me llama a desparramarme por las redes sociales y por los caminos de lo accesorio. Así que me vi en el citado supermercado, que solo vende productos frescos y orgánicos, a excepción de compresas y tampones, que es cosa de fuerza mayor, viajando por la memoria. Recuerdo un cuento algo cursi que escribí, en primavera del año 2000, sobre una niña que viajaba con la mente por los lineales de supermercado de provincias. Se lo dejé leer a una persona y se rió. No me hizo gracia. 

Viajé hasta marzo de 1993, porque el sol de esta tarde más anticiclónica que borrascosa me trasladó a ese momento. La idea de que la memoria, los recuerdos, se activan cuando entran en colisión con recuerdos, sensaciones, olores, luces, similares. El recuerdo como gancho de otro recuerdo. Hablábamos el otro día de que cada vez más "Hace diez años de...". Pues también hace veinte años de. 

Y recordé, simplemente, aquel butacón de rayas grises y blancas, con la mesa camillas a juego, pegada a la pared del paseo, con el San Cristóbal siempre presente, y el sol que se filtraba ya con cierta personalidad. Tanto que se reflejaba en el monitor Sony, en el que yo veía, bien pertrechado de cereales Chocos o Chocapic (fue la etapa de los Chocos, de Kellogg's, los Chocapic, de Nestlé) los toros de Canal +. 

Manolote y Manolo Molés en esas transmisiones tan cuidadas que me convirtieron en un extraño aficionado adolescente. Fue por ese tiempo cuando me aficioné también al fútbol, gracias precisamente a El día después, de la misma cadena, por su cuidada realización. Me hice español, vaya. Fútbol y toros.

Porque era el inicio de la primavera y se colaba en la fría y seria Pamplona el exotismo cálido de Andalucía, y el colorido de los toros, cuando aún no entendíamos de crueldades o derechos. Y como ese sol que se filtraba cada vez menos tímido, quizá se colaba en mí la idea de jugar a uno de esos viajeros románticos, británicos, del siglo XIX. Tengo unas fotos por ahí guardadas, de un tal Napper. 

Esas cosas y más que no me caben ya aquí, he pensado mientras compraba pavo al ajillo, rodajas de salmón y mandarinas, en esta tarde más anticiclónica que borrascosa para, lo que viene siendo, el alma. Mayormente.


Foto de Robert P. Napper. Andalucía, 1861


Más información y fotos sobre Napper, aquí.

Comentarios

  1. Fan ( Thomas ) Dramé7 de marzo de 2013, 12:55

    Del nadir al valle hondo.
    hasta Sísifo se alegraba cuando llegaba arriba .
    Supere esa cursilada , Naúgrafo si se siente primaveral .
    ¿Autoinsuflarse ánimos a uno mismo ?
    Ergo.
    Aplicarse la respiración asistida mecánicamanual.
    Soplar para dentro .
    Hablar solo .
    Todo junto y ala vez.
    Hay que volver a subir y volver a abjar...
    Aunque haya ascensor.
    Mutis... y no hubo nada , y endemás.

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  2. Prueba a escribirte una carta a ti mismo dándote ánimos, como si aconsejaras a un viejo conocido. Y luego, la envías por Correos.

    Con los mails modernos no funciona, se pierde el factor sorpresa.

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