2.3.13

Gl

Cojo, en La Fugitiva, después de la comida con mi prima en el nuevo sitio de moda, Los Chuchis,  el libro de Patricio Pron, del que Javier Serrano me habló bien: La vida interior de las plantas de interior

Reviso otros títulos sin que ninguno llegue a interesarme lo suficiente como para comprometerme con él. Algo de eso dice una de las personajes de La rodilla de Claire, de Rohmer, cuando defiende su soltería: "Hay muchas opciones, pero ninguna tiene la suficiente fuerza para que me decida". Diario de un mal año, de Coetzee, un clásico de Hemingway aún por leer, Por quién doblan las campanas... Busco a Julian Barnes, uno de los favoritos de Julia Montejo, pero no lo veo. Debería leer de una vez a McEwan, y ese tridente que conforman Expiación, Ámsterdam y Sábado, "tres cumbres de la ficción contemporánea", en palabras wasapeadas de Agus. Sí que leo en cambio un artículo suyo en Babelia, en donde habla de sus épocas de "apostasía" de la ficción, y de cómo acaba volviendo a ella. 

A veces, fugazmente, me sobreviene esa indiferencia, y me dedico a contemplar el paisaje y lo que me rodea. A leer la realidad. Un título, visto ayer en La Central, del fotógrafo García-Alix, de gran elocuencia: Moriremos mirando

Así que he salido con los bolsillos vacíos de libros y me he dedicado a mirar. He mirado cómo una paloma se estaba jugando su plumoso pellejo para hacerse con un mendrugo de pan en pleno comienzo de la calle Alcalá, frente al Banco de España. He sentido el fétido aliento de la muerte inminente y no he podido por menos que sacar mi móvil y grabar lo que se antojaba una espantosa muerte colombínica en directo ante mis ojos. 

Mentiría si dijera que no he deseado que un coche la aplastara hasta convertirla en un plastuz de plumas y sangre caliente en el asfalto casi primaveral de Madrid. He pensado en el valor de ese documento espeluznante y morboso y cómo podría viralizarse por las redes sociales para orgullo de su autor, que como un Henri Cartier Bresson moderno supo estar en el momento decisivo. Por suerte para ella, no ha sido así y ha sabido esquivar, in extremis, a un taxi que iba dispuesto a merendársela sin miramientos. 




Hablamos el otro día esa obra en proyecto, abocada a no existir, llamada El carnaval de los animales. No me interesan mucho los animales, porque me parecía que no tenían mucha poesía, pero quizá la tengan más de lo que pensábamos. Sobre todo como co-habitantes del espacio urbano, en compañía con los humanos, que son los que generan restos de comida que permiten a las palomas librarse del cansino trabajo de buscar gusanillos por el bosque.

Agua, refugio y comida. Tres elementos bastan para que los animales tomen una plaza y se instalen. Me llamó la atención descubrir no pocas ratas, hace unas semanas, paseando de noche por el acomodado barrio de Kensington, con Bro.

Cucarachas que salen de paseo, investigadoras que son, cuando el calor madrileño del subsuelo se hace insoportable.

Ese reino animal que no vemos, pero que brota en cuanto se dan esas tres circunstancias, como sucede en las cloacas, del agua, refugio y comida, aunque desconozco qué se lleva a la boca una cucaracha, supongo que mierda humana, directamente.

Creo que hay algo relajante en esa contemplación del reino animal. Muchos diaristas incluyen nombres de pájaros en sus páginas. Me pregunto si no me estoy haciendo un viejo prematuro, un mirón de obra vital. Alguien cercano a preguntarse, como Patricio Pron, por la vida interior de las plantas de interior.


Sierra Nevada. De Juan Jerez del Valle.


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