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Joder, he salido a dar un paseo para despejarme y he vuelto a casa con la cabeza más aturullada, llena de estímulos, referencias, sensaciones, etc. ¿Para cuándo, no sé, un centro de masajes del espíritu? Me quejo de vicio, porque este chisporroteo cerebral es como esa riqueza de olores del prota de la novela de El Perfume, material para paladear y para dotarte de una autonomía de varias horas de vuelo sin motor social. 

Eso es lo que pretendía esta noche, un descanso de trato humano, pero me acaba de llamar Lorenzo Durruty, que está por el barrio, y no en su París habitual. 

Después de tres horas clavado en el sofá, en un combate entre la hiperactividad y la pachorra que ha quedado en tablas, me he decidido por fin a salir, a seguir haciendo no-biografía, en este invierno en el que todo está ocurriendo por dentro, porque el invierno es un comprimirse la primavera por dentro, y ya hablaré de eso otro día. Porque se están gestando cosas. Y cuando se gestan lo mejor es no hacer nada. 

Esas tres horas de querer hacerlo todo y a la vez nada me han impedido ir a ver a los impresionistas del Thyssen, que era mi intención original, pero el Thyssen parece un museo londinense, porque cierra a las siete de la tarde. ¿Cuándo van a ver a los impresionistas los comerciantes?

Iría al MNCARS que es como voy a llamar ahora al Museo Reina Sofía, en coherencia con este republicanismo moderado futurible que ha anidado en mí. Quería ver a Cristina Iglesia, viuda de Juan Muñoz, y qué pareja tan curiosa, y triste, por la muerte, de Juan, la de Iglesias y Muñoz, dos de los escultores españoles más laureados de las últimas décadas. Mi cerebro ha acogido muy bien estas texturas, esas impresionantes estructuras, cuya idea vertebradora se ha posado en mí sin esfuerzo: metonimia. Un ir más allá en el nombre, en el significado. De ahí esas cascadas que tienen un suelo de corteza de árbol, o de hojas de sauce, en vez de el suelo sedimentoso habitual.

O esta Habitación vegetal, de 2005




He visto una gran representación del arrealismo en una de las obras, la de un tapiz de los de la Real Fábrica de Tapices, de Goya, aplastado por un gran alfombra de hormigón llamada a comerse toda la cultura. Una alfombra que aplastaba las civilizaciones ricas de antaño para traer la gilipollez yanqui, la tontuna simplificadora de los mundos de plástico a los que a veces parecemos abocados. Ese "En el futuro no habrá pasado", de aquel pintor indio que cité una vez por aquí. 

Consumida por no decir succionada la obra de la Iglesias en mi retina hasta el culo de café cortado, me he colado por otras salas, y lo cierto es que me gusta vagar por el MNCARS, que es uno de los lugares de Madrid donde más a gusto y yo me siento. Como el espectador de espectadores del Equipo Crónica, al que me gusta observar observándome. 

También me ha observado un señor que iba haciendo fotos a lo que le iba saliendo al paso; ha sido en una gran sala AMARILLA en la que he pensado: Estaría bien hacerse una foto aquí. En ese preciso instante me he girado y he visto al señor con barba disimulando tras haberme hecho la foto. Me he acercado a él, que se hacía elegantemente el sueco, y le he dicho, en tono amistoso, que qué tal la foto. "He hecho dos", ha respondido, y le he pedido que me las enseñara. Después le he dado mi tarjeta no sin antes pedirle que me las enviara. La idea de verme en el objetivo de un espectador que fotografía a un espectador.

Algo aturdido me he dirigido a la librería La Central, que es otro de mis lugares favoritos de Madrid, o era, porque ya no tiene la buena selección de literatura que tenía antes. La han trasladado a Callao, pequeña punzada en alguna parte de mi corazón de flâneur. Pero aún había algunos libros, y más referencias y esa ansiedad de yonqui cultural con el tiempo en contra: El paseante solitario, de W.G. Sebald, en recuerdo de Robert Walser. O un libro bien sencillo, Cézanne, de Eugenio D'Ors. La idea de que hay una felicidad esperando en la otra esquina, de que nunca hay aburrimiento posible, de que nos harían falta tres vidas para hacer acopio de todo.




Me aclara el librero que hay literatura, pero de los siglos XVIII y XIX y siento que esa literatura me interesa un poco menos, pero cojo un tomito titulado El Titanic, de Joseph Conrad, que obviamente no es de los siglos XVIII y XIX, sino de 1913, o sea, hace cien años, en el que Conrad hace un sesudo y periodístico estudio de las causas que motivaron la desgracia. La idea de que entonces había hueco para un periodismo de calidad y que hoy lo que hay que hacer es retirarse, no contribuir al ruido. 

Y el recuerdo de la noticia leída hoy, en prensa, sobre un millonario australiano que quiere hacer construir un nuevo Titanic, y repetir el viaje de Southampton a Nueva York, que llevará seis días, con condiciones muy similares a las de 1912. Con la división por clases. No habrá internet, tampoco. Y será menos arriesgado, dice con cierta sorna el millonario, porque la mayoría de los icebergs se han derretido. Humor negro ecologista. 

Hojeo y ojeo otros libros, como el de El Rastro, de Gómez de la Serna, con fotografías de Carlos Saura y de pronto me sobreviene un ataque de introspección y pienso si los últimos años, siete, no hubieran sido sino un gran viaje para volver a lo que era antes, allá por 2004. Un joven con aspiraciones literarias que coqueteaba con la idea de trabajos normales como la comunicación corporativa, como ganapán que dejara luego espacio mental y físico para la creación literaria sin más presión que la de escribir por amor al arte. Esa cosa de no estar terminado del todo, de esperar aún un cambio, o revelación, definitiva, y que es la que tiene que ver con lo comentado en  el tercer párrafo.



Y salir a la calle de nuevo, y buscar ese bar de catas de vinos de Doctor Fourquet, y pensar en qué estaría haciendo Lorenzo Durruty, sin prever su llamada veinte minutos después, y encontrarse con una furgoneta que atesora una extraña bellaza, como de pieza audiovisual de Bill Viola, o el Nathaniel Dorsky del pasado miércoles, y grabarla y tratar de subirla al blog y dar por terminada, por hoy, esta entrega del Macropost*. 








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