Creer en la mentira

Tengo un post pendiente que se llamará algo así como Soy creyente. Una especie de salida del armario religioso. ¿De qué credo? De todos y ninguno. El otro día, Sábado de Pasión, en Sevilla, recorriendo la iglesia de San Juan de la Palma, no me sentí como el clásico ser de lejanías que observa desde la barrera las manifestaciones de otros. Como en las manifestaciones del 15M no me he sentido tampoco ajeno, por sentir que en esas reivindicaciones hay algo justo y necesario, aunque uno no comulgue del todo con la forma, o ciertas formas. Como tampoco comulgo, ni mucho menos, con esa sevillanía devota y excesiva, constructora de barrocas superficies, pero que me sabe a cosa de poco fondo. Pero hay algo, debajo de todo eso, que me seduce: "un sonido de campanas, lejano, irresistible el reclamo que invita a la plegaria de la tarde". 

Creer es querer, le decía hace poco a una amiga con sus más y sus menos matrimoniales. La teoría de la   U y cómo la vida puede alcanzar, hay quien dice, su momento más bajo en la franja de los 40-50.

Tuve una época de descreimiento literario. Las novelas me parecían invenciones aparatosas y prescindibles. Y, es cierto, hay muchas novelas aparatosas y prescindibles. Quizá la mayoría, en términos cualitativos. Pero luego hay otras ficciones, en forma de poema, novela, relato, drama que no son sino esas mentiras necesarias para contar las grandes verdades. 

Me costaba creer en eso, y por eso perseguí y cultivé la literatura autobiográfica, como quizá la manifestación creativa más auténtica, libre de la paja de las pulsiones de la invención, con el aval de la experiencia como garantía de calidad. El otro día, con Paco Bescós, defendiendo, él, a Borges, como escritor de obsesiones. ¿Acaso la obsesión no es una experiencia? Pues sí, le reconocí. Una experiencia conceptual, abstracta, vaporosa, pero a fin de cuentas experiencia. 

Empiezo a cambiar mi postura hacia la literatura autobiográfica. Es valiosa en sí, pero también como un puente hacia otra, quizá más valiosa, que es la que juega con la ficción, con elementos que no tienen por qué ser fieles al hecho contrastable. "Hay que mentir", me dijo La Fallera Cósmica en su ventana bloguera de El País

"La verdad de los relatos es de otra dimensión, es la verdad literaria", me dijo una tarde de febrero de 2011, en su casa de Chamberí, Julio Llamazares, cuando lo entrevisté por su recomendable Tanta pasión para nada. Antes, justificó la introducción de personajes sacados de su chistera creativa en sus libros sobre las catedrales, Las rosas de piedra. Como un modo de comunicar más y mejor.

Cualquier intento de contar la verdad desde un enfoque verdadero, autobiográfico, siempre es limitado. El periodismo, también es limitado. Porque tanto lo autobiográfico como el periodismo tienen límites, de ahí su limitación: la dependencia del hecho. 

Los colores exagerados y chillones de Gauguin o Van Gogh también son verdad. Quizá más que los realistas paisajes de Constable. 

Empiezo a creer en la verdad de la mentira y siento que se me abre un universo de posibilidades, creativas y de conocimiento.



Comentarios

  1. Pues llego a la conclusión de que creer no es suficiente. Creer es solo la intención. A toda intención debe seguir una acción.

    Y como estamos en Semana Santa, digo eso de una fe sin obras es una fe muerta. No basta con creer, no podemos quedarnos solo en la creencia. Como no basta con querer. Nada nos sirve en infinitivo, hay que conjugarlo, dar tiempos: Yo creo, 2yo creeré, sigo creyendo, yo creía...

    La Semana Santa me está afectando seriamente... creo.

    A todo eso, me alegra mucho que empieces a pensar (a creer) en la ficción como manera de contar verdades. Abriendo horizonte, bien.

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  2. Si hay creencia verdadera, hay acción. O des-acción. Cuando no he creído en una relación de pareja, por ejemplo, no ha habido más relación de pareja.

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