Tecnócasas

Hacía tiempo que buscaba este adjetivo, tecnócasa, importante el matiz del acento, para describir aquellas viviendas habitadas por los que fueron tecnócratas, hace ya unos años, convertidos ahora en jubilados presos del alzhéimer. Son esos edificios construidos en los años sesenta y setenta, en los ensanches de las ciudades, bajo los patrones del fascismo arquitectónico, ese que me ha dibujado media cara de nuestro actual paisaje urbanístico. 

Esos edificios que funcionan como el mejor reloj suizo, con una armonía casi insultante cuando uno entra en ellos. Porteros eficaces y multitarea, espacios delimitados para la publicidad, aspecto de ministerio o pequeña secretaría de estado con alfombras de tonos imperceptibles y paredes recubiertas de maderas más o menos nobles. Asientos de piel y una mesa bien maciza en la entrada, para esperar a la novia antes de ir a dar una vuelta con el coche de papá. 

De niños, acudíamos, cada 6 de enero, después de los Reyes, a otros reyes, en pequeñito, a una de esas tecnócasas, con vecinos entre franquistones y de la UCD. Lo cierto es que se estaba a gusto en ese ambiente de armonía doméstica, como en un anuncio de Salvat, porque ese tipo de viviendas bien podría servir de localización a ese viejo anuncio, real, de Salvat, con padres de dientes blancos y niños de abundante pelo rubio. El mismo niño de la pegatina de los vasos de Nocilla, con esa tostada de pan-pan bien cremosa, cuyos padres explotaron a conciencia sus derechos de imagen.

Uno entra con el caos habitual a esos pisos de orden, pero sale como creyendo en un mundo que funciona, sin estridencias de artista, donde el trabajo se recompensa en bienestar y calor familiar, y felicidad navideña cuando toca. Además del citado edificio, diseñado por cierto por el arquitecto/pintor Fernando Redón, nada que ver con Odilon, también acudía a un dentista del Opus Dei situado justo detrás. Porque en estas tecnócasas se leía, se lee, mucho Camino y Forja.

Salía del dentista, en ese puñado de años de la adolescencia, con la satisfacción de la tortura superada, y la calle me venía a mi encuentro, liberadora, como un chorro de aire fresco. 

El sol de mi infancia me privó de todo resentimiento, que diría Camus, Albert, por eso cuando entro en esas tecnócasas aún me sobrevienen sensaciones agradables. Quizá dentro de mí se aloje un tecnócrata en potencia, en lugar del pájaro azul de Bukowski.


Las Hiedras, de F. Redón. Pamplona, 1959.
Transgresor en su día por la triple fachada.
Foto: 'Diario de Noticias'

Comentarios

  1. Como casi todas las tecn'ocasas, es un edificio feo y frio. La 'ultima vez que pas'e por delante, todas las entreplantas estaban vacias. Y en una esquina de los bajos, una pared de ladrillos que indica que tal vez nunca ninguna tienda haya estado ocupando ese espacio.

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