28.2.13

Gj

En esta vida de poca biografía que llevo en invierno, hibernación voluntaria hasta el descapulle primaveral, ayer tuve una experiencia. Fue una experiencia compartida, entre varios amigos y entre la gente desconocida del resto de la sala de la Filmoteca. Recibir un mensaje en público no tiene el mismo efecto que hacerlo en la soledad de tu casa. Tampoco es lo mismo recibir un mensaje siendo tú el único receptor, que cuando son muchos. Recuerdo cuando aún las radiofórmulas tenían éxito y seguíamos la actualidad musical; recuerdo con excitación cuando sonaba una de esas canciones de Franco Battiato que descubrí siendo niño y la sensación de ser partícipe de una experiencia musical compartida con muchas almas a la vez. Hoy compartimos a través de las redes sociales, que es una forma de seguir en contacto con los demás, aunque sin esa dimensión masiva que había antes. Menos el fútbol, hoy todo se fragmenta, se atomiza, vamos camino del arrealismo. Escribo estas líneas en la víspera de la renuncia voluntaria de un papa que parece demostrar con su gesto que el Reino de los Cielos no le seduce tanto como un carpe diem en compañía de unas amables religiosas antes de estirar el patuz.

No fue la mía una experiencia religiosa, sino más bien cinematográfica. "Fíate", me dijo David C. Williams, que sabe de experiencias, como demuestran sus horas de vuelo pilotando o copilotando la nave de Memoralia, y hasta aquí la cuña publicitaria. Porque toda, o casi toda, vida merece ser contada. 
Y me fié, y al principio sentí que podía ser una encerrona, el peaje cultureta, una tortura en sala de cine de la que querer salir pitando, como cuando nos escapamos Bro y yo hace unas semanas en pleno Los miserables. Aunque la peor tortura, nada cultureta, que recuerdo, fue el visionado íntegro de esa fruslería en tres dimensiones para cerebros entumecidos o directamente alienados que es Avatar, de James Cameron.

El 15 de enero de 2010, vi en el Reina Sofía la proyección íntegra del primer filme pintado, fotograma a fotograma, por José Antonio Sistiaga, que se pudo ver por cierto en su estreno en junio de 1972, en los Encuentros de Pamplona de 1972, en el cine Carlos III. Fue un rato especial.  No lo olvidaré. 

Tampoco olvidaré la experiencia cinematográfica ("Hoy voy a poner a prueba tu sensibilidad", me dijo Williams) de ayer, con esas cuatro piezas cortas, en un total de 70 minutos, de Nathaniel Dorsky, tituladas Sabarande, Compline, Aubada y Winter. No negaré, como hice con la peli de Sistiaga, de título euskérico impronunciable, que me dormí unos cuantos ratos. Pero fue uno de los sueños más plácidos que recuerdos y un sueño producto del síndrome Stendhal que me produjeron las imágenes. Hubo un momento en que fueron tantas, toda esa belleza reconcentrada, esa belleza que lo es en cuanto que es oblicua, siempre indirecta, que mi cerebro se colapsó y cayó dormido. Luego fue un duermevela feliz, como de estado uterino, y un despertarse posterior que me produjo un no querer nada más que seguir viendo esas imágenes, inconexas, sin sonido, de celebración de la vida y sus milagrosas formas. 

Me hizo pensar en esa frase que tantas veces suelto, la de Friedich y "Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena". 

Luego nos fuimos a La Musa de Espronceda, con B. y M., y degustamos unos pinchos de cuidada elaboración sintiendo el milagro de las formas en cada cosa que veíamos, tocábamos, olíamos, respirábamos. Sin caer en el esnobismo fatuo, o quizá sí, hablamos durante más rato de esa película que los integrantes de aquella tertulia de Garci y el actual fiscal general del estado, de nombre edulcorado. 

Esbozamos incluso un poema relacionado con el mundo animal, que titulamos provisionalmente El carnaval de los animales. Porque unos de los planos de la peli de Dorsky hacía pensar en la visión de la luz de luna, entre los árboles, que puede tener un búho. Nos pareció fascinante la idea de empatizar con el universo animal, de meterse en los ojos de un búho, en el caminar farragosa de un pulpo por la arena, con uno de los tentáculos como palanca motriz. Y descubrimos que ahí había terreno, mientras comíamos un pincho de ciervo que habían llamado cruelmente Bambi, y que fue como una pequeña distorsión en todo aquel momento de exaltación de la vida y sus asombros.



Foto: Joel Iglesias





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