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Hoy, David Foster Wallace habría cumplido 51 años. No he leído 'La broma infinita', no he leído nada de DFW, me da pereza este tipo. Me dan algo de pereza los americanos. Dejé 'Libertad' por la mitad, y no sé si volveré a ella. Pero me temo que es más culpa mía que suya; hay libros que parecen escritos para funcionarios con muchas horas libres por la tarde. No soy de esos. It ain't me, babe. O libros para aquellos ciudadanos que cuando se acuestan tienen la grata sensación del deber cumplido y la existencia bajo control. No soy de esos. A veces he pensado que es esa burguesía más o menos acomodada la que sostiene la literatura. La que se escandaliza, aún, de ciertas cosas; la que desde su orden ve al escritor como un ser enigmático y romántico al que envidian desde su butacón con whisky en las rocas. 

Necesitamos a esa burguesía reglada como el gran público de las novelas. A todas esas Emmas Bovarys que sueñan con otra vida, y que en los libros ven un balcón desde el que lanzarse a una vida, vacío, vértigo, a la que nunca se lanzan. Y los Charles Bovary, los mandos en la mano, se quiere otra vida, aferrados a su estatismo vital. El marido, por norma general, es un ser bastante más coñazo que la esposa. Muerte al marido. Muerte lenta y dolorosa al marido. 

Ayer tomamos una cervezas burguesas en un sitio muy encantador, Fábrica Maravillas, donde te sirven birras fabricadas ahí mismo, a lo artesanal. Hablamos de España y sus males. De la necesidad de una segunda transición. De electroshock que hiciera corregir los vicios adquiridos y creara un nuevo estado de cosas, un reset que posibilitara la creación de un nuevo país, y no esta cosa anquilosada que no está resultando. ¿Qué hacer? 

Hablamos de Juan Carlos I, que se aferra al trono con uñas y dientes. ¿Y si quisiera hundir el sistema desde dentro? ¿Una especie de San Manuel Bueno Mártir de la monarquía, que hiciera como que cree en la causa cuando en el fondo es más republicano que el himno de Riego? La ideas de la república, la tercera, no como un eslogan de ese izquierdista trasnochado que levanta el puño ante la bandera de la hoz y el martillo y que no renueva su vestuario desde antes de la caída del muro de Berlín. 

Veo estos días, por entregas, una gran película: El gatopardo. Y veo al personaje de Alfonso, el joven Alain Delon, como una encarnación de un sueño político llevado a cabo, el de la reunificación italiana garibaldiana. Me gusta ese entusiasmo, me gustaría que se me pegara algo de ese romanticismo político. Sin matar a nadie, sin tiros, plis. Me sorprendió ver en el muro de Javier Ancín, al que tenía por un don Individualista Peláez, la foto de 'Todo lo que era sólido', novedad de Antonio Muñoz Molina, con este texto en la faja: 

"Hace falta una serena rebelión cívica. (...) Hay cosas inaplazables". 




La idea, de pronto, de que un proyecto nacional, de un ir avanzando hacia algo, te ilusione. Un último enganche en contra de ese arrealismo galopante que amenaza con abducirnos y conducirnos a un engendro cultural del tamaño de Estados Unidos.

La idea de ser actores, pequeñitos, de un cambio. De un país que no huela a armario franquista, sino a cosa nueva y moderna, de la mano de ese modelo político llamado república. ¿La bandera tricolor, con la franja morada? ¿O la actual rojigualda? ¿Volver al himno de Riego? 

La España actual es un mueble viejo. Me gusta la idea de una serena rebelión cívica, de horizonte republicano.




Comentarios

  1. Ha sido leer sobre literatura, burguesía y Gatopardo y acordarme de esto.

    http://elbutanopopular.com/articulos/527/amor

    En cuanto al romanticismo siempre nos quedará Portugal.



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  2. Me apunto a ese cambio, para el que además no hay que pedir permiso a nadie. Resultaría sospechoso sin embargo que el horizonte republicano tardara mucho en vislumbrarse. Indicaría a lo mejor que el cambio es de mentira, otro postizo que esconde, de nuevo, no saber muy bien qué hacer. Un saludo.

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