Milagros en la rue du Bac

Me gusta la rue du Bac. Es una de esas calles bonitas de París, como podría ser la metaliteraria rue Vaneau, que no está lejos, por cierto. La recorrí el otro día, maleta a rastras, horas antes de tomar mi vuelo de vuelta. Me la pateé porque una vez mi tía Chr. me habló de esa calle y además me regaló una postal y una pequeña medalla, que guardo en mi caja de pandora de los recuerdos. Algún día abriré esa caja y escribiré En busca del tiempo encontrado, por ejemplo. 

Me gusta la rue du Bac porque me saca mi lado integrado, que no apocalíptico, de pequeño burgués liberal, digamos, y entro en una tienda de chocolate y macarons a doblón la unidad que me reconcilia con el mundo porque veo en sus cajitas, en sus diseños, un universo como amable y en el que cabe la felicidad. Pienso, incluso, en que me gustaría diseñar a mí mismo esas cajitas vintage de cartón, como una con un esquiador y montañas alpinas que vacilo en comprar. 

Sigo andando por esa calle con una ansiedad absurda porque mi vuelo tardará mucho aún en salir, pero temo no encontrar la capilla de la que me habló la tía Chr. A unos 600 metros del boulevard Saint German de donde he partido, doy con ella y me asombro al comprobar que es un pequeño templo con su cosa histórica, señalada en las guías monumentales de la ciudad: Capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, ahí es nada. O sea, que mi medallita es milagrosa y todo, bueno es saberlo.

Un grupo de turistas religiosos se agolpan a las puertas de Notre-Dame de la Médaille Miraculeuse y desgastan con los ojos un cartel que decía: cerrado del 7 de janvier a no se cuándo de fevrier. Vaya, ese día era, precisamente, 7 de janvier y me quedaría sin ver la medalla miraculosa. 

Volviendo sobre mis pasos, sentí cómo el sol se colaba sin pudor por la rue du Bac, y era un sol que olía ya a primavera, porque el invierno no es sino una primavera latente, con los capullos de las flores agolpadicos como puños prietos pero generosos en el núcleo de las ramas, y eso me pareció bastante milagroso y supe que no lo olvidaría nunca.


Comentarios

  1. Hace pocos días, vi las yemas de las hojas nuevas apuntando en la rama de una higuera, en la puerta de entrada de una casa. Era como un deseo reprimido. "Estalla!, deseé ante ese brote tierno, incipiente, enérgico, como si eso hubiese sido posible... Pero luego reflexioné en que todo, absolutamente todo necesita su tiempo, nada se precipita aunque nos empeñemos, nada llega hasta que no es su momento, y nada dura más allá de su ineludible ciclo vital.
    Me ha gustado ese callejear que nos descubre los pequeños detalles la ciudad la Ciudad de la Luz.

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