14.1.13

Lo provisional

Dice esa canción de Gotye, que me encanta y repele a partes iguales, que "you can get addicted to a certain kind of sadness", que viene siendo que te puedes enganchar a cierto tipo de tristezas. Puede ser, y ojo que hay vidas que se van trenzado conforme a esas extrañas adicciones y uno mismo, de pronto, podría sentirse aludido en la canción gotyesca. Esa cosa católica del amor por el sufrimiento que, en mi caso, además, se une con el amor desaforado por el goce. Igual es una cosa de buscar el contraste, una matemática simple del blanco y negro vital, de las técnicas talasoterápicas del agua fría / agua caliente.

Lo provisional. También puede engancharnos y esas rumias me han sobrevenido cuando me he adentrado en mi ya exbarrio, el de Embajadores, en el que he vivido los últimos siete meses, en mi pequeña excursión a Correos. Me invade una nostalgia de ese tiempo, definido entre dos pilares temporales, 1 de mayo de 2012, 3 de enero de 2013, y al colarme en esas calles siento que hubo una vida en ese barrio que siempre me pareció feo pero que al final terminé viendo con ojos amables. Es un anhelo de lo provisional, concepto que goza de pésima fama, en estrecha relación con ese peterpanismo que tampoco tiene mejor prensa, pero que tiene que ver con lo que se podría llamar vida. 

Recuerdo un enero, año 2007, en la soledad del piso de Ciudad Real, de cuando mi época de plumilla hiperlocal, de jueves a domingo, por esos pagos manchegos. Había algo profundamente triste en esa existencia mía apartada de la agitación madrileña, en la soledad de mi piso feo y frío; sin embargo, la mayoría de los ratos experimentaba una extraña e inesperada felicidad. ¿La del día logrado que habla Peter Handke en su ensayo homónimo? ¿El hecho de que fuera una etapa definida entre dos polos temporales, porque en junio me incorporaba a otro trabajo, en una universidad de verano? 

Lo provisional puede generar adicción porque sabemos, precisamente, que no es definitivo, y que no es la última estación. Es un capítulo abocado a extinguirse, una luz de noviembre, con sus luces y sus sombras, que nos hace sentirnos especialmente vivos. Un tiempo que vivimos y disfrutamos, con la excitación extra de que no será el último, que habrá cambios, y ya dijo alguien que el cambio es estar de vacaciones. Es también una rebeldía a la presunta madurez de lo definitivo: una ciudad, una casa, una mujer, una crianza de unos hijos, un sedentarismo que tiene algo de tobogán hacia la muerte que retrasamos mientras sea posible y no resultemos demasiado ridículos.

Lo provisional. No sé si es bueno o si es malo. Es una adicción y, como todas, deja secuelas y cuesta salir de ella.


Commerce St, New York (de Retronaut.co)



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