El duelo por los cuernos

La vida como una suma de nacimientos y muertes, de bodas y funerales, como aquel concierto de Goran Bregovic al que asistí hace años, en el que nos sentábamos cuando triste, y de pie y medio bailongo cuando la cosa rollo más festivo, bodas y así. ¿Cómo tragarnos el albondigón, que diría mi examigo literato, de lo negro? Mirar hacia otro lado y hacer como si nada, o mirar precisamente de frente, el toro por los cuernos, y plantarle cara, ir desintegrando, pulverizando, haciendo añicos, picadillo, lo luctuoso. 
El 2 de noviembre de 2011 di la primera conferencia de mi vida, una hora y cuarto, yo solo, a porta gayola, sobre el duelo y la literatura. Tengo por ahí las conclusiones a las que, después de haber llegado, fui poniendo nombre, forma racional. Una de las partes de esa conferencia, a pocos metros del colegio de toda mi vida, con la presencia, precisamente, de su director, y de mi padrino Eduardo, al que no vi hasta más tarde, y cuya asistencia aprecié al salir del centro cultural, una de las parte de esa charla, digo, la llamé 'Coger el duelo por los cuernos'. ¿Y eso qué es? Pues ir comiéndote el marrón con patatas, poco a poco, sin eludir las imágenes, los recuerdos, las fotos, las canciones. La gente viene y se va, entra y sale de nuestras vidas, y su vacío no siempre es fácil de llenar. Y esto es algo que no nos enseñan en los colegios y resulta que forma parte de la vida.

Entrevisté este viernes a Francisco Goldman, que acaba de publicar en España 'Di tu nombre'. Es todo ese libro un gran acto funerario, en el sentido menos fúnebre del término. Por la muerte de su mujer, Aura Estrada, con tan solo 30 años, un aciago día en una playa mexicana, accidente en una tabla de windsurf y adiós a la felicidad y al amor: uno de esos amores con mayúsculas. Goldman tiene 52 años cuando eso sucede y el caos y la desesperación entran en su vida tras ese día horrible de 2007. De pronto, ayer se convierte en la última vez que


- Hicimos el amor
- Compramos un mueble
- Usamos la tostadora de Hello Kitty

Pensaba en Goldman, esta tarde, cuando, después de un fin de semana de felicidad casi infantil, tras una pinta gloriosa en 'La fontada de oro' leyendo a Pablo Gutiérrez, no he querido esquivar esa calle y me  he metido derecho en ella, tan llena de monolitos invisibles. Cómo una calle, que hasta hace un año no conocía, puede transmitirte tanto. Y no me he sentido mal por hacerlo, por atravesarla, como he hecho otras ocasiones, o como cuando he ido a la copistería que hay al lado de su portal, habiendo tantas y variadas como hay en mi barrio, pero no, voy a esa. No me he sentido mal porque he recordado las palabras de Goldman, en la tarde de viernes en ese hotel como de Ámsterdam, con las putas de Montera debajo, esas palabras en las que el tío no se avergonzaba de haber conservado durante años los trajes de Aura, el vestido de boda, la citada tostadora de Hello Kitty o el champú que usaba, y que el viudo se aplica en minidosis cada vez que toca hablar de ella, presentar el libro, evocarla. Me dice que le querían empastillar, y que no accedió ni por asomo a ese recurso, pero sí que se emborrachó, se refugió en las muletas que mitigan el descenso a los infiernos y bajo, ya digo, para luego emerger con fuerza. "Ella me enseñó tantas cosas... Me enseñó a amar", me confiesa, en una entrevista que es más charla que cosa periodística: "Hasta ella, todas mis relaciones habían fracasado". 

Ahora estoy bien, estoy bien, me dice, y yo le creo. Y cuando le pregunto sobre qué hará cuando se le acabe el champú, porque es bueno que se acabe, y dejar de pensar un poco en ese champú, me confiesa, con ojos traviesos: 

"Todavía me queda".

Comentarios

  1. Una crónica que abre el apetito de lectura. Escribir sobre el duelo es una labor que bordea el abismo, que intenta delimitar lo indecible.

    Gracias por la entrada.

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