Casas sin historia

Así como hay un presidente de la comunidad en cada finca, un Juan Cuesta por edificio, debería existir la figura del cronista de escalera, del Pérez Galdós de portal, el plumilla de patio de vecinos. Lo mismo que hay topógrafos, delineantes, colocadores de alcantarillas y recogedores de basuras, debería existir esa persona encargada de dar constancia de la vida que rodeó a esa sociedad en pequeñito que es toda casa. De hecho, me fastidia que rara vez aparezca la firma del arquitecto, y del año de construcción, en esos edificios que dan forma a la ciudad. Joder, si en un fuckin' cortometraje de tres minutos sale hasta el nombre del Dependiente 8, me crispa no conocer la autoría de esas moles de ladrillo. Aunque si uno busca bien a veces aparece la firma: me pasó el otro día con el de la Vasco-Navarra, en Pamplona, cuyo termómetro tantas veces he consultado. No sabía que era de Víctor Eusa, fechado en 1924. 

Esta mañana, con la laxitud de mi cambio de horario laboral, sin la prisa del madrugón del sí o sí, me quedé como tres cuartos de hora mirando el techo, las vigas de madera de un inmueble que al menos tendrá 150 años, como la mayoría en los barrios históricos como este Lavapiés o Malasaña. Pensé en las generaciones que habrían consultado el mismo techo, la de historias vividas en estos espacios, pero muertas por no encontrar un vehículo de posteridad. Pensé, en concreto, en los años duros, los del posicionamiento ideológico, los de la defensa de Madrid, los de la primera posguerra. ¿Cuántos vecinos de esta calle se jugaron el tipo en las retaguardias defendiendo a la ciudad del asedio franquista? ¿Cuántos se dedicaron a vivir al estilo del avestruz, esperando que capeara el temporal, bajo estas mismas vigas? ¿Cuántos oficiaron de quintacolumnistas, de infiltrados dentro de su propio país, dentro del bando conocido entonces como "rebelde" y compraron el pan en la calle de la Fe?

Preguntas que jamás encontrarán respuesta y el lamento de la no-existencia de esos notarios de lo real.


Defensa de Madrid

Comentarios

  1. En el fondo hay un insatisfación grabada en nuestros genes: de no volar, de no poder viajar en el tiempo, de no ser invisibles, de no tener el don de la ubicuidad, de no poder teletransportarnos... Y, sin embargo, a estas alturas la técnica ha hecho más por nuestros anhelos de lo que, en un principio, podría esperarse.

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