31.7.12

Alegre

Hace exactamente una semana, un martes como hoy, me acerqué a unas piscinas municipales que desconocía había cerca de mi actual casa. Me llevé 'Libertad', de Franzen, que por cierto he dejado abandonada prácticamente desde entonces. Esperé algo impaciente en la fila y por fin me atendió una afable señora. Le dije: "Una", cuando me tocó mi turno, y lo hice sin especial emoción, de un modo rutinario, seco, maquinal. 

Mientras me daba las vueltas, me fijé en un folio con una lista de palabras escritas a boli bic, algunas de ellas tachadas. Vi la palabra alegre y cómo segundos después la señora tachaba esa palabra, en alusión directa a mí persona. "¿Ah, o sea que soy una persona alegre?", le dije, ya en tono completamente jacarandoso y risueño, en consonancia con mi asignada personalidad. Algo cortada, la señora me explicó que eran "listas de aptitudes" sin darme más detalle. A saber qué harían con eso, sería para algún taller veraniego de sociología piscinera, alguna actividad de esas sociales de barrios y así. 

El caso es que me gustó esa etiqueta, y pienso que quizá sea una de las más hermosas que te puedan regalar. "X es una persona alegre". Me gusta. Y me gusta recordarlo precisamente hoy, una semana después, cuando me he dejado vencer por un cierto spleen madrileño de verano, producto del pinchazo repentino de una burbuja de tipo personal que sin darme cuenta había inflado en demasía, y que me hace vagar por las calles perfectamente definidas del ocaso de julio, y escuchar una y otra vez Lay Lady Lay.


Madrid, en la tarde del 31 de julio de 2012

30.7.12

Por qué te vas

Hay una serie de dramas menores, poco novelescos que, precisamente por ser poco novelescos, apenas se ha escrito sobre ellos. Tampoco se habla de ellos, se corren tupidos velos y se pasa a otra cosa en la conversación. No se relatan tal como fueron, sino que se maquillan con una buena base de atenuantes para que lo que ha sido algo entre lamentable y dramático quede simplemente en la amplia categoría de lo sin más. Me refiero, claro está, a las vacaciones deprimentes

Si te vas a deprimir, si te vas a gastar pasta, si te vas a cabrear con tu/s compañero/a/os de viaje, y sin embargo amigos, ¿por qué te vas? 

Hace unos días, una amiga y su viaje a Letonia, Estonia y Finlandia, en compañía de otra amiga suya. (Diré antes que conozco la disposición geográfica de esos países bálticos, de sur a norte: Lituania, Letonia y Estonia. Capitales, Vilnius, Riga y Tallín, creo, pero ahí dudo. Google me dice que he acertado, una vez más.)

Su descripción fue todo negativa: lluvia, feo, gente antipática, sosa, que no te respondían a ningún intento de gracieta... Y eso que, como hemos comentado, estos relatos suelen ser siempre exageradamente positivos. Nadie dice, por ejemplo, que su fin de semana ha sido "un puto coñazo", sino que te lo venden como "tranquilito". Ninguna novia de tu amigo es "fea de cojones", sino que suele ser "maja" o "una tía de puta madre", así como nunca un padre de familia "no tiene un puto duro", sino que está "algo agobiado económicamente". Con los viajes, lo mismo, te dirán que si el café era caro, que si la moqueta del hotel era áspera, que si los taxistas no hablaban inglés, pero nadie te dirá: "Ha sido un infierno de viaje y un completo error hacerlo, mecagüen todos mis muertos, ojalá me hubiera quedado en casa". 

Sin embargo, aunque no se diga explícitamente, algo se dice. Como esa descripción de la estancia en Helsinki, ciudad calificada de terriblemente fea, de las que se ve en media mañana. Y puedo imaginar esa fealdad y, sobre todo, una anodinez no apta para el turista convencional, más recomendable en cambio para el recolector de arrealismos y el aficionado a los espacios a-interesantes, donde intuyo que uno puede encontrar a puñados en ciertas ciudades finlandesas. 

¿Qué hacer después una vez visitado el grueso turístico de Helsinki? Ver caer la lluvia desde una cafetería de cafés malos que pagamos con un euro común pero que aquí se gasta mucho más rápido, mientras nos lamentamos, ay, del momento en que tuvimos la exótica idea de venirnos al norte, en pleno verano. Y la conversación que languidece un poco, y el recuerdo de las ventajas del viaje en pareja que escuece mientras la amiga trata de avivar un poco la charla. 

25.7.12

Ir a mejor

Cada mañana me cruzo con el clochard meditabundo, viejo conocido de este blog, al que observo desde hace varios años ya. Hacia las siete, lo veo desfacer su tinglado donde duerme, en el hueco de esa agencia de viajes, Halcón Viajes, a la que le honra no haber instalado la típica verja expulsa-sintechos. Cuando acabo mis horillas de empacho macroeconómico en la oficina, para él es el momento del almuerzo (entendido este en su versión navarra, es decir, tentempié a media mañana). 

Hoy lo he visto machacando no sé qué en un mortero (o almirez, palabra que aprendí cuando me tocó un ídem en un boleto de la tómbola de Cáritas), porque el hombre parece estar cansándose de los habituales bocatas de embutidos que suele consumir. Este pobre sin techo (o con el techo prestado de una agencia de viajes) es cada vez más sofisticado. Aparte de parecerme un McGiver de la supervivencia callejera, el tío se ve que está perfeccionando sus hábitos culinario. Prueba de esos es el infiernillo (también hablé de él hace poco) con el que se cuece de vez en cuando sus comistrajos. El otro día vi que había puesto a secar un par de setas majestuosas; pronto me sorprenderá preparándose unas cocochas en salsa verde. 

Hay un misterio sobre este hombre, que me inquieta como inquietan las preguntas sin respuesta que vuelven una y otra vez. ¿Qué le motiva? ¿Por qué se levanta cada día, cómo tiene la paciencia y las ganas suficientes para mantener su precaria aunque compleja estructura vital? ¿Cómo es que no cae en el alcoholismo? ¿Cómo supera las horas de soledad, hastío y aburrimiento desde su trinchera de la calle Princesa? 

He llegado a pensar que se sentiría útil como parte del mobiliario urbano, humano en este caso, de una gran ciudad. Una referencia infalible en medio del caos cambiante e inestable de la capital. 

Pero la idea no me convence, no se le ve al hombre muy altruista, una vez le regalé un libro y casi me manda a la mierda. Su motivación creo que puede ir por la idea de que cualquier tiempo futuro, en su caso, será mejor. Pienso entonces en que espera que su madre, una vieja urraca de un pueblo de Toledo, casque en cosa de dos o tres años. A sus noventa años y con achaques varios no tardará mucho la cabrona. Entonces él recibirá su exigua herencia, pero suficiente para vivir en el pueblo, con una austeridad que le parecerá lujo asiático, y en una casa que le resultará más cómoda y fastuosa que el palacio más suntuoso jamás construido nunca, en comparación con las penurias sufridas durante casi una década bajo el duro pavimento de una calle de Madrid.

Ya sabía que tenía algo de sabio, el clochard meditabundo.

24.7.12

Silenciosos abanderados del republicanismo

El otro día quedé con un matrimonio de los llamados 'de mediana edad' para enseñarles el piso de un amigo, de viaje él, que lo pone en alquiler. Me parecieron atentos al teléfono; porque cuando uno se pone cara al público, u oreja al público, mejor dicho, se da cuenta de que en general la peña no sabe comunicarse. Estos, en cambio, me parecieron aptos en técnicas de comunicación y buenas maneras al aparato. 

Quedamos para que les enseñara el piso en cuestión y me encontré con dos tipos también de mediana estatura, pero con buena planta en general. Él llevaba unos pantalones color piedra pómez y una camisa quizá de lino, y un sombrero del tipo borsalino pero en su faceta veraniega, con ese material cuyo nombre no conozco, ¿rejilla?, como los que gastaba por cierto Ortega y Gasset. Ella, delgada, de rasgos duros pero agradable de ver, un traje blanco creo que de lino también, que me recordó a aquellos que diseñaba mi padre para la marca que llevaba su nombre. Hace unos días me escribió una amiga al WhatsApp para decirme que, como todos los veranos, seguía usando uno de esos trajes de la marca familiar, en este caso de tencel, un vaquero como sedoso muy del gusto de mi padre, que tras más de 12 años aguantaba como el primer día. Ahí queda eso.

O. y G.

Les enseñé el piso y me contaron que en realidad no era para ellos, sino para sus hijos. Una era bailarina, y no lo pisaría mucho, porque andaba siempre de gira. El otro, ingeniero de algo. Les comenté que igual no era un piso adecuado para estudiantes, y casi se ofendieron. "Bueno, ellos son muy formales, no te creas". Me pareció que hubieran estudiado en la extinta Institución Libre de Enseñanza. 

A veces, no muchas, te los encuentras. No me refiero a esos tipos que portan pancartas del PCE en las manis de estos días, a cierto rojerío más o menos recalcitrante y partidista, excluyente, cansino. Hablo de esas señoras que de pronto se descubren hablándote de tal o cual autor, que van al cine, que no entran en el estereotipo tan gracioso como triste de "Señoras que xxxxxxx". O viejos que ves en el metro, con una mirada profunda, serena, con un poso de secreta melancolía por descubrir que morirán en un país que no fue el que ellos soñaron. 

Tiende uno a caer con más frecuencia de la deseada en el lamento del tiempo que no fue. Ese en que instituciones como la Residencia de Estudiantes, con aquello de la Junta de Ampliación de Estudios, que vino a desmantelar el hideputa de Ferrol, para crear después un CSIC que entonces solo funcionaba como centro difusor de propaganda política. 

Entonces ve a uno a esos silenciosos abanderados del republicanismo que no pudo ser, del proyecto de una nación madura, orgullosa de su identidad y configuración política, con más recursos que el sol y playa, y le entra como un pinchazo de amargura de varios órdenes.

23.7.12

La crisis de España, en la piscina municipal

Este sábado me acerqué, con maese Holzer, a la piscina de Lago. Hace varios veranos que de vez en cuando me dejo caer en piscinas públicas, cuando no me apetece o no procede hacer de gorrón piscinero en las privadas. Es la primera vez, en toda mi biografía piscinil, que veo semejantes colas, o filas, para acceder a dichas instalaciones dedicadas al sport y esparcimiento de las gentes de bien.

Nos pegamos unos veinte minutos, a la solana, esperando que llegara nuestro turno para pagar los 4,95 euros que costaba cada entrada. Ya algo desubicados por la situación y sol sobre nuestros cerebelos, estuvimos a punto de pedir sendas localidades para 'El caballero oscuro', en una amnesia fugacísima que nos hizo pensar que estábamos en una versión estival y al aire libre de los Baciyelmo Cineplex. 

La conclusión es evidente: menos gente que se va de vacaciones, más gente que opta por eso que los anglosajones llaman staycation, que viene siendo, mayormente, quedarte a nivel de lo que viene siendo tu puta casa en verano y como mucho ir a veces a liberarte del calorón en el piscinuz más cercano. 

Ya dentro, tuvimos la santa suerte de encontrar cuatro metros cuadrados de yerbín libre que parecía estar esperándonos, extraño páramo desierto en esa hiperdensificada población de piscina, en la que no escaseaban los gays luciendo abdominales, negros parientes lejanos de Balotelli, y maniquíes de peluquería de barrio obrero luciendo sus firmes pechos operados, en animada charla, a teta descubierta, con esa negritud que no daba signos de alteración en la única zona tapada de sus fornidos cuerpos.

Lo normal, lo habitual. Ser ciudad.

La segunda evidencia de que esto de la crisis va en serio la vi en la ausencia de una magnífica biblioteca que hubo otrora. En su lugar, un gran vacío en el que dos chavales escuchaban reguetón a través de sus auriculares portátiles. Antaño, libros elegidos con amor, con títulos de Anagrama, Tusquets, Seix Barral sin olvidar novelas históricas y demás, pero de las presentables a tu suegra.

Crisis económica, pero también una crisis que nos deja sin libros en las piscinas, y ahí el aspecto triste de la cosa. Otro aspecto triste, el de los dos periódicos nacionales que yacían abandonados en el hueco que antes cité, sin que nadie pareciera pelear por ellos. Los leí agustamente, pero con un raro resquemor hormigueándome las sienes.

David Hockney - A bigger splash



19.7.12

20

Hoy 'escribí' este post en la ducha, ese momento en el que Arcadi Espada decía que bosquejaba también los temas de sus entradas, en aquellos años gloriosos de la blogosfera, 2004-2006. Me vino a la mente el anuncio que acaba de parir el amigo Paco Bescós, colaborador de 'Sub-Urbano', creativo publicitario y escritor inédito pero con mucho potencial y obras calentitas esperando. 

Me gusta esa campaña, para Bassat-Ogilvy. Describe bien el espíritu de esa década, con un toque de emoción, para fundirse gradualmente con la idea del anuncio, los 20 millones, la posibilidad de ser joven toda la vida, forever young. El dinero quizá no dé la felicidad, pero quizá nos devuelva juventud. La juventud no era garantía de felicidad, pero sí sentir que había en el entorno un caldo de cultivo propicio para conseguirlo. 

Pensaba, frente a ese espejo que nunca duerme, en mis 20, en si fueron los clásicos años de "convertir la sensación de libertad en algo cotidiano", como dice el spot. Pues no exactamente, con 21 años me vi envuelto en toda la historia que cuento en 'Luz de noviembre, por la tarde', así que no se puede decir que viviera como esos abanderados del veintañerismos que son Luna Miguel, Antonio J. Rodríguez, Laura Rosal o Julio Fuertes Tarín, los de 'Tenían 20 años y estaban locos', título algo redundante por cierto. 

Viví, precisamente, a contracorriente de cualquier tendencia veinteañera al uso. Tenía 20 años y estaba cuerdo. Con visitas, por ejemplo, al colegio en el que hacía poco pasaba las horas para conocer las evoluciones académicas de mi hermano pequeño, por entonces aún en edad escolar. Jugaba a los matrimonios con mi pareja de entonces, y no era improbable que aquel juego se convirtiera en realidad, ¿hasta que la muerte nos separase? 

Me recuerdo con 23 años, en unos meses madrileños, en la famosa edad que siempre dice tener Raphael. Bueno, vale, tengo 23 años, pensaba. ¿Y qué? ¿Esto es la juventud? ¿Qué hago con ella? Joder, hace casi diez años de aquello... Parece, literalmente, que fue ayer. Acojone.

Hubo cambios en ese sentido y, en el ecuador de la veintena, me propuse vivir la década de un modo más convencional, más acorde a lo que toca, libertad, soledad, aventurillas, música escrita para ti, y así. Y quizá me quedé atascado ahí, en una veinteañerez que se coló incluso en los treinta, estirada sine die hasta que algo o alguien me cambie el rumbo. 

Y no se está mal, porque vivir los 20 con más de 30 es hacerlo desde la experiencia, rebelándote contra esa máxima que dice que habría que vivir dos veces, una de ensayo y otra de verdad.

Luna Miguel, que tiene veintialgo y está loca.

18.7.12

Diplomático en Kenia

Esta mañana, o media mañana, desayunaba leyendo sobre el nieto de Hitler, un tal Philippe Loret, y reflexionaba sobre el buen feng-shui del local en que consumía mis consumiciones. Venía de consultar antes en un barucho colindante con la plaza Mayor cuánto costaría la tortilla de patatas que tenían como único comistraje y un café: 4 euros me quería timar el jacho. No ha caído esa breva. 

Así que me he decidido por la cafetería de Utopic_Us, como hago casi todas las mañanas, y he escrito este post en la mente, mientras la chica que atiende el local me regalaba un zumito de naranja y un trozo  suplementario de cruasán de chocolate. Me ha hecho gracia que se colara en mi plano mental justo cuando 'escribía' en el aire este texto. El pensamiento como un campo cinematográfico, y la idea de que alguien se cuele y participe perfectamente de la acción, en pleno rodaje. 

Me voy a ahorrar la descripción del local, ubicado en unas callejuelas, cerca de Tirso de Molina, que me hacen especial gracia. Es un sitio hecho con gusto, pero sin que se note el gusto. Cuando algo se nota, como ya hemos comentado, se rompe la magia. Hay incluso una cierta dejadez o sensación de relajación en la decoración. Es un arte, también, saber huir de lo rígido. El secreto de este local es que está concebido con cariño, y se lleva del mismo modo. 

Ese cariño por las pequeñas cosas que brilla por su ausencia en buena parte de ese Madrid vencido por las inercias, a excepción de ese 1% de establecimientos de nuevo cuño que se preocupan por hacer las cosas un poco mejor, aunque no siempre lo consiguen. No basta con reproducir cuatro consejos extraídos de las guías de tendencias más cools del mundo. Cuidar cada mínimo detalle, echarle amor a la hora de hacer una ensalada, no se enseña en ninguna academia Hoffman, tiene que ver con la valía personal de quien lleva el negocio. De ahí, sin ir más lejos, el éxito de La Dichosa, con reseñas en periódicos de todo el mundo. ¿El secreto? "El amor". No lo digo yo, sino la citada 'dichosa', en algún video en que la he visto. 

La cafetería de Utopic_Us, con sus ventiladores antiguos, me ha recordado a cierto rollo colonial. Y a ese anuncio de Heineken en que se veía a un diplomático en país africano, que se siente feliz porque hay birras en su nevera y el mundo todo le parece ya habitable. Esa sensación del occidental, pongamos  miembro del Imperio Británico, que viajaba a los países de la Commonwealth y se movía siempre en las grandes residencias victorianas donde tomaba té con pastas y leía la prensa británica. 

La idea de ser un poco ese diplomático, la idea de vivir en una ciudad, en un país, que tiene mucho de dejadez, de tosquedad de tasca, de desprecio hacia un proyecto de belleza que se construye por la base, por lo menor, por lo cotidiano.

Quizá empezando por esos detalles no estaríamos donde estamos.

17.7.12

Registros

Concebí este post hace justo una semana, en Ascain. Subiré foto al respecto. Lo hice al buscar un hotelito, hotel du Parc, en el que estuvimos mi familia y primos hace más de veinte años. Eran los ochenta, creo. Dudo, y por eso este post. Dudaba del hotel, pero merodeando por la zona di con él, di con ese elemento exterior necesario para hacer un click interior. Así, aprox., funciona o debe de funcionar la memoria. Hay como un caldo de cultivo que nos resulta familiar, y que se confirma cuando ese elemento registrado en nuestro disco duro se hace evidente. En este caso, un arco en la entrada del hotel especialmente ancho y achatado. También, la disposición conjunta de hotel y restaurante. Pequeñas anomalías que, precisamente por su condición anómala, se fijan en la memoria más que otras. 

Entré en el hotel, extrañamente vacío a pesar de ser pleno julio, y el señor de recepción me miró raro. "Excusez moi, je voulais simplement verifier si j'avais était ici il fait longtemps", o algo así, le vine a decir, mientras el tipo se jalaba un sándwich de queso. 

Merodeando por esas calles vascofrancesas, que son tan agradables como lo francés y tan exóticas como lo vasco, pero sin la tosquedad española, pensé en que debería haberme armado de valor y preguntarle si podía meter la nariz en los ficheros. No me llevaría más de 10 minutos. Verano del 89 o 90, seguramente, franja de agosto del 20 al 30. Familia Laporte.

Me contó mi hermano mayor que fue al oculista. "No venías desde 1989" le dijo el oftalmólogo, mirando en unos papeles supongo que digitalizados. Una vez me dijeron algo parecido en el dentista: "No venías desde 1996". 

Recuerdo una tarde de febrero de 2011 en que hice una entrevista a Juan Cueto a propósito de su recomendable 'Cuando Madrid hizo pop'. Antes de que llegara el buen hombre me entretuve en ojear unos cuadernos de registros que permanecían expuestos en el salón de la cafetería del hotel Capitol dó habíamos quedado. Eran de la década de los cuarenta. Me encantó esa letra estilizada, perfectamente elegante, cargada de alma, en cada una de las inscripciones de entrada y salida de los huéspedes de aquellos años cuarenta en la Gran Vía. 

“Tantas cosas suceden sin que nadie se entere ni las recuerde. De casi nada hay registro, los pensamientos y movimientos fugaces, los planes y los deseos, la duda secreta, las ensoñaciones, la crueldad y el insulto, las palabras dichas y oídas y luego negadas o malentendidas”.  Lo dice el personaje de Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías, en una cita que utilicé en más de una ocasión en Luz de noviembre, por la tarde.

De casi nada hay registro. Pero también lo hay de un sinfín de cosas, más de las que creemos. Como de mis andanzas por Ascain, de las que dan fe este par de fotografías.



Registros, en Ascain. 

15.7.12

Parte del viaje

De nuevo en autobús hacia Madrid. Han cundido estos días de descanso, de destensar el cerebro, de no vivir por encima de mis posibilidades mentales. He dormido en un buen puñado de camas, físicamente solo, pero acompañado en sentido figurado. Es bien (expresión de reciente cuño que se está viralizando sin remedio).

Al final del tramo vacacional sentí una nueva tensión, preocupante esta, que tenía que ver con el exceso de ociosidad y productividad cero. Ganas de volver a los escritorios habituales y avanzar en los varios frentes abiertos. La gente que se toma un mes de vacaciones hace mal, opino.

He dormido la mayor parte del tiempo, en el bus. Con la cortina abierta, con el sol como aliado. Cuando compro un billete por internet, elijo la orientación oeste. Me hago un rápido croquis mental de la dirección del autobús y su ubicación en el mundo antes de darle al click de selección de plaza. En los campos de Soria, el sol dura más que en el resto del planeta, y uno aprecia ese brillo de larga duración desde esa pantalla que es toda ventana. Hay cierta quietud en el movimiento, uno querría a veces quedarse ahí eternamente, con esa sensación de avanzar que mitiga nuestra inquietud. 

He agradecido especialmente el sándwich marca Ñaming de tía B. (cada vez hacen mejor los sándwiches) y me he arrepentido de no haber hecho caso de su sugerencia de cambiar la cerveza San Miguel 0,0 por una de las de verdad. El síndrome Stendhal a la altura de Guadalajara, con todas esas industrias que nos hacen pensar en vida, en ocupaciones, en actividades que también mitigan ansiedades, habría sido de aúpa, con esa pequeña dosis de alcohol en vena.

Ya en el metro, los clásicos runrunes sobre el estar aquí, allá, la mudanza como un estilo de vida, provincias, gran ciudad, etc. El "pues yo a ti te veo bien en Pamplona haciendo vida familiar" de Bro, del otro día, a la altura de Erromardie, y el "no te digo que no, pero no ahora". Y la alusión a una suerte de viaje en el que uno está embarcado, y en el que las casas, las mudanzas, ¿los amigos?, son parte de este viaje. Nuevas ciudades en el horizonte con la sensación de estar acometiendo las últimas fases de ese viaje entre interior e invisible. 

A lo lejos, el 'Cuando ya esté tranquilo', de D'Ors. La duda, enfilando ya el portal de mi casa provisional, de si no será todo un gran palo y zanahoria, un gran viaje a ninguna parte, con punto de partida pero no de llegada. Algo me dice, no obstante, que siga tirando millas.

5.7.12

Fz

Me gusta terminar las series del Macropost de manera redonda, en términos cronológios. No lo hago adrede, pero así coincide a veces. En la segunda serie, la B, de mayo a junio de 2009, terminé justo el día de mi 30 cumpleaños, un  30 cumpleaños sobre el que pedaleé, por no decir di el coñazo, lo mío. Terminar ese día fue un bonito broche. Carmen López así lo advirtió en uno de sus comentarios, si la memoria no me falla. Este, tres años y unas semanas después, concluye un día antes de las fiestas de San Fermín, que empiezan el 6, aunque el calendario diga que el 7. El 7, como todo el mundo sabe, es la festividad de San Fermín, y el 6 la víspera. Lo que no acabo de entender es por qué se da inicio el mismo 6, a las 12h, con el lanzamiento del cohete o chupinazo, y la víspera, o sea, el mismo 6, se convierte en el fiestorro padre. Algún sanferminólogo en la sala quizá podrá aclarármelo. 

Escribo algo cansado, con hambre, en la víspera de la víspera. Es de noche, hoy publicaré 'a tiempo real'. Recuerdo, de niños, que este día era algo especial. Sobre todo por aquella cantinela, o cantilena, que diría un purista, de "a dormir, a dormir, que mañana es San Fermín". Y, en efecto, había un día que  dormíamos porque al día siguiente era San Fermín. He hecho memoria, hace un rato, de los Sanfermines en los que he participado. Salían más de los que pensaba: 2009, 2005, 2004, 2003, 2002, ¿2001?, 1998, 1997, ¿1996?, 1995, 1993. En el 92 estuvimos en Marbella, en el 91 en San Juan de Luz, en el 90 en el colegio de Étampes, en el 89 en la isla de Ré, y en los 88-87-86 etc, entre Pamplona y la casita que teníamos en aquel pueblo navarro de tanto encanto, a excepción de cierto entorno batasunoide, duro, que se dedicaba a tocar un poco bastante los webs.

En ese repaso, he concluido que en el fondo tengo cariño a estas fiestas, en las que a menudo ha pivotado sobre mi conciencia el concepto de amor/odio. Tu integración a ellas también hace que esa balanza bascule hacia uno u otro extremo. He recuperado raíces y me siento contento por ello, y también incorporo a gente nueva, lo que hace que la balanza se incline más hacia el amor que el odio. Y ese cariño tiene que ver con esa sensación de la infancia de que algo grande se cocía durante estos días. Se nota en la excitación de la gente. Tiene que ver, creo, con la exaltación del verano y con un extraño diálogo de siglos. Una comunicación que se da entre todas las fiestas de San Fermín de todos los años y decenios, y entre todas las personas que por ellas han pasado, y comulgado con sensaciones parecidas. Todo eso se palpa, un poco, en el ambiente. Lo transcribe bien, entre líneas, Ernest Hemingway, en su 'Fiesta'. No inventa nada, simplemente descubre, expone, traduce a palabras lo que está en el aire. Un buen escritor es un periodista que consigue sublimar, podríamos decir. 

Me gusta culminar, pues, esta serie el día 5, que es un día extraño, un día en que la peña, de la ansiedad, se cuece antes de tiempo y llega como puta por rastrojo al famoso chupinazo. Cuando suene el cohetico, me concederé entonces unas vacaciones al 100%. Lo de ahora ha sido un aperitivo vacacional, un ir cogiendo cuerpo de vacaciones. Porque, amigos, no es bueno lanzarse de cabeza a las vacaciones. Se te puede cortar la digestión, o así. Es como aquello que nos recomendaban los profesores de Educación Física: no tirarse al suelo después del gran carrerón, abrazar el descanso de manera solapada. O no beber agua como potrancos tras el ejercicio físico extenuante. Todo por fases. Estos días me he relajado a base de bien, pero también he escrito, leído, redactado un par de críticas, gestionado un par de cosas. Curiosamente hoy, jueves, me ha salido un trabajito, un pequeño encargo, que me da alas suficientes para seguir sobreviviendo. Y de eso se trata, al menos de momento, no pido más. 

Y no pedir mucho, e ir lográndolo, me parece que es, en realidad, mucho. Como el hecho de que no me pesaran las seis horas de trayecto que me ha costado la vuelta desde La Reserva a Pamplona, con 5 kms a pie (voluntarios), viaje brevísimo en TGV de San Juan de Luz a Hendaya, 'topo' o EuskoTren hasta San Sebastián, y Conda destino Pamplona. Tampoco me importó lo más mínimo que la rubia del anochecer no se presentara en el Bagus al día siguiente de nuestro no-encuentro. El sol de mi infancia me privó de todo resentimiento, dijo una vez Albert Camus. El sol de mi incipiente madurez, como el sol de estos días de feliz soledad en La Reserva, también me priva de cualquier tipo de resentimiento. 

4.7.12

Fy


Tercer y último día de mi estancia en La Reserva. Me voy el jueves, pero será uno de esos días no-días, de ir del sitio A al sitio B, cosa que bien mirado siempre tiene algo de aventura, de road-movie, de día en sí mismo. Porque no disponer de coche convierte los desplazamientos en algo impredecible. A la ida, el conductor del autobús se saltó mi parada, San Juan de Luz, y me consoló con que me dejaría en Bidart. Le dije que vale, sin protestar. No me podía dejar en la carretera, tienen las paradas asignadas por ley e infringir esa norma es motivo de sanción. “De denuncia”, dijo. Asumí mi destino, andar 12 kilómetros con las maletillas a cuestas, como una de las 12 pruebas de Asterix, sin protestar. Y creo que esa dignidad en asumir el nuevo estado de cosas debió de conmover al señor conductor, porque en cuanto señalé con el dedo las casas de La Reserva, el hombre vio un carril apto para detenerse y paró el autobús sin más turbación. “Mira, te dejo aquí y asunto arreglado”. Abrió el maletero y salí zingando, contento por ese inesperado gesto de humanidad. Siempre he pensado que con buena disposición se puede dar la vuelta al mundo. Me he ahorrado alguna que otra multa con ese temple. Con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, me sale un yo bastante complaciente, cómplice, me pongo enseguida de su lado. No sé por qué lo hago. Quizá para no ser como la mayoría, que saca lo peor de sí ante un agente de la Guardia Civil o un árbitro, como si todos esos picoletos o colegiados fueran responsables de los desmanes de sus respectivos cuerpos o colegios. Ese deseo de no ser como la mayoría lo anoto como factor recurrente en mi persona. Pero no por el deseo de ser especial, diferente, original, veo ahora. Sino por no ser predecible. Nada más decepcionante que alguien predecible. Mis amigos a veces me llaman Veletowski, por mi tendencia a cambiar de opinión, de planes, de parecer sobre algo. Puede que eso no puntúe a favor en cuanto a la forja de una personalidad sólida, contundente, firme. Pero nadie dirá que soy precedible. Aparte, sólidos, contundentes y firmes son las rocas, no las personas.

Me he traído estos días varias lecturas, pero sobre todo una, con vocación de leer algo ligero. 'El síndrome Victoria', de Éric Reindhardt. Leí un tercio antes de la entrevista que le hice. Sí, amigos, a veces los periodistas culturales no leemos las novelas enteras de los escritores a los que entrevistamos. En mi caso, intento que no sea así, pero a veces es materialmente imposible. Por suerte, con la lectura de unas 80 páginas, el dossier de prensa e internet uno puede hacerse una idea más o menos rica de la novela en cuestión, suficiente para plantear al menos diez preguntas. Hay algo de álter ego mío en ese Reindhardt que me gusta, porque un libro, como las canciones, nos gustan más si parece que hablan de nosotros. 'Todas las canciones hablan de mí', se titula la ópera prima de Jonás Groucho Trueba, que vi con Bro en abril de 2011. Digo que vi, pero es falso, porque dormí a pierna suelta durante toda la proyección, aunque desperté el rato en que suena una de mis canciones favoritas, 'La estación de los amores', de Franco Battiato, que el joven director sostiene durante un audacísimo plano estático en que solo se ve la espalda del protagonista, y la música que envuelve.

Tildé para mis adentros esa novela como 'novela de aeropuerto' y no negaré que tiene algo de ese género, aunque quizá sea la mejor novela de aeropuerto que se haya escrito nunca. Habla de una infidelidad, pero lo hace con una serie de giros psicológicos y con una descripción de estados de ánimo que la elevan del  rango de folletín moderno. Lo comparan con Houellebecq, pero a mí me parece que tiene más de Auster. Pero me gusta sobre todo esa inmersión en la psicología masculina fuera del cliché, la del hombre como un ser frágil, menos sexual incluso que la mujer. Me gusta el pasaje en que el protagonista defiende “la fragilidad” como una virtud en el hombre, en una sobremesa presidida por su suegro militroncho y corto de miras. Lo hace para provocar, pero me gusta. “Soy el escritor de las debilidades masculinas”, titulé la entrevista, que se publicará en breve en los diarios de Vocento. Y siento que este álter ego, este sosias literario, se me ha adelantado, porque mis tiros literarios también van por ahí. Sobre todo en la novela que terminé hace un mes. Es buen síntoma, de todas formas, ver que otros hacen lo que tú. Significa que hay una sensibilidad similar que flota en el ambiente.

Ayer, en el Bagus, local donde subo estos post, un momento de fragilidad masculina. De falta de determinación, más bien. Voy por mi primera Kronenbourg cuando aparece una chica de unos treinta años, rubia, alta, grande, bien dotada. Me gusta. Aspecto de ser más de armas que de letras, pero igualmente atractiva. La miro y desvió la mirada en cuanto me caza. No quiero molestarla, intimidarla. Sigo con mis cosas en el ordenador, que no son precisamente vacuas. Un prestigioso editor me pide un texto para una campaña de promoción de la literatura en Extremadura. Otro, me presenta su editorial digital y le digo si le puedo enviarle mi manuscrito cubano, y me responde que por supuesto, que le interesa.

La rubia pide algo de cenar, y todo apunta, como indica el solitario mantel que le colocan, que lo hará sin compañía. Me pica entonces la excitación de pasar de mi estado plácido a la acción, y se me echa un poco por tierra la agustez del momento. Todo es ahora un calibrar la estrategia, si debería sentarme con ella ya mismo, si espero al postre, si simplemente la saludo y le digo de intercambiarnos teléfonos. Pido la segunda (y última) 'demi' de 'Kro' y concluyo que lo mejor será presentarme brevemente y proponerle cenar juntos mañana, y no hacer nada hoy. Eso me motiva más, porque en casa me espera una botella de vino de Burdeos y un entrecot que pensaba hacer con una salsa de cabrales que me traje de España. No me apetece perderme ese solemne momento de felicidad solitaria, y me da pereza sacar mi lado social, ponerme encantador y esas cosas, y hablar de esto y lo otro. Sin duda, proponer una cita para el día siguiente es la mejor idea.

La miro en búsqueda de señales de aprobación pero la tía está enfrascada en su BlackBerry y no me hace ni caso. Con la segunda cerveza, me parece más guapa aún. ¿Qué hará sola? ¿Estará en uno de los cámpings de la zona? La perspectiva de una negativa pesa en mí como una losa. Porque es posible que esté sola porque su novio llegue al día siguiente. Tiene hambre, le apetece cenar y le da igual hacerlo sola. Valoro a las mujeres que no tienen complejos en ir solas a los sitios públicos. No hay ningún mensaje en ello, no debe haberlo. No van solas en busca de alguien que les ofrezca compañía. Pero, ¿y si lo estuviera deseando? Mmmm. Me gustan las mujeres que van solas a los sitios, repito, y me fastidia convertirme en el clásico hombre que perturba su paz haciendo proposiciones improbables.

He venido a La Reserva para no vivir. No para morir, sino para descansar. Para no generar biografía. Para leer, pasear y dejar que mi cabeza se libere, se expanda. Para meterme a mí mismo en la lavadora. Pero de pronto, arggg, la posibilidad de nueva vida, de más vida, se encuentra a tres mesas de distancia. La idea de un yonki de la vida, de las experiencias. Eso buscaba precisamente hace ocho veranos, cuando vine unos días solo, sin mi novia de entonces, a La Reserva. Leí 'La educación sentimental', que es un canto a la juventud, a la vida, a la amistad, al amor romántico, mientras escuchaba, como escucho ahora el sublime disco de 'El cantante', de Calamaro. Di entonces con el título de mi primera y fallida novela, 'El naúgrafo cosmopolita', remedo de 'El robinson urbano'. He vivido varias estancias solitarias en La Reserva, estancias de no-vivir, pero de todas guardo buen recuerdo, aunque no haya pasado nada.

De esta también guardaré buen recuerdo, aunque no haya pasado nada, al menos fuera de mi cabeza. Porque me dejé llevar por una cierta prisa que me evitó seguir pensando, mientras la rubia (algo grandota, pero de rostro angelical) paladeada una copa de helado. Me encomendé a los dioses del azar, que ellos provieran, cuando pasé a la vera de su mesa, en la búsqueda de un mensaje no verbal por su parte que diera pie a un intercambio de palabras, y de ahí a los detalles de una velada común para el día siguiente.

Pero su rostro no mostró receptividad, y nunca sabré si fue por timidez o porque en realidad le apetecía un cojón trabar contacto con nadie en general, y conmigo en particular. Me fui a casa con un cierto mal sabor de boca, como quien deja pasar un tren, esos trenes que pasan pocas veces. Todo parecía orquestado, los dos solos en ese local algo desangelado en la temporada estival que aún no ha arrancado. Podría haber sido bonito, como son todas las historias de amor efímeras e imposibles, en la que uno atisba cierta posibilidad.

Me consolé pensando con que realidad no me apetecía del todo. Sí, me tentaba la posibilidad de dormir acompañado, pero en verdad lo hacía como una prueba a mí mismo. Un personal y particular “a que no hay huevos”, que a veces determina las acciones de los hombres, frágiles o no. El deseo de pasar a la acción, también. Me consolé con esa idea, pero también con la que a lo mejor hoy, última noche de mi periplo por aquí, volvía al Bagus. Cuando acuda para subir este post, lo comprobaré.


3.7.12

Fx


El domingo, en la plaza Mayor de Estella, le regalé un reloj a mi sobrina-ahijada. Vio el mío y dijo:¿eló? Y yo: ¿Quieres tener un eló? Y ella: Iiiíiiii. Y quedamos en comprarlo. Por desgracia, la juguetería de los chinos estaba cerrada, y nos quedamos los dos haciendo dientes largos, como los niños de no sé qué película frente a una pastelería (quizá fuera la de 'Zipi y Zape'), frente al cristal del escaparate. Por suerte, la china empresaria del comercio juguetero nos vio y, lista, con ganas de vender (cosa que en este caso me parece una virtud) nos abrió la tienda entera para nosotros. De niño soñaba que me abrían Purroy, el paraíso del juguete de la infancia, para mí solo, una noche de Reyes, y podía elegir lo que quisiera. Algo parecido pasó en ese momento, cuando nos vimos solos en esa megatienda de la felicidad. Temí que la niña se dispersara y ya no quisiera solo un eló, sino toda las ecas (muñecas) del establecimiento todo. Pero no, dimos con una vitrina con relojes, elegimos uno azul, pagamos y nos fuimos. Ya tenía su primer reloj, sin haber cumplido los dos años. Fue un 1 de julio de 2012. Cuando sea mayor, se lo recordaré. “Te regalé tu primer reloj el primero de julio de 2012. El mismo día, por cierto que la Roja ganó a Italia en la final de Kiev”.

Recuerdo perfectamente mi primer reloj. Creo que fue tía B., mi madrina, quien me lo regaló. Era digital, cuadrado y con unos motivos marítimos, un tío pescando, un barquito. Me lo puse al principio en la derecha pensando que, como era la mano que mandaba, la mano líder, pues también le tocaría llevar el reloj encima. Me pareció justo y compensatorio cuando me indicaron que no, que era a la izquierda a quien correspondía portarlo. Desde entonces, no puedo con la gente que lo lleva a la derecha. No soporto esa innecesaria rebeldía, ese atentado a un cierto equilibrio de la precisión. El reloj como símbolo de lo preciso; llevarlo a la derecha me parece una tara, algo de tarados.

También recuerdo mi primer Swatch, la marca de relojes que me ha acompañado siempre, excepto en los últimos años, que gasto un Hamilton Khaki que me regaló mi hermano mayor, hace unos cuantos Reyes. 
Fue una mañana gris de colegio, año 86 y 87. Mi padre nos llevaba en el Mini Rover Mg negro, matrícula Na-71731, cuando en un lance con la puerta se le rayó toda la esfera. Acto seguido me lo dio, lo cual lo vi como un regalo a medias. Te lo doy pero porque ya no me sirve. Aún así, lo llevé con orgullo en ese segundo de EGB y años posteriores. Me daba un toque de distinción, ese reloj de manecillas, a contracorriente de mi entorno, que ni siquiera llevaba reloj, y si lo hacían eran casios baratos. El mío, además, era completamente negro. Había que hacer verdaderos esfuerzos oculares para distintas las negras manecillas de los negros números y del negro 'fondo de pantalla', digamos. Y más aún con el rayajo, que nublaba con su polvo fraccionado toda la parte central. Mis compañeros miraban aquello, con su garrulismo montaraz, como los indígenas americanos al hombre blanco cargado de ingenios.

En cuarto de EGB me encapriché de otro modelo de Swatch que era un completo espejo. Qué gran hallazgo, un reloj que es espejo. Fui feliz con ese modelo durante muchos meses; además, permitía reflejar el sol que entraba por la ventana de la clase con su esfera especular, y hacer figuritas en la pizarra o en los ojos del resto de los compañeros. En mi primera comunión, mi padrino Eduardo me regaló uno de esos, más clásicos, que venía el recorrido de la luna. Lo llevé durante algún tiempo, pero me daba algo de vergüenza, era como de mayor, no iba tanto conmigo. Lo guardé en cambio como objeto sagrado en mi caja fuerte y, aunque no lo llevara en la muñeca, lo llevaba a mi manera en mi coraçon.

Porque los relojes no son objetos cualquiera. Puedo prescindir del resto de objetos funcionales de mi entorno, pero no del reloj que en ese momento llevo. Es, junto con alguna corbata, el único elemento ornamental que me permito. (Diré también que tengo una especial tirria a los hombres con cadenita, sobre todo esas de oro con una medallita colgando, ¡por favor! Hay algunas que se salvan. La de Holzer, que está leyendo esto ahora mismo, y la cruz de madera del tenista Djokovic, que me pareció elegante.)

Son objetos sagrados, los relojes, porque como dice Pedro Izquierdo, en el reportaje de 'Jot Down', nadie quiere tirarlos. Un día pierden comba, y van al cajón y ahí se quedan, en ese cementerio de las manecillas que nadie se atreve a tocar. Y, por suerte, quedan tipos que aún encuentran una honda satisfacción en esa labor, y los arreglan. No por dinero, que viene justo, sino porque sí. De eso va este estupendo reportaje (y aquí quería llegar antes de la introducción de un folio), 'Hacer las cosas porque sí”, firmado por Nacho Carretero.

He disfrutado mucho con este artículo al que he caído por azar. Admirable técnica la de Carretero para plantear uno temas nucleares (los excesos de la revolución industrial, el consumismo alienante, lo errado de ciertas búsquedas de la felicidad) a través de una figura antagónica a esos excesos, el relojero anacrónico Pedro Izquierdo, suerte de 'petibonum' de un oficio llamado a la extinción, pero al que él se aferra con un romanticismo numantino que tiene mucho de sabio. Lean este reportaje, impreso a poder ser, porque está muy bien.

La idea de usar estos reportajes como material para un relato. Porque el autor ofrece tal cantidad de detalles que es como si uno hubiera estado en esa relojería. Esas pinceladas descriptivas, como la del tipo que ama tanto su profesión que cuando más disfruta es durante el fin de semana, con la tienda cerrada, inmerso en los engranajes fascinantes del micromundo del reloj.

Impagable también la alusión a esos compulsivos del reloj, que poseen hasta cien mil ejemplares, y que se vuelven unos fanáticos en la precisión de los mismos. No toleran ningún mínimo retraso en sus funcionamientos, y exigen una total puntualidad. Eso sí, dice el relojero con ironía, luego llegan media hora tarde a la cita concertada.

Son los relojes elementos dignos de adoración, pues han sobrevivido a revoluciones tecnológicas de todo tipo. Sucederá parecido con los libros, pese al coñazo de ciertos guruses recalcitrantes. Su magia está por encima de la función. Claro que hay relojes digitales mil veces más precisos y perfectos que uno de manecillas pero, por suerte, hay un elemento que va más allá de la eficacia. Son esos elementos, precisamente, los que más me interesan. Cuando veo al pintor Gordillo con su reloj digital, también me tiro de los pelos, por cierto. En el caso de Luis María Anson, se perdona, porque lo lleva como parte de ese atrezzo romántico del periodista que necesita conocer los distintos husos horarios. Nos comentó una vez, Anson, que había estado en todos los países del mundo, menos en Albania.

El reportaje avanza, como el segundero, con meandros hacia el capitalismo, con reflexiones algo manidas sobre la fiebre consumista, pero que no dejan de ser ciertas y que no por tópicas debemos de dejar de lado. Subrayo esta: “Estamos diseñados para consumir, y con la crisis no podemos. No hay nada peor que la sociedad de una economía de consumo... que no puede consumir. El resultado es miseria y frustración”. No lo dice Carretero, sino Serge Latouche, economista y profesor de la Universidad de París. Como en su día con mi reloj a contracorriente, me veo inmerso en una tendencia cada vez más opuesta a la de la mayoría, y no me desagrada. Ayer, precisamente se lo comentaba a mi hermano pequeño. Lo de que estas vacaciones en La Reserva me iban a salir especialmente baratas. Que estaba gastando, de hecho, mucho menos que en mi vida diaria madrileña, esclava a menudo de lo que podemos bautizar como “la dictadura de las cañas”. Traje una bolsa (a modo de 'colación', y perdón por el arcaísmo) con unas comidas que tuvo a bien proporcionarme mi tía B. Compré ayer por valor de 10,10 euros algo más en el 'mini-market' y vi que con eso tendría suficiente para estos cuatro días. Por la noche, en el bareto donde me conecté a internet, gasté 6,60 euros en una Grimbergen grande. Bien pagados. Hoy pediré Kronembourg, que es más barata. Y el placer de hacer justo lo contrario al consumo, alcanzar una agustez muy considerable con los libros, lecturas, paseos y visita que hoy haré a la playa. Claro que para eso hay que tener una infraestructura, comunmente conocida como casa o segunda residencia, que en su día hubo que comprar y tal.

Ya me entiendo yo, como diría mi colega Gabi de Pablo.

En la casa en la que vivo ahora, de modo temporal, en Madrid, cuelga un reloj que le sobrevivió a mi abuelo Jean. Es uno de esos de barco, rectangulares. Cuando lo miro, veo la hora, pero veo muchas más cosas. Veo el tiempo de mi abuelo, todo el siglo XX (1924-2010) y me alegro de que ese objeto le haya sobrevivido, y que lo tenga en mi poder. Me gusta que forme parte de mi legado. Forman parte de esas cosas sagradas que, cerraré con un tópico, ningún dinero puede comprar. Y que nos hacen menos miserables, y menos frustrados.  

2.7.12

Fw

Son las 12.07 del mediodía, se puede decir que ya estoy instalado. En un lugar que llamaremos La Reserva, a cinco kilómetros de San Juan de Luz, Francia. A mi derecha, un café, a mi izquierda, dos periódicos españoles, uno deportivo, otro no, cantando las gestas futboleras de ayer mismo. Historia deportiva que ya es historia, cuando apenas han pasado unas horas del triunfo. Nunca ninguna selección nacional logró lo que estos tipos ejemplares: la Triple Corona, que dice el Marca, que nadie logró jamás. Hemos sido testigos de ello y mí me pone contento.

Viniendo de hacerme con unas provisiones en el 'mini-market' he pensado en que el último gol de España lo marcó Mata. “España Mata”, podría haber titulado algún periodista deportivo y no habría quedado mal. Luego he repasado los nombres de los cuatro goleadores de la final: Silva, Alba, Torres, Mata. Entrenados por Del Bosque. Alguien podría componer unos ripios, con todo esto. Justo ayer nació la hija de una amiga mía. Le recordarán que vino al mundo en el momento más álgido que ninguna selección de futbol mundial vivió jamás nunca. Le han puesto Candela, pero quizá habría sido más atinado Gloria. O Victoria. Jajá. O Alba, como el apellido del segundo anotador. Candela me recuerda a vela, 'canddle in the wind', a objeto. No sé si me gusta. Prefiero nombres que evocan a cosas abstractas, más que algo tangible. Hay nombres de flores, pero nada menos material que una flor. Jacinta, Hortensia, Margarita. En mi biografía sentimental, he recolectado alguna que otra flor. Rosas, violetas... umm, la lista florida es corta.

Son las 12.19h y escribo sin prisa ninguna, por el mero placer de escribir. Analizando desde fuera la situación, se puede afirmar que me gusta escribir, porque es lo primero que he hecho en La Reserva, toda vez que he hecho acto de presencia, he comprado unos comistrajos, he elegido cama (la de arriba, la buhardillita) y desperdigado mis cosas. ¿Cuánto me cuesta adaptarme a un nuevo sitio, a una nueva residencia? ¿Media hora? También he plantado un pino, que es otra forma de decir: aquí estoy, amigos. Depositar (de deposición, nunca mejor dicho) parte de ti, aunque sean tus desechos, tiene algo de marcar el territorio. El aroma fétido que se propala durante unos minutos por la estancia (sobre todo si no cerramos la puerta del wc) también contribuye a ese asentamiento doméstico que acelera la adaptación. 

Mientras daba de comer a mis electrónicos animales de compañía (MacBook, Kindle, iPod) he pensado si más que escribir lo que me gustaba era exhibirme. Leí en una revista femenina (hay que leerlas de vez en cuando, para conocerlas mejor) que el hombre es en realidad más exhibicionista que la mujer. Siempre pensé lo contrario, a juzgar por la cantidad de piernas, escotes, tanguillas y culos ceñidos que la retina masculina registra una jornada cualquiera, sobre todo si hace calor. También en la propensión de la mujer occidental al ejercicio del top-less playero; aceptamos que unos pechos bronceados son agradables, guardan coherencia con el resto del cuerpo, pero tampoco pasa nada por cultivar lo podríamos llamar 'pera blanquilla'. No sabría decir cuál me gusta más, si me pusieran en el brete de tener que elegir.

Pero no hay que fiarse de los indicios, hay que ir siempre un paso más allá de la lógica, o estaríamos aún en el creacionismo. Las mujeres gastan escote y todas esas cosas para atraer al macho (ponerlo cachondo, en cristiano) al tiempo que ellas mismas se reafirman en esta liga loca de la supervivencia social y animal que es el mundo. También para sentirse guapas, así, sin más. Aunque en ese sentirse guapas hay también un “soy capaz de meterme en el bolsillo hay quien quiera” que da cierta paz.
El hombre contempla todos esos estímulos y, en efecto, se pone más o menos cachondo, ya que por norma general no somos de piedra. Se excitará, otra cosa es que esos estímulos sean suficientes como para forjar una relación más allá del coito animalesco ya que, por fortuna, algo hemos evolucionado y no siempre tiran más que dos carretas.

Lo que no acabo de entender es el afán exhibicionista del hombre, dando por buenas esas conclusiones de lo que leí en 'Mujer Hoy' u otra revista del ramo. La comprobación empírica está en esas páginas de internet de desfile de camaritas webs, que no son sino un tedioso desfile de penes, a cada cual más burdo, en una proporción de una chica por cada noventa y nueve maromos. Pueden comprobarlo ustedes mismos, pinchando en este enlace. A quién le interese el tema, que lea 'Ejército enemigo', de Alberto Olmos, que es el escritor vivo que mejor ha abordado tan actual cuestión.

12.44h. Me doy cuenta de que podría estar escribiendo todo el día. No sé si ya tanto por gusto, pero sí como terapia ocupacional, como modo de entretener estas horas de voluntaria soledad, necesarias para mi higiene mental. ¿Que si soy un exhibicionista? Pues quizá lo sea, lo cual me da bastante igual, todo sea dicho. Hay cosas peores, y no se hace daño a nadie. Nada es puro, de todas formas. En la escritura de estas entradas, hay un tanto por cierto de exhibicionismo, pero yo diría que menor si analizamos otros tantos por cientos: entrenamientos literario, deseo de fijar la mente, gusto por el mero hecho de escribir, resolución de ciertas cuestiones internas que se clarifican mediante la escritura, reafirmación de uno mismo, conservación de pensamientos, etc.

Quizá un escritor que escribe mucho es el que más duda de su propia vocación, de su condición de escritor. Por eso necesita publicar un libro al año. Quizá el escritor sea un tío que necesite reafirmarse siempre, en todo lo que hace, en todo lo que ve. La mera palabra es un ejercicio de reafirmación de la vida. Parece que si no se dice o escribe algo, no existe. 

Qué bien, por otra parte, sin la absorbente y tiránica conexión a internet, que te arrastra a veces sin remedio por los confines de la red, sus mil y una parcelas de interés, esa otra vida que tenemos ahí. Joder, se vive mejor con un acceso limitado a internet. Estas vacaciones van a serlo también y sobre todo de internet, empiezo a estar un poco hasta los huevos de internet. De esos compromisos de aire que vamos adquiriendo, de esas relaciones a veces fantasmales que tienen sus exigencias, sus servidumbres, sus protocolos, y que nos van robando un poco ese bien finito que es el tiempo, la vida. Cuidado. Achtung! 

No tengo internet en La Reserva y no lo echo de menos. En absoluto. Sí que extraño en cambio una guitarra, objeto mágico del que soy adicto desde hace veinte años. Qué gran invento es la guitarra. Algún día teorizaré sobre sus efectos beneficiosos, al menos en mi persona, como vehículo hacia una cierta meditación.

Me pasaré en un rato por ese local que hay junto al 'mini-market', el Bagus, donde he visto un simpático cartelito de 'Accés Wifi', y enviaré, cual botellita del naúGrafo, esta croniquita de mi primer día de vacaciones de célibataire, en este giro inesperado pero creo que bien resuelto que ha dado el Macropost, encarando ya el tramo final de esta serie.

1.7.12

Fv

Este sábado por la mañana había quedado con un tipo, un pintor, para darle las llaves del piso de un amigo. A las nueve. Mientras esperaba, vi pasar al cantante. Era él, sin duda. Chaqueta americana, melena, gafas de sol de las de 'pera'. La cita con el pintor de brocha gorda era en la glorieta de Embajadores, en ese punto en que se aglutinan una serie de 'pintas' como muy velazqueños. Son gentes de la droga, todo ese rollo de las cundas y los taxistas ilegales que los llevan, o eso dicen los marisabidillos, a Las Barranquillas. Es lo más cercano a La Habana que pueda haber en Madrid, una esquina muy de 'Callejeros', meeting point del trapicheo a ras de suelo. 

Como las moscas a la miel, como los puteros a la calle Desengaño, ciertos consumidores de ¿heroína? se desplazan hasta ese punto. Como el cantante, al que se veía a la legua que no había quedado ahí con un amigo de la infancia. Ese andar a medio gas, ese mirar y no mirar, ese aire de inseguridad, de sentirse observado. Porque al menos yo lo estaba observando. Y hasta me he animado a jugar a paparazzis y le he sacado una foto con el móvil, en un gesto algo descarado que quizá haya sido apercibido por el yonkarra camello, un tipo con más pómulos que hombros, con el cual ha desaparecido el cantante. 

He sentido una cierta excitación como poseedor de esa foto. ¿Podría mandarla a algún periódico? ¿Sería ético? ¿Es periodismo? ¿Me pagarían por ello? ¿Me gustaría que me hicieran lo mismo? Un día se sentó frente a mí Inocencio Arias, en el metro, con su sombrero, bastón, varios periódicos, pajarita y demás parafernalia. El viajero más atípico de toda la red de metro. Le hice una foto, porque hacer fotos con el móvil es una cosa tan sencilla y discreta que incluso está mal no hacerlo en una ocasión así. Luego la subí a Facebook y fue muy comentada y tal. En este caso, en términos loables. Un tío que daba ejemplo, diplomático que viaja en metro sin que se le caigan los anillos. Pero, ¿y si le hubiera cazado en un momento no tan ejemplar?
Me he guardado la foto del cantante, aunque me fastidiaba no difundirla un poco porque era buena en términos de composición. Él, de espaldas, erguido, artista, y el camello chupado, con ese rostro moreno cuarteado, curtido, de los tipos que frecuentan ese punto. Dos tipos en los alrededores del abismo, en una fresca mañana de sábado, y un tercero que presencia la escena. 

Al volver a casa me he preguntado si no he sido algo temerario. Quizá me haya visto el dealer castizo, y ahora se piense que soy un secreta. Los secretas se disfrazan siempre de lo menos parecido a un secreta. En sentido, tenía mucho aire de secreta, con el pelo despeinado de antes de la ducha, las bermudillas y las menorquinas de suela despegada.

Quizá me traten ahora con exagerado respeto, o me rajen de arriba abajo la próxima vez que me vean.
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