29.6.12

Fu

Oficialmente de vacaciones, al menos de las de fichar de par de mañana en las escasas horas de curro reglado. Días sin madrugar, adiós al déficit de sueño, al ir un poco como un zombi por las jornadas, inventando nuevas franjas del descanso. Adiós a ese suministro desordenado, al menos durante dos semanas, de horas de sueño en su mínima expresión. No se vive mal, de todas formas, con la mente un poco apurada. Puede que incluso se intensifique la sensación de presente. Hay algo de viciado en eso, en ser un yonki del presente. La idea da para pedalear un rato.

Pero hoy pesan en mí otras sensaciones. La noticia del día, la de la elección del nuevo director de informativos en la televisión pública. Un viejo conocido, Somoano, amigo de amigos, compañero incluso de fiestas universitarias. Un tipo de los de pararte a hablar, en caso de encuentro callejero o de evento social, como las pelis de los hermanos Ron. Soy uno de los 188 tuiteros a los que sigue en esa red social. Tan solo tres años mayor que yo, y ahora al frente de la información del ente público, sustituyendo a un tipo de curriculum impecable como es Fran Llorente. Sustituto también de Pepa Bueno como dador de las noticias de las nueve, en el que hasta ahora ha sido el informativo más prestigioso de RTVE, perlado de premios internacionales. 
No tengo ambición en ese sentido, pero he sentido un si es no es de algo parecido, remotamente, a lo que debe ser la envidia. Creo que la envidia brota cuando uno cree que hay algo de injusto en los triunfos del otro. "We Hate It When Our Friends Become Succesful', canta Morrissey,  tipo de éxito, tanto en su etapa al frente de The Smiths, como en solitario. 

Un día soñé que me hacían director de 'Público'. Que me llamaba el propio Iñaki Gabilondo, al móvil, para decírmelo. "Eduardo, enhorabuena. Tienes ahora una importante misión. Pensamos que eres la persona adecuada, estamos seguros de que estarás a la altura. Mucha suerte, compañero!". Me levanté como aliviado por no tener que lidiar con esa responsabilidad, esa cosa de dar charlas en universidades sobre el futuro del periodismo, uff, y atender mil y una llamadas de felicitación, mensajes, correos, cartas, regalos, peloteos varios. Notar el trato distinto en los demás, tras el nombramiento, mezcla de admiración, respeto y distancia. Formar parte los que cortan el bacalao, pero a los que no llaman para las fiestas canallas. Sentí alivio, pero también ese venenillo del poder, esa cosa de notar de pronto la veneración de todos y, más importante, la capacidad de influir en los demás, al menos en lo periodístico, a gran escala. 

No sé si ha sido ese resabio de envidieja, por la inevitable sensación de "hay gente que lo merece mas", lo que ha motivado mi actividad tuitera en el momento de conocer la noticia. Pero en vez de felicitarle por el notición, me he dedicado a manifestar mi opinión política del asunto. Mi descontento con una decisión que no me convence, por el olor a 'dedazo', por el trasvase del hacer mediático made in Telemadrid, y porque, seré sincero, no me han hablado bien profesionalmente, desde hace años, de Somoano. Excesivo amor por el ascenso y tendencia a acatar órdenes. Tiene ahora en su mano demostrar que los suspicaces estamos equivocados. El tiempo lo dirá. Veré el telediario con muchos ojos, a partir de ahora.

Esta tarde dormí una siesta. Tuve un sueño violento, en el que aparecía un viejo amigo, que hacía un poco de álter ego somoánico, los sueños son así. Cometía un robo en una tienda, y yo lo veía y, en un arranque extrañamente violento, yo me abalanzaba sobre él, garante de las justicias. En el lance, le jodía  un par de huesos, y yo me rompía el alma por haber puesto por encima la ley, la norma, lo correcto, antes que el aprecio a esa persona.

¿He hecho bien con esos tuits críticos, desagradables incluso? En la entrevista a Éric Reindhardt le pregunté si creía en la 'cohabitación' ideológica dentro la pareja. Bruni se hizo de derechas al casarse con Sarkozy, aunque en realidad lo era ya. Su presunto izquierdismo era pose más que nada. Me dijo el escritor que no creía en eso, al menos en las relaciones serias, largas, profundas. "Yo, al menos, no podría". "Yo tampoco", le contesté. Quizá sí cohabitar, compartir hábitat, como lo comparten los leones y las cebras. Pero convivir, compartir vida, si no es con sintonía, no sé, no lo veo. 

La sensación, desazonadora, de que en las relaciones, aunque sean solo cordiales, también hay que tomar partido, repudiando como repudia este náuGrafo la hipocresía.

28.6.12

Ft

Financial Times. The Financial Times. Ft. Este verano me voy a harta de leerlo, del 15 de julio al 15 de agosto, cuando supla a mi compañero Antonio, que es quien normalmente lee ese periódico, muy de par de mañana, en ese curro ganapán en que nos dejamos las neuronas. Ganapán, pero también una lucha diaria, face to face, con un idioma, el inglés. Nunca olvido un consejo, de los pocos que me dio, mi abuelo, el francés, un día de septiembre, año 2003 quizá, en Ascain, país vasco-francés, comiendo juntos. Se lo pregunté con ese interés que encierran las preguntas a los viejos. Andaba cerca de los ochenta, tenía perspectiva, juicio, experiencia. La pregunta fue: ¿Hay algo de lo que te arrepientas?

Esperaba una respuesta personal, tipo el poema de Borges aquel algo cursilongui de ver más amanecer y pasear con los pies desnudos por la arena de la orilla al amanecer. Pero lo que me dijo, lo que siempre echó de menos durante su vida, su gran 'regret', fue no haber sabido hablar inglés. "Aprende inglés", me soltó. "Deja de fumar", me recomendó mi padre una vez, y así lo hice, con el tiempo, un 1 de septiembre de 2002. "Tienes que abrirte más a los demás", me aconsejó una vez mi hermano mayor, hará mucho tiempo, bajo las arcadas de la Diputación Foral de Navarra. Y así lo hice, quizá pasándome incluso, con el consejo de mi hermano; el de mi padre lo seguí a rajatabla, y con el de mi abuelo estoy en ello. Cuidado con los consejos. Este es mi consejo de hoy, como decía aquel japonés entrañable de las tardes de 'Lo + Plus'. Cuidado con los consejos. En general, pasa olímpicamente de la mayoría, incluso de este. Pero haz caso, a pies juntillas, odio esa expresión, de algunos. Porque vienen revestidos de verdad, de una verdad hecha a tu medida, para ti. 

Desde hace dos años y 28 días, leo la prensa anglosajona durante tres horas, y la traduzco a velocidad de Induráin sobre la mítica Spada. Algo se me debe de haber quedado. Hace no mucho conocí a una chica inglesa. Hablamos y bebimos durante tres horas. A veces, me gusta jugar a las estadísticas fantasmas, e imagino tablas, fiebres y tartas sobre distintos aspectos de la vida, por ejemplo, la cantidad de palabras, la 'posesión del balón conversacional', que ha tenido cada cual. En aquel encuentro, creo que gocé de más del 50% de la palabra, the word, y eso me llenó de un gran orgullo y satisfacción borbónicos. Sin darme cuenta, empezaba a conquistar a aquel endemoniado idioma de Shekspir, mi abuelo podría sentirse orgulloso. De hecho, y me pongo una medallita, me dijo que mi inglés era "excellent", y que dónde lo había aprendido. Le dije que en realidad en ninguna parte, o un poco en todas, y me sentí bien por notar que todas esas pelis, libros, documentarys que conecto en YouTube mientras echo la siesta, para que sedimenten en el coco, iban surtiendo su efecto. ¿Puede haber algo más grande que el autodidactismo? Seguramente sí, pero ahí queda eso. Ojo.

Esta mañana, en que me concedí unas horas de asueto, mastiqué una cierta teoría del amor. Surgió en el momento en que entré en el H&M de Callao, el antiguo cine, para hacerme acopio de ropa interior masculina. Tenía que ver con aquella muchacha londinense, de la que no volví a saber, o de aquella francesa de la algo he hablado por aquí, y de cómo me estimulaba la idea de un 'algo', pero con mayúsculas, un ALGO, con esos perfiles internacionales. Quizá por haberlo visto en casa, ser hijo de dos nacionales distintas, quizá porque, y aquí llega la teoría, el amor debe de ser superación. Un caldo de cultivo para mejorar, para hacerte mejor, un cierto, oh, camino de perfección. No una balsa de aceite en la que instalarse de por vida, acomodado, a recibir caricias y alientos frescos. Tampoco una musa en la que recrear la mirada, ni solo una amiga, compañera de juegos y risiones varias. Un pasaporte hacia una versión mejorada de uno mismo. Una perfección más allá del contenido mismo, y no me refiero a casarte con el profesor Richard Vaughan. La perfección de la sencillez, como si dijéramos.

27.6.12

Fs

Acabo de escribir en Twitter que deberían inventar los pesos cerebrales, esas bolsitas de arena que ponen límite elevador a los globos aerostáticos, pero en versión mental. Como para aterrizar. Claro que la culpa es mía, por haberme tomado un café "suave " que, combinado con pocas horas de sueño y la leve resaca provocada por una caña doble, un mojito y un gin tonic de Tanqueray, me impiden concentrarme en mis 'affaires'. Moriré de vida social. Y hoy, y mañana, fútbol. Y recibir a amigos de los que hace poco te despediste, notar que cada día un día es un día, pero qué bien, la verdad, mientras se pueda, y ya dormiremos, descansaremos, estaremos tranquilos, mañana. 'Cuando ya esté tranquilo'. Tengo en mi móvil las fotos de unas páginas muy ilustrativas de este título de Eugenio D'Ors, que modificado, me ha servido para bautizar a mi último libro de diarios. Dar unidad a un producto tan escurridizo como unos diarios es jarto complicado, y creo que lo he logrado. Ahora toca corregirlo y buscar editor.

Necesidad de vacaciones y de esa expresión tan manida, tan topiquera, que es desconectar, pero que ahora mismo cobra más actualidad que nunca, un sentido tan literal que da miedo. Desconectar móvil, WhatsApp, Facebook, Twitter, Instagram, e-mail, blog. Será una desconexión deseada pero también forzada, porque en la Unión Europea de la moneda única, cruzar la frontera significa pagar una tarifas insultantes por el 'roaming'. Será tal la desconexión, que hasta este Macropost quedará interruptus, contraviniendo los sacrosantos estatutos firmados por mí en el aire. 

Las vacaciones, en Francia, me lo contó mi abuelo en agosto de 2006, se formalizaron en 1936. Congés payés. Voy a tener 15 días, dos semanas sin madrugar. A la vuelta, tendré que trabajar más, porque este año no tenemos refuerzo, en la oficina en la que me dejo las neuronas de par de mañana, con la prensa internacional. Recortes en organismos públicos, así que nada de apoyo veraniego. Un ahorro de, no sé, 800 euros, para que mi compañero y yo podamos irnos de vacaciones y que el chiringuito no quede cojo, que se traducirá en media hora más de curro cada día. Una medida que me afecta, pero vamos, tampoco me hunde. Peor lo tienen los camareros que se quedan sin metro, y cuyas conexiones en autobús no ayudan, y tendrán que depender de taxis para volver a su casa. Hoy leí el caso de un tal Salustio, que curra seis días por semana o solo libra los martes. La mayoría de los camareros de Estepaís trabaja seis días a la semana, librando los días más sosos de la semana, por sueldos que no van mucho más allá de los mil euros. Recuerdo un camarero en La Habana, en el bar El Mundo (que sale por cierto en 'Animal tropical', de Pedro Juan Gutiérrez), que me contaba que trabajaba dos días seguidos, incluso 12 horas, pero que luego libraba otro, entero. "A mí la revolusión me lo ha dao todo", me dijo, después de endosarme unos puros que parecían cartuchos de dinamita, por cuatro perros. 

Tengo un libro de mis andanzas cubanas, de mis impresiones con un sistema que, al menos durante dos semanas en las que tuve ocasión de conocerlo, no me convenció. Al revés. Aquello era el imperio de la desidia, del no-futuro, de la incapacidad de ser nunca un hombre, mujer, de bien. Siempre una ridícula hormiguita al servicio de una jerarquía opresora y en la parra. Un sistema alienante, que fuerza a heroicas y arriesgadas disidencias, a deshonrosos y trágicos exilios, pero que a veces me parece menos cruel que los seis días de siete de Salustio. 


26.6.12

Fr

Basta que te eches un rato, a una hora anormal, para recuperar las horas que el yonkismo social en el que pareces andar metido, para que se produzca una sinfonía de llamadas, wasaps y mensajeros varios que te reviente el descanso. Me sorprendí a mismo saliendo abrir a pecho descubierto, en plan tercer mundo, y firmando el albarán de tal guisa, mientras salía una vecina, nada guapa, a ver qué se estaba cociendo. Libros. Uno de ellos 'El libro de los veranos', de una tal Emylia Hall (Emiliana Vestíbulo en España), del que en la editorial están insistiendo mucho en que hagamos algo. Ha sido un fenómeno en Reino Unido, traducido a 14 lenguas, ahora quieren que lo sea aquí también. Me gusta el título. El libro de los veranos. Basta que algo incluya la palabra 'verano' para que me parezca evocador. 'Verano del 42'. 'Verano', de Coetzee, que va de todo menos de veranos, pero qué evocadora, señores, esa portada con la 'pick up' perdida en un paraje nadista de Sudáfrica. Leí ese libro justo hace dos años. Hay libros que caen en nuestras manos, en nuestras vidas, en el momento más oportuno. Ese lo hizo. Lo leí justo cuando empezaba el verano, como ahora, esa época en que sentimos como un vértigo de vida, entre excitante y casi acojonador. "La inminencia del verano como algo más intenso que el verano mismo", leí hace poco en un librito de María Francisco Ruano. 

Esta mañana me pararon los de la tele. Me fijé en una tipa en la que era imposible no fijarse. Infinitas piernas desnudas cubiertas tan solo con un short de los que se llevan ahora y rostro angelical. Más alta que yo, belleza televisiva. A su lado, de belleza más modesta, la productora, a la que conozco de una incursión mía reciente en el mundo de los concursos. Me pidió si quería prestarme a decir ante la cámara que yo vivía en el barrio, y que era vecino de X, la pija X, la hija de don Borjamari y doña Pochola de las Mercedes. Y, joder, no me lo pensé, y dije que sí a todo, y sin darme cuenta me vi con la piboncia en el mismo plano, frame, que yo, contestando sobre si X, la pija X, la hijísima X, bajaba la basura ella misma, si montaba muchas fiestas, si hacía cosas que los tabiques no deberían filtrar. Y yo diciendo que era muy buena vecina de un barrio en el que yo no vivo, pero que no me invitaba a sus fiestas y que "se hacía la sueca" cuando me veía por la calle. ¿Y qué es hacerse el sueco? Pues, eso, la despistada. Y que alguna vez la había visto en el Palacio del Jamón, porque la aristocracia también es amiga de juntarse con el pueblo. 

Segundos después mi intervención, por la calle del Arenal, me maldecía a mí mismo por mi falta de determinación. ¿Cómo había entrado en ese trapo? ¿Por qué me había prestado a semejante pantomima? ¿Por qué todas esas mentiras sobre la citada X? Me acordé de una entrevista que le hice hace poco a Pedro Sorela, en que me contaba que trabajó una breve temporada para el mundo rosa, y que aquello no era sino invención pura y dura, mentira como herramienta rutinaria de trabajo. Lo que ya sabemos, sí. Pero de verdad. Mentira de verdad.

Huelga decir que impregné todas mis declaraciones de un cachondeíto quizá no muy verosímil, como consciente de la gran broma que era todo, de la gran broma en que vivimos. Sí, puede que por eso accediera. También porque, así es la conducta humana, y no trato de justificarme, o quizá sí, pesaron más en mí más las ganas de hacerle el favor a la productora conocida, y las de enfrentarme a una cámara, que es algo que me da cierto morbo, que la de la ética. 
Me decía una amiga este domingo, con algo de guasa, que en ella pesa más la estética que la ética, y que por eso le gustaban los toros. En mi caso, creo que hay un empate técnico, y la ética gana en los penaltis. Aunque no descarto que la estética le gane la partida por un rato a la ética, y me deje caer por una corrida durante los próximos festejos sanfermineros. Ay, no, no sé. ¡Coherencia, ven a mí! ¡Imponte, coño!

Tal día como hoy, 26 de junio, hace cuarenta años, se inauguraban los Encuentros de Pamplona 1972. Qué pena que aquello no hubiera permanecido en el tiempo. Al menos como cita bienal, quinquenal, decanal. Un evento que se repita cada diez años. En Canarias, hay muchas fiestas patronales que solo se celebran cada cinco años. Romerías. Creo que por una cuestión de pasta, los recortes no son cosa de ahora. Me hubiera gustado participar de esa explosión del verano, de ese vértigo de vida, asistiendo a un concierto de Steve Reich, en una Pamplona experimental e imposible. 




25.6.12

Fq

Creo que tengo oficinifobia. Lo digo minutos después de haber firmado un contrato de verano en un espacio de co-working, que es lo más parecido a una oficina, aunque tenga columnas art-decó y pizarras buenrrollistas. Pero el trabajo no siempre es buenrrollista. Se ve en los rostros de la gente, a menudo serios, en las antípodas de la laxitud del fin de semana, pinzados, preocupados, ¿oprimidos? La idea de un tipo tan oprimido por el Estado que acaba tirándose por el puente. La cuota de autónomos, de basuras, del IBI, el alquiler, las facturas, la conexión a internet más cara de Europa, los regalos de boda a las que no se atreve a decir que no, la falta de seriedad de sus pocos pagadores. La opresión que crece y es ya imposible darle al Reset o empezar de nuevo, por estar ya entrampado hasta las trancas. 

Siento que la gente saca lo peor de sí, en las oficinas, en las redacciones, en los despachos. Se nota el miedo. Un miedo a no sé qué. A no estar a la altura, a ser menos que el otro, a la humillación del jefe, a hacerlo mal, a fallar a los demás, a sí mismo. La ansiedad, la tensión, flota en el ambiente, y se van generando úlceras insidiosas, llagas en las bocas, afecciones en la piel, que los doctores achacan siempre a estrés, en ese diagnóstico tan plurivalente como acertado. 

El ser humano deja de ser él para convertirse en otra cosa, cuando trabaja. Una versión forzada pero temblorosa de sí misma. Animalito frágil, que sin embargo muestra una fachada endurecida, presta a soltar una respuesta cortante si es preciso. He visto una hostilidad reinante en muchos de los ambientes de trabajo en los que he pasado, que han ido sedimentando en mí el deseo de montármelo por mi cuenta, el rechazo a esas jaulas de leones laborales de los que se diría que solo se levantan de la cama con el objetivo de menguar un poco la angustia del día anterior. Y así uno y otro día, hasta que llegan las vacaciones como agua de mayo, aunque estas son siempre cortas y hay que volver, y en cuanto se ha alcanzado la famosa desconexión llegan los negros nubarrones de la proximidad del GRAN LUNES, el de enfrentarse a esos compañeros, apocados como tú que, como el dinosaurio de Monterroso, aún siguen ahí. 

Nuevas jornadas en las que uno sabe cuando entra pero no cuándo sale, rodeado del ridículo material de oficina, prolongación adulta de los estuches y gomas Milán del colegio. Hay algo de ridículo, en hombres de cierta edad y posición, en lo de regirse por unos horarios, en seguir todos los días el mismo recorrido, en todo ese contexto de papelería que son los despachos. Don Drapper, ese gran Tipo B, tiene algo de ridículo encerrado en una sala de reuniones, con una carpetita en la mano.

Formas de trabajo... ¿del pasado? Me reúno de gente que trabaja, pero conservo mi capacidad de transgresión, mi salto por encima de la rueda de molino. Un salto acrobático, esteta, rebelde, del que puedo salir malferido, tullido, cojitranco.

24.6.12

Fp

La literatura como actividad que le robas al tiempo. Lo decía Antonio Orejudo no sé dónde. Profesor universitario, articulista, dador de charlas y demás. Queda poco tiempo para escribir, y cuando se escribe, se exprime ese tiempo. Recuerdo también algo que decía Fernando Aramburu, profesor de instituto en un pueblo cerca de Hannover, Alemania. Que escribía en la franja de tiempo, una hora y tres cuartos, que tenía entre que terminaba las clases e iba a recoger a sus hijos al cole. Algo así. Creo que es estimulante esa escritura contrarreloj. Así he escrito yo últimamente casi todas mis cosas. Temo que quizá, ay, con demasiada celeridad. 

La idea de un tipo que muera de vida social. Junco de planes varios en los que se ve inserto, como preso de una corriente superior a él, que espera algún día poder controlar, aunque para ello necesite edificar un gran muro de contención. Una presa, dique, muralla, fortificación, baluarte, fortaleza, atalaya. O pirarse a Soria, a Quincoño del Real, dó vivirá plácidamente pero con el runrún de que le falta algo, de que echa de menos algo, esa vida un poco contrarreloj, exprimida, de tuercas forzadas. Esa vida que sabe que a largo plazo no le conviene, que hay que saber parar, aspirar un ritmo calmo, equilibrado, sostenible. Una vida renovable. Hemos vivido, y seguimos viviendo, una existencia propulsada por combustibles fósiles. El siglo XXI va a ser el siglo 'low cost'. Acabo de leer que el dueño de 100 Montaditos va a abrir una nueva franquicia basada en la gastronomía tradicional, pero todo 'low cost'. Lo hiperlocal y lo barato, tendencias por venir. 

Lo social. La noche de ayer dio lo suyo. Pero noto que todo lo presente se archiva, zas, en una carpeta distinta a las cosas que voy contando por aquí. Escribir es descomprimir un archivo ZIP, dice Iñaki Uriarte en sus diarios. Escribir es ir soltando lo que uno ha ido registrando, almacenando, en la particular despensa del material literario. Y hay que ir soltando todo eso, claro. Tengo varias novelas en la cabeza, y me pesan, amigos, me pesan. Me gustaría sacarlas para ir ligero de equipaje mental, pero ahí viajan conmigo, como la chepa de un jiboso resignado. Aunque chepa fértil, entiendo.


Prefiero escribir ahora de lo minúsculo. De la planta de albahaca que compré por 2,8 euros y que me hace compañía. Es un ser vivo silencioso, pero al que trato con completa dignidad. La pongo al sol, la saco del sol, la riego, es la representación en mi casa de toda vida que no soy yo. Echo de menos alguna cucaracha que tenga a bien honrarme con una visita de medianoche. Lo minúsculo. Y la selección natural de las bolas de pimienta. Tengo un pequeño frasco de pimienta entera, con unos agujeritos que filtran el paso de las mismas. Uno agita y caen, una, dos, tres. Es un curioso Paso del Estrecho, porque hay que insistir hasta que salgan. La selección natural ha hecho que en este caso sobrevivan las más gordas. He descubierto no sin asombro el hecho, completamente lógico, de que las diez o doce que quedaban en el frasquito era más gruesas que el orificio. No saldrán jamás. ¿Qué quiero decir con esto? Podría soltar aquella máxima de Caspar David Friedrich de "Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena", y cambiar arena por pimienta. Y así lo haré: 



"Lo divino está en todas partes, incluso en un grano (demasiado grueso) de pimienta".

23.6.12

Fo

Dario Fo. ¿Sigue vivo Dario (sin acento, en italia no se ponen) Fo? Apenas he leído nada de él, y su nombre me trae un recuerdo agridulce. El de un regalo de cumpleaños que una exnovia me hizo, cuando ya no eramos novios. Fue un gesto amable, pero lo que se dice agridulce, regalos extemporáneos. Me he ido acostumbrado a los cumpleaños sin novia. Se siente uno especialmente homenajeado si ese día tiene novia. Aunque también, si la tiene y las cosas no van especialmente bien, todo se tiñe de una negrura especial, como si un pulpo se colara en la velada para pringar todo de una melancólica tinta. 

Este año me felicitaron más de 200 personas en una famosa red social. Después, cené con mi hermano y tres amigos, tres. Lo local y lo universal. Hay que ser ciudadano del mundo, pero también tener equipo de fútbol en Segunda y conocer recetas de tu abuela. Hay que tener millones de amigos, pero también tres o cuatro buenos. Me regalaron un curso de cocina japonesa caliente. El jueves 27 recibiré, durante dos o tres horas, lecciones de cocina japonesa caliente. El otro día puse un tuit que decía algo así: "Comienzo de relato: le regalaron una caja-regalo de 'Vive una experiencia emocionante'". No sé si lo del tema japonés me deparará grandes emociones, a no ser que me corte el dedo con un cuchillo, pero me hace gracia verme en una salsa en la que no habría caído de no ser por la acción de los demás. ¿Dónde os conocisteis? En un curso de cocina japonesa caliente. Me sorprendió lo bien que preparó el teriyaki. 


Lo woodyallenesco.

El jueves me reencontré con un amigo del cole. Envejecer es recuperar amigos de la infancia, puse también. Los amigos de la infancia tiene un valor extra por eso que comentábamos por aquí. De pronto, nos hace ilusión tomar cervezas con alguien que fue testigo de los años bañados por el sol de la infancia, que diría algo cursimente Albert Camus. Recordamos anécdotas y nombres que no sabía que mi memoria almacenaba por algún lado, pero así era. El cabrón sacó a colación una más bien lamentable, protagonizada por mí. La de un mocardo de tamaño sideral que extraí de mis napias previa instalación de un artilugio fallido, ideado para ganar una discreción que no logré. A saber, el libro de 'Grammaire française' que coloqué frente a mí, mientras urgaba en mi repleta de mucosidades nariz, pero que dejaba al descubierto la visión lateral. Me cazaron con todo el carrito del helao. Curioso tener una anécdota como congelada en el ámbar de los recuerdos, y de pronto, zas, rescatarla, sacarla con delectación, como el moco citado, y visualizarla como si hubiera ocurrido ayer y no hace veinte años. 

Pude haber formado parte de ese grupo, pero no lo hice. Eran jóvenes, pero bastante malotes. Demasiado para mí. Preferí una vida tranquila, de cuarentón sin haber llegado a los veinte. ¿Cómo hubiera sido de haber optado por el lado salvaje de la vida, entonces? Tengo que agenciarme esa novela, 'Cendrillon', del amigo y alter ego en cierta manera, Éric Reindhardt.



22.6.12

Me pone Javier Serrano esto en un comentario a una entrada anterior, la Fn, en Facebook:



"Es preciso contar un presente, ¿comprenden? No solo con un instante perdido del que alimentarse el resto de la vida". (Extraído de 'Kallocaína', Karin Boye.)



Por supuesto. Tiene razón. La imagen de ese, yo que sé, cineasta que una vez ganó un Goya pero que luego entró en una crisis personal y vital y se aferra a ese recuerdo como tabla de salvación, y poco más, desde su sofá cuarteado del barrio de Prosperidad, maldito nombre. 

Pero es bueno mirar atrás, para salir un poco del personaje que la vida ha ido creando en torno a nosotros. Esa hiedra trepadora que va generando una tupida capa alrededor de nuestra identidad, sepultando ciertas partes de nosotros. Ayer, en la entrevista con Éric Reinhardt, me habló de su anterior libro, 'Cendrillon', que luego me recomendó, en un aparte, en plan 'te va a gustar'. Y lo conseguiré, a fe, después de escribir este post, vía Amazon, y lo leeré, en francés porque no está traducido. ¿Por qué no intentar traducirlo? ¿Se puede traducir un libro y luego intentar venderlo a una editorial? El mundo de la traducción literaria está jodido, me lo dijo el otro día una tipa, precisamente francesa, en 'speed meeting' de los co-workers de Utopic_us, donde ahora me dejo caer, en mi lucha diaria contra la procrastinación. Progreso adecuadamente. 

'Cendrillon' es un ejercicio de autoficción con cuatro personajes, uno con el nombre del propio autor, Éric Reindhart, con el que por cierto me sentí bastante identificado, ayer. Hasta físicamente: nariz generosa, ojos claros, delgadez. El prota es escritor, y acaba siéndolo. Pero a los otros Érics, el azar les conduce por otros derroteros, y acaban erigiendo otro tipo de vidas, de profesiones. 

Esta mañana, me mesé la barba del mentón, y aprecié que, efectivamente, aquello podía considerarse barba. Recuerdo un viaje en tren, de niño, verano, de Pamplona a Reus, destino Salou. Empezaba a leer, con aquellos libros naranjas de Alfaguara que nos regaló la tia Te. La alocada tía Te, siempre con sus anarquías, resulta que contribuyó como nadie a nuestra educación, con esa colección que nos regalaba por etapas. Gracias. En uno de esos libros, salía un personaje que hablaba a menudo de su fina barba, y de cómo le gustaba mesársela. De mayor quiero tener barba, me dije. Era un yo tendente a las aventurillas, contrario quizá al estereotipo que los otros y yo mismo hemos ido construyendo sobre mí. 

Una tarde, en 6º de EGB, la profesora de Religión nos pidió que nos describiéramos brevemente, para conocernos mejor. Dije que me gustaba "leer, el mar y la aventura". Me avergüenzo completamente al recordar aquella solemne descripción de mi persona. De hecho, cuando la solté, se oyó un "guaoo" de alguna compañera. Vaya gallito.

Pero ese era yo también, y me gusta re-volver a hitos remotos de mi biografía para recomponer la ruta. Hay que mirar atrás, sí, instalados en el presente. Porque presente hay, vaya que sí. Pero la literatura cobra sentido hablando del pasado. Los diarios literarios, que me gustan, no dejan de ser obras quizá menores por esa dimensión pegada a lo cotidiano. La literatura se despliega en todo su esplendor cuando hunde sus raíces en la memoria.

Me interesa el futuro, el presente. El futuro surge de ambos, no le hago caso, no existe para mí, se hace al andar.


21.6.12

Fn

Vivo estos días con el retrovisor puesto, aunque solo lo miro a ratos. Y son ratos que me gustan, como si estuviera viviendo el aniversario de una efeméride propia. Siempre he pensado un hombre, una persona, tiene que tener su propia cultura: sus hitos, su folclore, su gastronomía, un lenguaje característico,  incluso unos cuadros propios. Un kitsch kunderiano personal e intrasferible, vaya. Y que al unirse con otra persona, esa cultura individual devenga algo más grande, social, incluso. En un país de dos. 

Celebramos fiestas de santos que ni siquiera sabemos dónde nacieron, qué hicieron, cómo se ganaron su santidad. ¿Por qué no celebrar, rememorar, las experiencias gratas del pasado? Me veo ahora como el último flâneur, el que fui en esos días de junio de hace justo un año, animado por el descubrimiento de X, pero también algo cansado de deambulajes demasiado trillados en solitario. París, incluso. En esa ciudad, verano del 99, ejercí de flâneur, libreta en mano, sin saber que existía esa etiqueta y sin conocer toda la literatura en la que luego he buceado, la del paisaje urbano, las ciudades, la memoria, la de una cierta melancolía. La del paseo y la observación. 

La del El robinson urbano de Muñoz Molina, que leí con avidez en julio de 2004, y que luego dio nombre a mi novela fallida, titulada en plan remedo como El náufrago cosmopolita. De ahí viene, un poco, todo. 

Ayer estuve en mi antigua casa, la de la calle San Lorenzo, para recoger unos libros que no pude llevarme en un primer momento. Algunos de ellos firmados, como los de Miguel Veyrat que con suma amabilidad me envió a finales de 2008. Entre ellos, también, despreciado en un primer momento, Fenêtres de Manhattan, del citado Muñoz Molina, que compré en esa enorme librería que es Gibert Jeune, en la plaza Saint-Michel, dentro del meollo de Saint-Germain-des-Près. Me apetecía leer en francés, porque entonces me apetecía todo lo francés, construir, cultivar, ese otro yo mío, descuidado quizá demasiados años. Lo compré con la excitación con que se compran los libros sobre el lugar en el que, previsiblemente, seremos felices: en apenas dos semanas me iba con dos buenos amigos a Nueva York. 

El libro, claro, viajó de París a Nueva York, y luego lo seguí leyendo en Madrid. Los tres escenarios de mi última novela, y pienso ahora que este libro tiene mucho valor dentro de mi particular museo de las efemérides íntimas. Hice bien en rescatarlo, ayer. Y, hoy, cuando pensaba en todas historias personalísimas, caí en la cuenta de que lo debía de haber comprado justo hacía un año. Lo abrí con la esperanza de encontrar mi propia firma, y ahí estaba, como recién salida de una larga y solitaria hibernación. 




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20.6.12

Fm

Me noto algo más plano, lo dije hace algunas entradas, y quizá no sea mal asunto. Vivir un poco más por encima de las cosas. Quizá sea una especie de descanso mental tras un año bastante cargado de emociones. Hace hoy, precisamente, un año de aquella primera cena con X, en aquella plazoleta parisina, el primero de los dos días que duró aquella breve historia de amor. Días que viví sabiendo que siempre los recordaría, días en los que escuchaba machaconamente a Ron Sexsmith, su 'Late Bloomer', con la certeza de que estaba fijando así la banda sonora de ese capítulo. Días, historias, que cuentan, sobre todo para aquellos a los que nos gusta releer de vez en cuando ciertos episodios de nuestra novela-vida. Releerlos, e incluso recrearlos por escrito. Para vivirlos otra vez, y para descubrir con la escritura nuevos aspectos que pasaron inadvertidos entonces. 

Quizá pese en mí el 'efecto junio' o que hago menos incursiones en aguas melancólicas, de las que siempre se suele sacar algo. Me dijo Trapiello una tarde, en El Escorial, que necesitaba una "moderada melancolía" para escribir. Quizá la melancolía sea la gasolina del escritor. Extraña el necesitar estar algo triste para poder escribir. ¿Y si te alegras de estar triste porque así escribirás mejor? ¿Se jode entonces el asunto? 

Pero pasa que, a pesar de ciertas turbulencias de tipo digamos financiero, hay cosas que se van fijando, y quedan atrás tribulaciones del pasado. La sensación de haber ganado en seguridad por el camino propio y, como leí en Twitter, disfrutar del trayecto que nos lleva hasta conseguir lo que deseamos. ¿Cómo era? La clave es ser feliz con lo que tenemos hasta que logramos lo que deseamos. Buena mierda, filosofía barata de calité. Tengo un garrafón post-33 cumpleaños encima que me nubla el pensamiento. He terminado dos proyectos literarios nuevos, y he culminado con dignidad el proceso de publicación de 'Luz de noviembre, por la tarde'. La nave va. 

En tiempos de zozobra generalizada, me brota un considerable optimismo y de pronto nace hoy la idea de pasar una temporada en Berlín. Otoño en Berlín. En octubre, toca mudanza. El amigo que me alquila el piso vuelve de su particular otoño en Berlín, y me fuerza a un nuevo cambio de coordenadas. El cambio es estar de vacaciones, leí una vez. Quizá por eso mi estado anímico al alza, que me hace quizá vivir más plano, pero también más ligero, más despreocupado; por otra parte pienso que me lo merezco. 

Mañana entrevisto a Éric Reinhardt, que publica en Alfaguara un 'thriller romántico', 'El sistema Victoria'. He subrayado con cierto énfasis, mientras sorbía un granizado de piña, las siguientes líneas: 

Me gusta mi vida por el sueño del que está impregnada, de que algo va muy pronto a desplazarla, una mujer, un milagro, un encuentro, una inaudita proposición profesional, un acontecimiento o una idea genial que germine en mi cerebro. Es este sueño lo que me gusta cuando me gusta mi vida.

19.6.12

Fl

Hoy me encontré con un dilema no sé si filosófico, lógico, tautológico, o qué diantre, mientras escribía un reportaje. Un dilema que tiene que ver con el periodismo y la verdad. Momentos antes, chateaba con una amiga sobre la belleza y la verdad (procrastinación de altura, oiga), elementos para ella que son los que constituyen el arte, y no otros. Una verdad que está por encima de la verdad periodística. La verdad literaria, que es de otro tipo, decía Julio Llamazares, una tarde de febrero de 2011 en que me pasé por su casa a entrevistarle. He entrevistado a poca gente en su casa, los cuento con los dedos de las manos, uno de ellos, histórico: Santiago Carrillo. Fecha: 17 de abril de 2010. Creo que quedamos a las seis. Apareció, teatral, cigarrillo en mano.

Decía que me vino como un dilema, en la redacción de un reportaje sobre lo complicado que está editar en papel de toda la vida, por lo que se da un trasvase cada vez más numeroso hacia las plataformas de edición en internet, donde todo el mundo cabe, véase Amazon sobre todo. En mi párrafo periodístico recordaba, con   ese modo de pensar algo facilongo con el que pensamos los periodistas cuando nos ponemos en plan periodista, que se publican más libros que nunca al año, en España. (En Francia, según Gonzalo Garrido y sus fuentes, se publica la mitad que aquí y se lee el doble, ojo) Total, que como se publica tanto, la cosa está más difícil que nunca. Extraño razonamiento al que se le puede dar la vuelta cual calcetín, porque si se publica tanto, será porque es más fácil que nunca. 

La verdad. En cualquier parte, menos en los periódicos. La verdad periodística, vale, pero La Verdad CON MAYÚSCULAS, mmm, no, no está ahí. ¿Pero esa existe? Sí. ¿Cómo lo sabes? No lo sé, pero lo sé.

18.6.12

Fk

El estilo de vida da el estilo (literario), puse el otro día en Twitter. La literatura como papel cebolla del tipo de vida que llevaba el autor de esas páginas, cuando las escribió. En mi novela recién terminada hay tres partes, y cada una está escrita  bajo un estilo de vida distinto, de mayor a menor estrés. Es curiosa esa novela, de corte autobiográfico, porque se empezó a escribir, el relato, sin que la historia, las cosas que pasan, hubieran sucedido todavía. Como si fuera un diario, pero algo más. Bastante más, porque el escrito tiene forma y vocación de novela. Se escribió porque tenía que escribirse y, aunque muchos de los acontecimientos no se hubieran producido cuando empecé a redactarla (hace un año y un día, el día de mi 32 cumpleaños, en un restaurante japonés de París, cerca de la Gare de Lyon), sabía que se acabarían produciendo. Sabía, de alguna manera, que esa novela se iría haciendo sola, sobre la marcha, conforme fuera viviendo la vida que luego conformaría esas páginas. Sabía que pasarían cosas, y que se irían colando en la novela. Surgirían las páginas de una novela de aprendizaje, de madurez, bildüngsroman, en la que embarqué. Porque si vives la vida como una novela, al final te sale una novela, cuando escribes sobre tu  propia vida. 

Y no porque haya un afán novelesco, sino porque la vida en sí tiene muchos elementos de novela, y los conflictos, las dudas, el paso de un tramo de edad a otro, aparece solo. No hace falta embarcarse en grandes aventuras para vivir una vida novelesca; para escribir sobre la vejez basta con hacerse viejo. No he leído 'Todos los nombres', de Saramago, muerto por cierto hoy hace dos años, pero me suena que va de un funcionario que colecciona nombres. No son las cosas, sino cómo las vemos. A más acción en un libro, menos capacidad del tipo de extraer matices de la realidad. 

En esa novela, hay tres partes, París, Nueva York y Madrid, y cada una tiene su ritmo literario distinto porque en cada etapa viví bajo un ritmo vital distinto. De más estrés a menos, como digo. Y en los diarios que finalicé el pasado 30 de abril sucede algo parecido. Están escritos con medio cerebro, con pocas horas de sueño, al terminar el día. Lo que sale de ahí es un estilo directo, sin depurar, pero también honesto, creo, y fruto del espíritu, y fuerzas físicas, con que cada día abordé el folio en blanco. Es un diario escrito en una época determinada, veloz, a pesar de ciertas horas estáticas.

Espero no renegar de ellos cuando me enfrente, este verano, a la fase de revisión. 

Ahora, por ejemplo, noto los efectos de un café descafeinado que se une al cafe-inado que tomé este mañana. Ha caído en un organismo que ha comido frugalmente una ensalada de lechuga, tomate, cebolla frita con mostaza y miel y tacos de pavo, un cono pequeño de chocolate de postre y agua con Pulco de limón como única bebida. La sensación de ligereza, de cuerpo que se retrae en lugar de expandirse, de viajar ligero de equipaje, de agilidad, de salud incluso. La idea de optar por una alimentación alejada de los excesos de Occidente, o al menos coquetear con ella. Escapar de la molicie, buscar la esbeltez, gotiquificarnos, perseguir el sol, como las plantas, ganar terreno al cielo, como las catedrales, viajar por los estilos de vida, porque en ellos encontramos distintos estilos, literarios, vitales, que van conformando el propio.

17.6.12

Fj

Mientras espero que se asen unas alitas de pollo al limón, escribo estas líneas. Escucho a Paul McCartney, en ese glorioso disco que es 'Chaos and creation in the backyard', que descubrí en el verano de 2006. Me hizo compañía en ratos de soledad y desamor en la habitación donde me hospedaba en los cursos de verano de El Escorial, y en la silenciosa soledad de los días de fin de verano, en San Juan de Luz. La soledad como algo pleno, tiene su morbo. 

Este lunes, 18 de junio, Paul cumplirá 70 años. Un día después, el 19, cumpliré 33. Me gusta haber descubierto la idea de que comparto algo con el exBeatle, aparte de ser coetáneo suyo. Con una diferencia de 24 horas, compartimos desde siempre la pequeña excitación que precede a todo cumpleaños. Sé que ahora mismo, cuando escribo esto, estará pensando en la inminencia del cambio de década, de dígito, del seis al siete, y quién lo iba a decir, cuando se ponía hasta el culo de anfetas en los conciertos sin fin de Hamburgo, hace medio siglo. Se puede ser estrella del rock y morir viejo. Los grandes nunca mueren, como Pete Seeger, 93 años ya, un tipo, según he leído esta mañana en Babelia, que nunca le dio al alcohol, al tabaco, ni a las otras drogas. Paul reconoció hace poco, en la Rolling Stone, que le ha dado al porro a base de bien. La capacidad de crear una visión túnel que da el cannabis entiendo que pueda ser útil para el compositor. No tanto para el escritor, que más que una visión túnel necesita una visión horizontal, paisajística, expansiva, amplia. Horizonte viene de horizontal. ¿Vértigo de vertical? 

He paseado bastante este fin de semana. He descubierto un nuevo tipo de agujetas, que he venido a llamar 'agujetas urbanas'. Me ha dado por prescindir de escaleras mecánicas y andar rápido:. Resultado: un cansancio insólito que se nota sobre todo al levantarse. Pesazón, digamos, en las extremidades inferiores, comúnmente conocidas como piernas. He visto a amigos este fin de semana, pero he intentado dosificar la vida social. Pensaba, en uno de estos paseos, que a veces uno se cansa de uno mismo, pero también se puede cansar de los demás. No por nada, sino que todo debe ser dosificado, incluso el trato con los otros. ¿Por qué? Porque limitan la convivencia con uno mismo. Y, cual mujer exigente, ese Unomismo de pronto solicita atenciones, tiempo, que le escuchen. 

Entra uno en conflicto cuando tiene que decir NO a los demás, para estar con Unomismo, y a menudo no se entiende que también Unomismo necesita cuidados, como digo. Hay que regar un poco al bluebird de Bukowski, que nada tiene que ver con el de Twitter. Y notar cómo el cerebro se va reordenando, lejos de ciertos barullos sociales con su dosis etílica que nos alimentan y confunden a partes iguales. Ya digo, uno puede quedar a veces de mal amigo, pero el verdadero amigo debe saber que "cada uno es como es", por usar esa delicada frase a la que hemos decidido, yo al menos, darle una segunda oportunidad. 

En uno de esos paseos, dos descubrimientos que me reconcilian con Madrid. Una plaza-solar-huerta promovida por el colectivo BAH! (Bajo el Asfalto las Huertas!), en la calle Doctor Fourquet, de Lavapiés. El otro, el parque anexo a la iglesia de San Francisco el Grande, considerada en su día la catedral de Madrid. Aspecto como romano, pero también bizantino, ampuloso, voluptuoso. Con sol. 

Suelo pasear donde me lleva el sol. Me gusta. Esta tarde, pensaba un poco en este post. En algo que comenté el otro día, sobre la necesidad de gustarse a uno mismo. Cuando me noto despierto, recurrente, imagino, receptivo ante el mundo, me gusto. Y doy cuenta por aquí. Por eso me dan un poco igual, decía el otro día, los comentarios o el número de visitas que tenga el blog. Sigo escribiendo aquí, desde hace casi ocho años, porque haciéndolo me gusto un poco más. No es cuestión de narcisismo. Es algo más complejo. Como un maquillaje del alma.

16.6.12

Fi

Hoy voy a hacer trampa en el Macropost, y voy a colocar un post de hace tres años, tal Bloomsday como hoy. Se puede leer aquí, y también en el copipega que viene a continuación: 

Me jode que justo haya caído Bloomsday, y la iniciativa de Portnoy, en uno de los días más anodinos que recuerde. Un día anti-novela río, un día sin grandes sentimientos de nada, hiperestesias siquiera fugaces, pequeños delirios de grandeza, minúsculos arrobos de cambiar el mundo, a poder ser a mejor. Una pena que no hubiera caído en el día de mañana, en que tomaré un tren destino Pamplona para ejercer de miembro del jurado de, ojo, el I Certamen Internacional de Microrrelatos de San Fermín. Leeré antes muchos microrrelatos, asistiré al acto y hablaré un poco en público, daré mi opinión sobre esas perlitas literarias y participaré, más o menos activamente, en esa tanganilla literaria tan simpática.

Mi día empezó de arriba a abajo, poniendo los pies en la tierra, como todos los días. Bajé, pues, la escalera que va de mi mezzanine al duro suelo y puse antes mis picantes en la báscula: 76 kilogramos. Vaya, había bajado la barrera psicológica de los 75, pero se ve que por poco tiempo. Trabajé en una entrevista al editor Jorge Herralde durante la mañana y apenas mantuve contacto oral con nadie. Todo el día, como a la postre fue, tenía las trazas de uno de esos mute daysque acaban atorando un poco. Barajé la idea de ponerme a hacer un montón de cosas solamente para contarlo, vivir para contarlo, para contarla, pero me pareció ridículo y me dio pereza. Coño, no pasa nada por estar un día sin relacionarse con nadie. Leopold Bloom, Joyce, Italo Svevo, Zeno con su conciencia, también lo harían de vez en cuando.

Mantuve una conversación por chat con Jordi S. en la que me propuso hacer un programa culinario emitido por YouTube en que las materias primas serían libros. "Hoy freiremos un poco de postales del náufrago digital, que acompañaremos con unas virutillas de Los confines, bajo un lecho de Melocotones helados aderezado con unas páginas ahumadas de Nocilla experience, con coulis de El talento de los demás". La idea, como generador de polémicas literarias estériles y granjeadora de nada bueno, me ha parecido curiosona.

A esa hora muerta entre el desayuno y la hora de comer me ha entrado un hambre de mil demonios, un hambre como de tipo a dieta que no soy (en puridad), así que me he preparado una tortilla con queso y pimiento verde en sartén minúscula. Lo habría acompañado de un vaso de Valdesolores 2006 pero me ha parecido excesivo: jamás bebo por las mañanas.

Internet no me dejaba saldar una deuda con el Ayuntamiento del Valle de Aranguren, sito en Navarra, que ascendía a 132,94 euros. Así que he bajado, in person, al banco Santander más cercano. Aprovechando la coyuntura, he llevado unos rulos con monedas que en su día me propuse canjear por pasta. En un ejemplo de ver la botella medio llena, me ido tan contento con los 21 euros en que he convertido esa chatarra, así que lo he celebrado comprándome El País y pidiendo un kebap de cordero y una Coca-cola en un antro cercano. De los 1,20 euros que me ha costado el periódico creo que sólo salvaría la columna del nunca decepcionante Enric González. Es cierto que veo a ese periódico cada vez menos imaginativo en secciones, inabordable en muchos casos, como esos reportajones de mil columnas que abren la sección 'Vida y artes'. Ni un jubilado tiene tanto tiempo como para ponerse con él. Y no sé, hoy no me interesaba la actualidad electoral en Irán, ni la posición de los palestinos sobre Netanyahu, ni la presunta corrupción del PP. Algo, si acaso, lo de Gasol y su éxito baloncestístico.

Terminados mis deberes periodísticos, me he metido con la novela, los diarios, he leído blogs, he cotilleado por Facebook, he tocado la guitarra y he ordenado una mesa llena de folios. Hacerlo me ha echo crecer interiormente, ha sido como occidentalizar mi vivienda, una pequeña conquista, porque el encanto del feng shui habanero/bananero puede llegar, a veces, a saturar.

A la espera de quedar con una amiga cuya madre murió recientemente, vaya plan, me he acercado al Bandido doblemente armado, para conocer el saldo de las ventas de mi primer legajo publicado. Cinco ejemplares, cinco, en casi los mismos meses. Ahí no he visto la botella ni medio llena ni medio vacía: ya me lo esperaba. Me ha atendido Diego, simpático, que es hijo de Soledad Puértolas. En frente de él, en una mesilla bajo la caja, había un libro reciente de ella, precisamente, titulado Con mi madre. No le he dicho nada, pero el comentario que bullía en mi mente era: "¿Lo has escrito tú?".

Me he llevado unos libros sobrantes para colocarlos en otras librerías, como El Arrebato, donde un tal Pepe me ha atendido amabilísimo y ha aceptado mi mercancía. En Pantha Rey me han dicho que no admitían libros así, sin factura etc, y que lo pedirían a la distribuidora. "Claro", he pensado. ¿Lo harán? Luego me he comprado unas zapatillas Gola y me han invitado a una shandi en la propia zapatería, pas mal. Me quedaban dos ejemplares y he decidido dejarlos en Tres rosas amarillas. He recordado lo mal que lo pasaba en un tiempo en que hice de comercial de unos anuncios de tele local que aún ni se emitía, y lo lamentable que era aquello de soltar la monserga marketiniana de puerta en puerta. Eso sí que es duro y no ser poeta maldito. El tipo ha escrutado mi libro con cierta distancia, no diré desprecio, y ha añadido un comentario del tipo "sí, la típica selección de textos del blog". No lo ha dicho con mal tono, pero esas han sido las palabras que ha emitido. Ha declinado la presencia de mis dos libritos en su librería y ha argumentado que, claro, ellos trabajan el mundo de los relatos, y que con gente que tiene más relación pues sí, que a veces colocan sus libros y tal. Ha declinado también pedir el libro a la distribuidora, y he valorado su honestidad y su capacidad para decirme "no", pero también he pensado que tenía unas considerables trazas de cretinín carveriano.

He pasado cerca de un portal para mí de buenos recuerdos, de esos buenos recuerdos que quizá le ponen triste a uno mientras pasa o pasea por esa calle, y se ha puesto a llover a moco tendido. Los ciudadanos, ingenuos, no llevábamos paraguas así que no había otra que mojarse, y no me ha importado mucho. Al llegar a mi calle de resonancias tintinianas, la bolsa de las zapatillas, o zapatos deportivos, se ha venido abajo reblandecida del agua de lluvia.

A punto de abrir la puerta, he recordado un comentario de una chica que conocí hace poco y que decía no tener ningún tipo de vis poética: "Estábamos en Dos de Mayo, se puso a llover y se nos quedaron las pizzas mojadas". Esas fueron las palabras que usó, no lo dijo, por supuesto, declamando, pero a mí me pareció lo más poético que escuché en tiempos.

La amiga de la madre fenecida me dijo vía sms que no podía quedar, así que asumí los hechos: hoy sería un Bloomsday sin interlocutores, sin el compañero de Leopold cuyo nombre ahora no me sale, pero seguro que algunos párrafos, párrafos-río, al menos sacaría.

Madrid, 16 de junio de 2009

15.6.12

Fh

El pensamiento, las ideas, aquello que nos saca de nuestra carcasa a menudo demasiado básica, se cuela  por los intersticios del día. En esos momentos tontos en que uno nunca pensaría que se pensaría tanto. Al afeitarse, en las escaleras del metro, esperando que se tueste esa rebanada de pan que aún no merece el nombre de tostada, en la sala de espera del dermatólogo, en el silencio incómodo del ascensor, mientras limpiamos (¿lavamos?) una lechuga, en el taxi. Me noto poco pensativo, poco receptivo, un yo que no me gusta, como anestesiado, estos días. Mal momento para embarcarme en el Macropost, pienso ahora. Me veo hombre masa, uno más, alguien que no brilla, un ser como del montón. Solo me veo distinto, solo me gusto, cuando por mi interior aprecio lo que podríamos llamar humores, pero no cualesquiera. Una capacidad de percibir el mundo y que este te afecte, cale en ti, como calan en el protagonista de El Perfume, en su pituitaria, los estímulos del mundo. Vivir de espaldas a ellos, o inmune, pasar de largo, tiene algo de muerte en vida. 

Y quizá desde que caí en la dinámica del smarthpone, en un hiperconectivismo que no descansa ni de noche, en un tener la mente siempre distraída, pero de sí misma, he dejado de ser un poco yo. Ese yo del que estaba orgulloso. No es que ahora no lo esté... No es cuestión de tiempo, me temo, sino de falta de horas de sueño. Un andar a menudo bajo mínimos mentales. Un llegar a junio con el cerebro literalmente desgastado. Recuerdo el primer junio en que tuve conciencia de junio, año 1984, algún día escribiré sobre eso. 

Hoy me fijé en el clochard meditabundo, del que ya he escrito en otras ocasiones, y al que escruto desde principios de 2007, en los breves segundos que dura nuestro contacto visual. Madrid, gran ciudad en la que sin embargo he creado una serie de rutinas. Echaré en falta a ese tipo si se va, o si me largo yo a otra parte. Le tengo un extraño cariño. 
Me fijo en que cada vez es un pobre más sofisticado. No hay más que ver la cápsula choricesca, perfectamente diseñada para aislar inclemencias del tiempo, en la que se embute cada noche para dormir. La empieza a desmontar sobre la siete. Antes de las siete y media enfila el camino hacia unos aseos donde se hace sus limpiecillas. El carrito en que lleva su mundo también exige su mantenimiento, y más de una vez le he visto engrasando, desengrasando, con tuercas, rodamientos, bricolajes. Qué pereza ser este tipo de pobre tan tecnificado, pienso cada vez que lo veo. 
Hoy lo vi, hacia la una, preparándose unos comistrajos, con un punto de pudor por hacerlo en plena vía, del que salía un animado chop-chop. ¿Qué clase de infiernillo se ha montado el tío para empezar a comer caliente? Desde hacía tiempo, le pegaba sobre todo a bocadillos, que preparaba con celo, como todo lo que hace. Su dieta ha evolucinado. ¿Será un plato de viernes? 

Cada día me pregunto qué motivan los días de este tipo. Quizá sea simplemente esos humores de los que hablé antes. La capacidad de bastarse y sobrarse con los matices de la existencia, y con la vibración aún notable de experiencias del pasado. Un modo de vida que no sabría decir si cae en el vicio o en la virtud, aunque me inclino a pensar que más en lo segundo.


14.6.12

Fg

Ayer no escribí porque era el Día del Escritor, y ese día está prohibido poner cualquier palabra por escrito. En este tiempo he asistido a un par de actos de temática tecnológica, presentaciones de nuevos proyectos, como la nueva Terra España, o Biid, aplicación para escuchar música en el móvil. Me relacioné con gente con la que ya no acostumbro, o lo hago menos, que es esa del sector de la tecnología, internet, start-ups, y demás. Sin darme cuenta, me había limitado últimamente a un círculo más periodístico-literario. 

Me gustó esa sensación de ajenez del colectivo, en el que destacaban barbas como las de un tal Carlos Díez, miembro destacado de un supuesto ránking de barbas nacional, si es que lo hubiera. Barbas que, en contraste con su calvicie circundante, brillaban más por su presencia. Entonces pensé en si las barbas hay que lavarlas con champú o vale un simple jabón neutro tipo Sanex. Pensé también que hace tiempo que no me ralo mis pelos capilares y que en la zona del mentón se están amontonando, amentonando, una cierta masa considerable a la que presto escasa atención higiénica. Como si con ella no fuera la cosa. Hay algo de arrealismo en el hecho de lavarte la perilla. ¿Hay alguien que se lave los talones? ¿Aquiles? 

Percibí, aparte de mucha niña mona, un modus operandi social distinto en esa comunidad prima-hermana de la periodística, en la que abundan los geeks y los seres estrafalarios que se llaman directores de arte o arquitectos webs, por ínfulas renacentistas que no sea. Un modus operandi en el que se valora el ser agradable con el otro, aunque sea falsamente; buscar la risa, la anécdota, la chanza, la chacota, el chascarillo, el comentario. Quizá no se produzcan conversaciones de gran altura, ni se arregle geopolíticamente el mundo con esos comentarios, pero también es verdad que hay algo de trasvase humano, de cierta conexión, en esos intercambios sociales. El discreto encanto de lo normal. En saraos de tipo más periodístico, la pegazón a la actualidad es una liberación y una condena al mismo tiempo: sirve como base para tema de conversación, pero a menudo es imposible escapar de ahí, por muchos intentos que uno haga por desviar la conversación. El periodista medio que desoye a Michi Panero para ser un auténtico coñazo, además de caer en otro gran vicio de la profesión: la ostentación. 

En el mundo literario, la vanidad y ciertos complejos de inferioridad atenazan la naturalidad/espontaneidad de las relaciones. 

De pronto, notar algo sano en esa gente, como en X, que me habló de su entrada en el mundo de los revestimentos (poco cool, sí, vale) para edificios, tras una etapa haciendo notas de prensa en el sector farmacéutico. Lo hacía con entusiasmo, encantada de tener ese trabajo y no otro, sin dobleces. O  un tal Y, director de comunicación de una importante empresa de venta de vino por internet, también entusiasmado con su trabajo. Quizá hubiera algo de vendedor en su discurso, y qué. Nos dijo que en España, pese a lo que se pueda pensar, no se consume mucho vino. Que es un país de cerveza. No hay cultura de ir a una tienda y comprar vino. No hay tiendas Nicolas, ni Waitrose, como en Francia y UK, añadí yo, resabiado. También dijo, molesto, que mucha gente en España cree que Rioja o Ribera del Duero son "marcas". Confesé, algo sonrojado, que hasta hace poco pensaba que Rueda era también una marca. 

12.6.12

Ff

La entrada del Follow Friday, #FF. Ya digo, habrá un día en el que no haya siglas libres. El nacionalismo vasco de corte abertzale ha contribuido en esa captura de dominios acrósticos, pero sobre todo Twitter. Hace nada, ignorábamos que era un RT, un MT, un DM o el TL. Vamos hacia el bing crunch del lenguaje. 

Y ha sido en FB y no en TW donde he visto una foto que me ha generado como un esplín de final de tarde. Me gusta esa hora de ocho a nueve, aunque hecho en falta más luz en mi actual escritorio. Me gusta el silencio de la primavera, que nos comunica con otros siglos, pero esta tarde, digo, vi una foto en una red social que me dejó un poco touché. Porque resulta que en la más grande de las redes sociales tenemos a mucha gente con la que la vida nos ha enredado. Algunas, quizá las más importantes, no están dentro. Pero dentro también hay muchas que han formado parte de nuestra vida, alterándola. Con una de ellas hubo un algo, tan breve como intenso, al otro lado de los Pirineos, en una ciudad a la que Victor Hugo dedicó un sentido elogio. Una ciudad para vivir una historia como aquella, que por cierto recreo en la novela que terminé el otro día, el 7 de junio, por la tarde, en el Starbucks de la calle Infantas, con música de los Fleet Foxes, por cierto. 

Fue una historia que pudo haber tenido una continuación, y ahí lo dramático, o no tanto, del caso, pero los  cientos de kilómetros y asuntos de índole pragmático nos hicieron optar por el enfriamiento. La idea de construirme una vida en esa Francia que a veces me tienta tanto, valga la aliteración. Hubo algunos mails, pero cuando vimos lo imposible de aquello no volvimos a decirnos nada. Estábamos ahí, en la gran cosa virtual, y a veces caía un Me Gusta. Volví a aquella ciudad en otoño, la ciudad en que nació mi padre, año 1949, en el 17 arrondisement, pero no la llamé. Sentí que no procedía. ¿No me atreví? Ella debió ver alguna de las fotos que colgué, como esa de la parada de metro modernista de la rue Rivoli. 

Cumplía, y cumple, los años pocos días antes que yo. Los mismos que yo. La felicité sucintamente, pero con todo ese buen recuerdo concentrado que nos une, el otro día. No había visto, como vi hoy, las fotos de su oronda tripilla, que alberga ya a un proyecto de hombre de tres meses de vida uterina. Y su cuerpo, reclinado en un sofá en el que una noche ojeamos juntos un cuadro de Magritte, con copas de vino blanco.

11.6.12

Fe

Fe. Recuerdo que fui a una charla de un libro sobre Cuba, antes del viaje que hice a ese país hace tres años, para escribir mi propio libro, que al final escribí por cierto y ahora no sé muy bien qué hacer con él. Veo que sería bonito tenerlo preparado, editorialmente hablando, para cuando muriera Fidel. Libros que escribimos sin saber qué será de ellos. Siempre he escrito así. 

Recuerdo que fui a aquella charla, y hablaron de la Fe, necesaria para la supervivencia, anímica al menos, del cubano medio: F.E., es decir, Familiares en el Extranjero. 

Cada título podría dar para un post, pero ese sería otro proyecto. Habrá un momento en que todas las iniciales del mundo estén pilladas, cogidas, así como todos los títulos de las películas. Me parece increíble que aún no se hubiera rodado una película llamada 'Rec'. Ponte tú a titular un libro en el siglo XXIII. Lo mismo con los acrónimos. Uesebé, deuvedé, jotapegé, uerreele. En nada, todo estará pillado. Lo cual, dicho de paso, me da bastante igual. 

Divago. Todo este Macropost es una gran divagación, que no sé para qué o quién escribo. Me da igual. Lo pensé antes, hace un rato, después de un paseo crepuscular que ha comprendido la Ronda de Valencia, la de Atocha, la calle Atocha, enterita, y el refugio en un pub para guiris en los que me suelo encontrar bastante cómodo. Como si fuera parte de ellos, sin serlo. Hoy llevaba una camiseta que me trajo una amiga de Vietnam que dice, precisamente, 'Good morning, Vietnam'. No sé muy bien qué significa esa frase, la llevo en plan inculto, como muchos jóvenes llevaban, en plan incultos, camisetas del Che. Pero ignoro si esta frase es enrollada o no. Supongo que sí, porque la compró en el mismo Vietnam, por cuatro perras por cierto. Y Vietnam sigue siendo comunista e imagino que poco proyanqui. Han dicho "Good morning, Vietnam" y yo, despistado, he dicho "Good morning, good morning", pasadas las diez de la noche.

Después de tomar media pinta de Guiness, leer un relato, uno solo, del Pablo Gutiérrez de 'Ensimismada correspondencia', he enfilado la calle Toledo en busca del metro. Entonces he pensado en lo elegante que puede ser la frase "Me da igual", siempre que no sea una falsa neutralidad, una afirmación indolente, o un rasgo de pusilanimidad. En mi caso, es un "Me da igual" más sincero, con un punto de soberbia, pero sin amarguras. Me da igual, pensaba, sentir que escribo para nadie. Me dan igual, he pensado, los comentarios que pueda haber a estas entradas, cosa que no era así en el pasado; el comentario como medidor del éxito o fracaso de un blog. El otro día leí un tuit de José Luis Orihuela, muy gurú en estas cosas del 2.0, en el que decía que si no tienes muchas visitas es que tu blog no es muy bueno. Me da igual. 

No tengo muchas visitas, pero tengo una media diaria, entiendo que fiel, compuesta por entre 60 y 100 visitantes únicos. Me han leído más que a Lope de Vega en vida. Toma ya. Los rendimientos de este blog, en un año, van a llegar a 60 euros en publicidad. Hoy cobré el cheque del concurso de la tele que gané hace unos meses: 3.160 euros netos (de 4.000 brutos). 

Hablaré con mi Frob particular para que me gestione las deudas. Esta tarde puse a Portugal como destino, en el caso de que realizados los convenientes balances me quedare algún chavo. La idea de un pueblito en el Alentejo, con playa, comer bacalao y machacarme los últimos trabajos literarios que he ido terminando; aún en bruto, hacerlos netos. 

El resto, me da un poco igual. Tengo fe.

10.6.12

Fd

El Macropost implica escribir todos los días, se tenga o no ganas, tiempo o cosas que decir. Esta vez es así. A veces no hay tiempo para escribir, y en otras no hay tiempo para que haya habido la rumia necesaria como para regurgitar algún que otro párrafo. Este fin de semana ha sido así, sin tiempo para la rumia catalana. Uno se pregunta si se podría vivir así siempre, enlazando planes, copas, amigos, cañas, tapas, eventos literarios, deportivos, y el resto del rato dormir, limpiar la casa, ir de aquí a allá. 

El otro día, tomando un café y una barrita con tomate (qué limitada es la oferta en los desayunos madrileños) sentí que no podía seguir leyendo la prensa, que me resultaba literalmente indigerible. La necesidad de digerir, de rumiar, lo que vamos viendo, leyendo, oyendo, aprendiendo. Así que aparté de mi vista el periódico como el vegetariano que aparta de su lado un plato de callos a la madrileña. Y me dediqué a escuchar a una cabeza que estaba pidiendo que se le dejara realizar sus procesos naturales. Ese mastique de los estímulos que recibimos a diario. Ese dormir despiertos. 

En ese rato de rumia a media mañana pensé en algo que podríamos llamar la estadística biográfica. En cómo durante años he leído siempre el periódico en esas horas que van de las diez y media a las doce. Recuerdo mis primeras lecturas del periódico, en la adolescencia, en la cafetería Gure Etxea de Madrid. Lo hice especialmente durante un verano de BUP, el del 96, en mis inicios como procrastinador. Leer el periódico para postergar el estudio. Y me fumaba un cigarrillo Chesterfield o Lucky, quizá dos, con gran lentitud y delectación, sintiendo que el mundo se detenía. 

Aquellas cosas que nos provocan esa burla al tiempo, conseguir saltar de su sombra y creer que lo hemos detenido, son las que valen la pena. 

Profundicé más en esa estadística biográfica, y en cómo me gustaría que hubiera gráficas que fijaran el rastro de nuestras actividades. Los ratos exactos en los que ha habido más frecuencia de lectura, sexo compartido, sexo individual, desayunos, comidas cenas... La media exacta de las horas que hemos dormido, y en qué extremos nos hemos dormido y despertado. 

Llevo dos años con una media por debajo de la ídem. Cierro.

9.6.12

Fc

Sábado al mediodía. Tengo resaca, pero he dormido unas horas razonables, casi ocho, algo que no he hecho en toda la semana que acaba. Me siento bien. Y creo que no hice nada de lo que arrepentirme, ayer, que es algo que repaso mentalmente siempre que me levanto, al otro día. Al revés, me vienen gratas sensaciones al magín, mientras escribo estas líneas en posición horizontal, cuando me quedan 15 minutos de batería en el ordenata, y paso de levantarme a por el cargador, démonos prisa.


Gratas sensaciones por el día de ayer. Por la comida con una buena amiga llamada Carmen, que siempre está ahí, por el ron con naranja en el café del Real, previo taxi mano a mano hacia la FLM2012, y entrar en la garita un poco a defender lo tuyo, y defendamos lo nuestro con dignidad, di que sí. Y goteo de amigos, y lectores desconocidos que se interesan por lo tuyo, y no por lo de los miles de escribidores allí simultáneamente citados. El rotulador, comprado a conciencia horas antes, demasiado gordo, mal. Nota mental: comprar uno más fino pa' la próxima.


Luego vienen los de la tele, la nacional, la pública, a hacerme unas preguntas. Y al rato vienen más amigos, y damos por buena la sesión, yo, pero también David, the editor, y tomamos cervezas con otros amigos, y formamos un grupo de esos grandes, y al rato vamos al café Galdós, a la fiesta de Contexto, y saludo a gente que va siendo amiga, a fuerza de vernos, en lo virtual pero también en lo real, y se va haciendo como una pequeña red humana, familia sería mucho decir, pero hay un afecto quizá por encima de la vanidad, y eso me gusta, y se me acaba la batería, y le doy a Publicar.


*Y la imagen de Jorge Herralde, retirándose, subiendo solo esa calle madrileña cuesta arriba. 

7.6.12

Fb

Al final del día afloran, o salen a flote, como champiñones de corto de Tim Burton, ciertos impactos del día. Cosas que han quedado atrapadas en la criba de lo sentido, percibido, aprendido. Si uno se pone a pensar, son muchas. Un día daría para toda una novela. Bloomsday, el próximo 16 de junio. El día de Leopold Bloom, no he leído el Ulises, ni lo haré nunca, pero sé que la acción de todo ese tochón transcurre en un solo día. En la universidad aprendí la diferencia entre relato e historia. La historia sucede, inexorable, con sus leyes cronológicas. El relato es cómo contamos esa historia. Las idas y venidas. Lo diegético, creo.

A estas horas del día, hoy, me vienen imágenes agradables a la mente, de las que dejan buen poso. Y el nombre de Alberto Moravia, escritor y periodista italiano, uno de esos nombres con los que damos a menudo, sin llegar a entrar. Me interesan sus mujeres. De 1941 a 1961 con Elsa Morante. Del 62 al 83 con Dacia Maraini. Quizá las dos escritoras más importantes del siglo XX literario italiano. Luego se casó con Carmen Llera, navarra ella, que tenía 31 años entonces, y él ochenta y muchos. 

Veinte años con cada una. Leo por ahí que la Morante trató de suicidarse, en los ochenta. ¿Por qué murieron esas relaciones? Leo también que Moravia atacó en vida el estilo de vida occidental, lo acomodaticio, lo hedonista. ¿Apostaba él por una vida incómoda, privada de placeres? La vida da para mucho. Dos relaciones de dos décadas, con dos mujeres como Elsa Morante y Dacia Maraini, con el epílogo de la joven Llera, no es tontería. ¿Cómo vivió esas rupturas? ¿Saltó de aquellas relaciones cuando vio que se estaba acomodando? ¿El escritor es un ser abocado a una cierta incomodidad permanente? ¿A la insatisfacción? 

Me parece poco probable vivir sin un mínimo margen de insatisfacción. Siempre hay huecos por donde se cuela lo literario. Tengo ganas de leer a Moravia, pero también 'La Storia', de Morante, y a Maraini. A menudo, hoy mismo, pienso que soy un catalán, un italiano, un francés frustrado. Un portugués, incluso. Que el territorio español, su arrealismo, me genera cierta desafección. 
Habrá que leer a Moravia.

5.6.12

Fa

El deseo de leer, pero no tener a mano ningún título apetecible. Cansancio de cierta ficción, ganas de una literatura más pegada a lo real, sin los espejos deformantes del callejón del Gato literario, pero que no caiga en la erudición fofa. No hay tantos libros como esos. El otro día me agencié un libro prometedor, en la FLM2012, 'Elogio de París', de Victor Hugo, en graciosa edición colorada de Gadir. En unas cuentas paradas del metro vi que el librito se me caía de las manos. Un sinfín de efemérides desordenadas, erudición preWikipédica como sin ton ni son, muy elogiosa de París, pero atosigante y escurridiza. Una pena. Un tipo serio, de todas, formas, este VH. Y un dato: "En 1255, la Inquisición (francesa) persiguió a los banqueros".

El deseo de enamorarse, pero que no acaba de materializarse. El deseo de escribir, aunque puede que no haya mucho que decir, que contar, ni una mente predispuesta. Y el tiempo que nos vence, y el tráfago de cosas, cositas, encarguitos, historias, que nos atenaza de alguna forma y van pasando días un poco como de palo y zanahoria, y la novela aún sin terminar. La comencé un 19 de junio, día de mi 32 cumpleaños, en un restaurante japonés de París. Cenando, solo. La quiero terminar antes de esa fecha, y así lo haré.

Retomar el hábito de escribir antes de dormir, como hice durante 100 noches de invierno, en la otra casa. No es mala cosa antes de irse a dormir, cuando se hace solo. Escribir es compartir. Darse, de alguna forma, al otro. Veo que la última serie del Macropost, la de la E, es de hace un año. Concluyó con un 'Ez', un 14 de junio de 2011. Qué de cosas han pasado en un año. Siempre pasan cosas.

El deseo de que sigan pasando, ansiedad, más bien. Temor al fin de fiesta. Madrid era una fiesta. Con sus montañas rusas, como toda buena fiesta.
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