30.1.12

Nudo en el cerebro

Tengo un nudo en el cerebro y no sé cómo ha llegado allí. Lleva varios días instalado en mí y no hay manera de relajarlo. Me acuesto, y en vez de contar ovejitas, me viene la imagen de una toalla oscura y mojada, torsionada hasta el extremo. Algo de eso noto que les sucede a mis pabelloncitos cerebrales. 

No sé si será por el frío, mi nuevo compañero de piso. Peajes de vivir solo, y en el centro de Madrid. Hacerlo en una covachuela con su punto agradable, pero con no pocos peros. Uno de ellos, sus cristales finos como alas de libélula, que me obligan a jugar un juego, el de sentirme un doble de Walter Scott en su refugio de la Antártida. Mis racanuelos caseros se niegan a subirme el límite de potencia eléctrica, y yo me dejo convencer, y tengo que realizar verdaderos mecanos domésticos para que no pete la jodida instalación. Apagar el ordenador y el radiador mientras me cocino un huevo, no usar nunca dos dispositivos a la vez: o calor o zumo de naranja. Total, que duermo con Toledo encima, acurrucado como un armadillo, y hasta me olvido del frío, pero creo que una tensión corporal se materializa en mí, y el nudo cerebral es su cúspide. 

Y luego esa tensión mental permanente, torsión neuronal full time, en busca del post, del tuit, del estado de FB, de la idea para tal, para cual, de la reflexión novedosa. El estirar el chicle mental para seguir dando alas a ese novela en la que aún, toquemos madera, mantenemos fe. Y forzar la machine cerebral cada mañana, con sueño escaso, para traducir, valorar, entender, esas jodías noticias de prensa económica internacional. Y ese ansia por leer todos los libros del mundo, en papel y digital, los clásicos no leídos, las novedades más rutilantes, los textos de nuestros amigos. Y los libros por releer que nunca releeremos.

Amor/odio por las ideas, porque nos dan una especie de gasolina humana, de magma de ilusiones y matices sin las que el día a día sería directamente deprimente, pero también un cierto cansancio que nos hace anhelar algo que no se ha inventado todavía: los masajes a la altura del córtex. 

El futuro incierto, y el presente peliagudo, en términos de digamos sostenibilidad financiera, puede que tengan algo que ver en esa cosa tensa cerebril. Por no hablar de un creciente desasosiego en cuanto a la pertinencia del oficio elegido para ganarnos el pan, que notamos que en el balance anual de luces y sombras sale a favor de estas últimas. 

Se acuerda uno entonces del botón de donaciones de PayPal que colocó hace un año o dos, inmaculado él, y se propone quizá agitarlo un poco hasta que el sistema dé algún fruto. Pero eso de pedir, así, indiscriminadamente, le da un poco de reparo. Claro que también lo hacen los de Wikipedia, parece que van a hacerlo lo de Público, todo aquel que aporta algo al mundo. Y yo creo que aporto algo, no al mundo, pero sí a los cien lectores fieles de cada día. Peor,  ¿qué gano yo con todo esto? Gano cosas, inmateriales cosas, pero también recibo señales de alarma en ese cerebro mío con vocación de nudo marinero.

25.1.12

1979

Después de la entrevista con Manuel Vilas, un tipo muy simpático, me cayó bien, se podía hablar a gusto, me contagió un gran entusiasmo por la vida, la vida, sitio en el que estar el mayor tiempo posible, y, ya puestos, sin que nadie nos putee, joder, qué simple y cuán sabio..., después de la entrevista, digo, me encontré con maese Holzer en la calle Preciados. No es tan raro encontrarse a amigos por Madrid, pero el encuentro de ayer fue extraño, por serlo entre la multitud, por darnos casi de bruces. Extraño, pero no por ello menos grato.

Entramos en la sección de El Cortes Inglés de libros y me hice, por comprar algo, con un librito de esos con los acontecimientos que tuvieron lugar en tu año. La tendencia autobiográfica puede ser egocéntrica, pero también ayuda a ver la realidad desde un punto de vista, se toma una referencia, y eso siempre es una manera legítima de observar el mundo. 

Veo que entonces un periódico costaba 20 pesetas. Un kilo de limones, 57 pesetas. Un chalé en zona costera, algo más de un millón de pelas. Precios en general baratujos, vistos hoy, a excepción de los pantalones vaqueros. ¡3.900 cucas un par! Joder, han pasado casi 33 años y aún valen prácticamente lo mismo, qué extraño fenómeno. No los americanos, pero sí uno de cadena de ropa 'rápida', donde por 24 euros hay cosas decentes. 

1 zapatos de vestir: 4.600 pts.

¡Qué carez!

Claro que esos zapatos te podían durar hasta la jubilación. 

El coche del año, entonces, fue el Talbot Horizon, quizá el coche más FEO que jamás haya diseñado nadie. Qué duros, estéticamente, fueron ese final de los setenta y comienzo de los ochenta, una etapa en la que creo que se vivió la concentración de feísmo más grande de la historia de España. En ese contexto, nací yo.



También nació entonces Sarah Polley, actriz/cinesta de la que Agus Alonso me hablaba día sí, día también. 

Gobiernan: en España, Adolfo Suárez; en EEUU, Jimmy Carter; en Francia; Giscard d'Estaing, en Rusia, Brezhnev.

En literatura, gana el Nobel un tal O. Elitis, griego, del que jamás he oído hablar. 

La sensación, también, de que la gente ya estaba haciendo las cosas, muchas cosas, cuando tú como mucho te cagabas en los pañales. Woody Allen presenta en San Sebastián 'Manhattan', y a Fernando Ónega le entregan un premio Ondas por su trabajo en la SER. Severiano Ballesteros, ya ganaba sus trofeos en golf. Y una noticia que bien podría ser de ahora mismo: los jugadores de fútbol profesional hacen huelga para protestar por el dinero que les adeudan los clubes. Se suspende la liga, marzo de 1979. 

Pequeño repaso a un año cualquiera, que me hace conocer más cosas sobre ese año, pero también sobre mí mismo. Soy lo que el mundo es, era, también.

Ah, nací un martes (19 de junio). No tenía ni idea, o no me acordaba, de haber nacido un martes. 

¿Qué día naciste? Miralo aquí.

24.1.12

Notas de invierno

Tengo ganas de leer 'Diario de invierno', de Paul Auster. Desde hace varios años, uno de mis rituales culturales anuales es la lectura de la última novela de Auster, y la última peli de Woody Allen. A Auster no le he fallado desde 'El libro de las ilusiones', de 2003. Bueno sí, le fallé en 'Viajes por el Scriptorium'. Desde entonces, han caído seis libros, no son tantos. A parte de esos, leí 'Leviatán', que me dejó muy buen recuerdo, en el que hay un prerretrato profético del que luego sería, está siendo, el Jonathan Franzen de 'Libertad'. A Woody le he fallado más ('Cassandra's Dream', 'Melinda y Melinda'..).

Todo esto para soltar unas notas invernales. Escribir por escribir. 24 de enero, san Francisco de Sales, patrón de los periodistas, pero también escritores. Este martes entrevisto a Manuel Vilas. Su novela 'Los inmortales' me estaba gustando mucho ayer, hoy no tanto. Las novelas tan basadas en el humor tienen ese problema, el problema de la página 100. Le preguntaré sobre esto. Igual el problema no es suyo sino mío, que ayer estaba de buen humor y hoy no tanto, como incubando un no sé qué. La gripe es desorden. No sé si tengo gripe, pero creo que sí un cierto desorden. 

¿Qué iba a decir del invierno? ¿A alguien le importa? Iba a soltar las vaguedades habituales por estos pagos. Que si me recuerda a los países del Este, que el invierno es como una gran dictadura comunista, que el invierno es la estación favorita de Sting, que se reconoce "hombre de invierno", que Sting hace el amor unas cinco veces al día, supongo que para entrar en calor. 

Recuerdo un 18 de enero de 2008, poco después de la muerte del poeta Ángel González. Hacía calor en la redacción en la que trabajábamos, a destajo, y escuché a pájaros. Sentí un golpe primaveral en mi aparato perceptivo y me dije, ah, no, no, no pienses que estás en primavera, amigo, estás en el jodido y vulgar invierno. En un ramplón enero. No te pases de listo. 

En los años posteriores, quizá cuando me he liberado de ciertos yugos (como el de un curro en el que no creía, y que me absorbía fuerza y vida), he ido cambiando de parecer. Y me he visto a mí mismo disfrutando del invierno como en otras estaciones. "Sabes que en invierno se vive bien. Sí, sí, como en primavera", dice Franco Battiato en su canción 'Alexander Platz'. Yo pensaba que Alexander Platz era un tío y no una plaza, hasta que viajé a esa plaza, abril de 2004, y descubrí cuán confuso estaba.

Hay otra canción de Battiato, 'Despertar en primavera', que ahora espero sin la ansiedad de otros tiempos. Y siento que he conquistado algo con todo esto; no sé muy bien el qué ni cómo se llama, pero me gusta.



22.1.12

Educación alternativa

Circula por internet un video que anima a cambiar los hábitos educativos, herederos de la época de la Ilustración, basados me temo, todavía, en memorizar, hacer trabajitos, ejercicios y cosas así. Se dice en el video una cosa interesante, al comparar el sistema educativo con una fábrica cualquiera. Los alumnos son poco menos que productos, colocados por fecha de nacimiento en las respectivas aulas, y a los que se aplica tal o cual proceso sobre ellos. Se marcan las horas con un timbre, como se hacía un poco, esto no lo dice el video, lo digo yo, en los campos de concentración nazis. Hay algo de humillante, pienso ahora, en ese tratamiento más cercano al que se hace a una res que al de un alumno en edad de aprendizaje. 

Opino que si hay una revolución pendiente es la educativa.

Se habla ahora del TDH, o trastorno de la concentración o déficit de atención por hiperactividad. Dicen los que saben que eso es más bien una nueva filfa, en la que como siempre estarán untados los laboratorios, cómplices de que a esos niños nerviosicos se les sede como a epilépticos atacados.

Pienso ahora en si yo era un alumno concentrado, o no. Creo que lo fui en contadas ocasiones, en COU, y creo que en 5º de EGB, que me puse las pilas después de algún que otro suspenso. Estudié como un jabato, y llegué a sacar 97 sobre 100 en Social, asignatura que había suspendido en la primera evaluación. Aún me acuerdo de cosas, que si la costa cantábrica era rocosa y rectilínea, que si el clima continental era de inviernos fríos y veranos calurosos, etc. Y que el delta del Ebro era producto de la sedimentación.

Me gustaba evadirme en clase, y dejar a mi cerebro en una suerte de estado zen, no sé si activo o en stand by. Yo diría que en una especie de barbecho, de rumia, de proceso de digestión de la existencia, en el que me encontraba particularmente a gusto. Como ese rato, al levantarnos, en que nos quedamos quietos, en silencio, como asumiendo que estamos vivos y que el mundo es una cosa extraña. 

Vivimos ahora multiconectados a mil cacharritos que nos insuflan información por todas partes, y yo noto que tengo que bajar el pistón, y leer uno, dos, quizá tres artículos, buenos, al día, y nada más. Y ver alguna peli, no todas, y leer quizá menos libros. Y hacer menos planes, escuchar menos conversaciones, tomar menos menos cañas, ver menos cosas. 

Cultivar un tipo de músculo ermitaño, que nos hace apreciar las variaciones más pequeñas, en donde encontramos fuente inagotable de placer, y al completo alcance de la mano. 

Pensando en todo esto, he rebuscado en mis archivos para dar con un dibujo que hice en el cole. Era el año 95, tenía 15 años, y no prestaba atención en clase. O sí, pero a mi manera. Recuerdo, puede que por algún castigo, que era el único en todo el aula (de unos 40), que tenía un pupitre individual y no me importaba, porque podía dedicarme a mis cosas sin que nadie me hiciera preguntas impertinentes. 

Era feliz en ese jardín interior privado, como diría Bro, sumergido en otro tipo de aprendizaje, privado también, que me parecía más interesante que lo que la profesora de turno trataba de inculcarme. Fruto de aquellas horas de desatención estudiantil es este dibujo que, con un poco de pudor raro, comparto hoy con vosotros.

20.1.12

Segundo crucial

Esta mañana de viernes, me gustan las mañanas de viernes, salía de mi trabajillo tempranero cuando me he topado con un semáforo. He dudado entre cruzar en rojo, cosa que suelo hacer demasiado a menudo, o esperar. Me ha sobrevenido como una sensatez prudentona: espera, chico, que no hay prisa. Mientras cruzaba legalmente, he pensado en que quizá ese cambio de giro de mis caderas, ese segundo alterado, esa anomalía en mis hábitos (esperar, en vez de cruzar salto de mata), podría depararme alguna sorpresa, preferiblemente agradable, del azar. 

Algo puse por aquí al respecto, lo de que cada segundo cuenta. Recientemente, despedimos a una persona cercana, por un accidente de coche que se libró en una cuestión de mínimo espacio temporal. Cada segundo cuenta. 

Total que he bajado las escaleras del metro, subsumido en pensamientos que creo que tenían que ver con las recetas de El Comidista, libro que me acabo de comprar, cuando me he topado con el gran Rubén Marcos del Blanco. Un segundo antes y el encuentro habría sido imposible, porque ya habría cruzado el torno de entrada en las vías. Le he propuesto tomar un café, y nos hemos ido a ese que llevan una pareja de sesentones como sacados de los Fraggle Rock. 

Ha sido un café productivo, porque me ha dado una idea de, llamémosle, negocio, que me ha excitado sobremanera. Algo acorde a mi formación, a lo que suelo hacer, pero con un toque, llamémosle, también, transmedia, que me parece muy estimulante. En pocos minutos hemos definido las líneas básicas del asunto, y él se ha comprometido a ayudarme. Por la tarde, hemos (ha) puesto nombre, acertado nombre, a la cosa y hecho la gestión básica para fijar esa idea y que no se la lleve otro. 

A la hora de comer, no he seguido las recetas de Iturriaga, pero sí que he descorchado una botella de tintorro barato, que me ha sabido a Vega Sicilia.

19.1.12

Post de dar envidia

El miércoles por la mañana me costó levantarme. Apuré las perecitas hasta el límite de lo legal y estuve barajando, durante largos minutos, las razones que me hacían ponerme erecto, en sentido corporal, y creedme que durante un buen rato no encontré ninguna de peso. Pesaba una cierta resaca, no alcohólica, de la noche anterior, y como una ausencia de ilusiones en el plazo más inmediato, que me mantenían en posición horizontal, estático como una estatua, plano como un folio de carne. Imagino que habrá un día en que los motivos por los que levantarse no sean lo suficientemente potentes, ni siquiera esa honrilla del "ah que no hay huevos", y entonces uno no se levante, como un tumbao andaluz, como un Oblómov, como un Onetti, como un tal.

Pero me levanté y trabajé mis horas regladas con concentración casi budista y me fui al barrio de Embajadores a uno de sus bares cutrelos y españoles a escribir un rato. Y escribí unas páginas creo que felices de la novela en marcha. Me gustan esos baretos para escribir. Sentirme un personaje arrealista entre la parroquia, con mi material de literatura, boli y cuaderno, el café descafeinado ya abandonado, ¿qué coño hace ese tío? Me siento bien en esos ambientes, los siento extrañamiento míos, me jacto de ser escritor de cafetería cutre española, autor de bar Manolo, juntaletras de barrio horrible. Encuentro una curiosa inspiración, que no es otra cosa que el bienestar del literatura, la fuerza, la garra, la soltura, la agilidad, el temple con las palabras y las ideas. No me desagradan los pepes botellas y demás pero, ay, no sé, hay algo de impostado o de wanabí en los segundos.


Esperaba ahí a maese Holzer, con el que tenía fijada una de esas partidas de pádel que jugamos periódicamente desde hace varios años. Luego, el paisaje desierto de las pistas a media mañana, como si de pronto no existiera paro en España, o los parados no tuvieran el coraje de irse al practicar el deporte favorito de Aznar. Antes, encuentro con Tali para que me devolviera la pala, y charla al sol durante un buen rato como dos viejos que hablan de asuntos prácticos de su incumbencia. En nuestro caso, cosas de ivas, irpfs, autónomos, colaboraciones y demás. Que qué mal está el periodismo, chico. 

El primer set ha sido mío, 6-0. Pero en el segundo mi rival se ha recompuesto, y me ha calzado un 6-3. Después hemos ido al bar de siempre, al bar del post-partido, donde yo he bebido un Aquarius y él un Bitter Kas, acompañado de unos torreznos. Nos los han cobrado, los cabrones, por cierto. 

He aprendido que la palabra carajillo viene de coraje, de corajillo, que era el bebedizo que los soldados españoles se metían entre pecho y espalda cuando lo de la guerra de Cuba. Lo hacían para envalentonarse, café y ron, los productos típicos de la isla, y pienso ahora que algo parecido hacen los miles de currelas antes de enfrentarse a sus respectivos curros con mambises con camisa dispuestos a saltarse en la yugular.

Me he sentido un poco Julian Schnabel de poca monta, en el metro, de vuelta a casa, con mis garrillas al aire, las zapatillas con suspensión (o amortiguación) y el abrigo que se puede ver en la foto de mi avatar. No hacía casi frío y lucía un sol que indignaría a cualquier belga y he sentido entonces que sí que merecía la pena levantarse, todos los días incluso, y también he pensado que al día siguiente probablemente me costaría menos.

No tengo un chavo pero, como dice Vecinita, vivo como un rey. Y me ha gustado sentirme un pequeño rey, un reíto, protagonista quizá de la secuela nunca escrita del famoso relato de Saint-Éxupery.

12.1.12

Exciclista

Leo que la Vuelta Ciclista a España arrancará en Pamplona el próximo 18 de agosto. Los ciclistas recorrerán el tramo del encierro y concluirán la etapa en la plaza de toros. La curva de Telefónica será al sprint, y no al quite de los cuernos de la ganadería de turno. Semanas antes, se celebrará un renovado encierro de la villavesa, que desde hace unos años lo protagoniza un falso Induráin, montando en una réplica de la mítica Spada.

Pero no quiero hablar de ciclismo, sino de exciclistas. Pensaba el otro día, mientras fregaba cacharros, esa rutina triste de hombre solo, en Miguel Induráin. En qué estaría haciendo, a esa hora de la tarde/noche, velada, anochecida, soir. Pensé en que hay muchos deportistas que no saben retomar su vida lejos de los flashes deportivos, de la épica de fin de semana, que no encuentran motivación en hacerse asesores, comentaristas deportivos y demás actividades domesticadas. Quizá es que no consiguieron en su etapa de deportistas activos todas las gestas que se propusieron. A lo mejor ahí reside el valor de ganar o perder, en los recuerdos y la tranquilidad posterior del deportista retirado. Puede que, pensandolo así, no me parezcan tan ridículos los deportistas cuando celebran, con danzas simiescas, el enésimo título que engrosará una estantería de trofeos ya de por sí ostentosa. 

En Induráin, con sus cinco tours y sus varios récords a la espalda, con la épica y nobleza derrochada en las carreteras francesas, no creo que haya nada de eso que llevó a Jesús Rollán a quitarse la vida. Sino la tranquilidad del vencedor. La tranquilidad de quien hizo todo (y seguramente más, quizá, ay, no lo sabremos, quizá mejor así, bordeando lo legal) lo que estaba en su mano, la calma de quien dio todo lo que tenía, cuando tenía que hacerlo. 

De pronto, quitando la mugre de una sopa instantánea pegorroteada, sentí una extraña calma en mí de ciclista retirado. Como si durante estos años pasados hubiera hecho lo que estaba en mí para conquistar ciertas metas, mucho más discretas e invisibles que las de Miguelón. Como si tocara relajarse un poco, aliviar un poco la tensión de la pedalada, como si llegara el momento de cambiar de desarrollo, y mecerse en la suavidad del llano. 

Una nueva paz me invadió entonces, y me sentí satisfecho de las etapas realizadas, de ciertos esfuerzos llevados a cabo, y que fueron llevados a cabo cuando tocaba. Unos esfuerzos que puede que incluyan trofeos con otros esfuerzos posteriores, pero esos no me infunden tanto respeto.



10.1.12

Pensar y no pensar

Hace unas semanas, en esos días prenavideños que tanto me gustan, escuché a Sergi Bellver defender su cuento dentro de la recopilación titulada Doppelgänger, sobre el tema del doble. Uno de esos temas como tan míticos de la literatura, que si tenemos un doble, que si hay otro por ahí, que si no somos tan especiales, y que a mí en general me interesa lo justito. A los que estaban ahí presentes, en la librería La Buena Vida, como Juan Carlos Márquez, les interesaba un poco más. En el caso de Bellver, habló de cómo se había inspirado en el primer Vincent Van Gogh que existió, una criatura que apenas vivió unos meses, o quizá menos, y que al morir fue reemplazada por el nuevo Vincent, un segundón que a buen seguro sus padres quisieron menos.

De algo de eso iba su cuento, creo recordar, pero el caso es que me hizo pensar. No tanto en los problemas identitarios del segundón Vincent, sino en el hecho de que para escribir ese cuento había que haberlo pensado antes. Pensé entonces en que en los últimos tiempos apenas pensaba, sumido a todas horas en entretenimientos y ocupaciones de distinta ralea. Y más desde el 17 de septiembre de 2011, fecha en que incorporé a mi bolsillo un smartphone, que me alivió sobremanera esas otrora esperas coñazo en la fila del DIA, pero que también me quitó un poquito de ratos de librepensamiento.

Viniendo el otro día en coche con una amiga que tiene una vida mil veces más ocupada que la mía, me comentó que a veces se bajaba al parque, libre de toda distracción. Sin móviles, libros, periódicos, ni nada. "Así me obligo a pensar". A veces me sorprendo a mí mismo largos ratos aporreando la guitarra en torno a un solo acorde, rodeándolo hasta darle forma, como un Oteiza del sonido (hoy por cierto he soñado con Oteiza, qué raro, que le llamaba por teléfono, para hablar, en plan grupi). Ratos en que la matemática del cuerpo, en este caso de la mente, te está diciendo que dejes la mente un poco en blanco. 

Porque a menudo depositamos la mente en cosas, que nos hacen pensar, pero que también fijan nuestro pensamiento, lo acotan en exceso. Y creo que lo que mi amiga busca en esas salidas es precisamente no pensar, o dejar que la mente vuele sin patrones para, de pronto, alumbrar una idea, un pequeño hallazgo, una conclusión simpática, meramente abstracta o aplicable a nuestra vida. 

Me lo monto mal, porque siempre intento estar liado con algo, aunque esos líos no coticen en ninguna seguridad social y rara vez se traduzcan en bienes materiales. Hay que dedicar más tiempo a ese pensar que es un no pensar, a ese dormir despiertos que es dejar que la mente haga de las suyas, como cuando al despertar sentimos un extraño deseo de quedarnos quietos, sentados al borde de la cama, con el cerebro recomponiendo las fichas de nuestra existencia.

4.1.12

Esta tristeza

El otro día llegó a mi buzón, el de verdad, ese que sigue ahí aunque el mundo se suba a la nube y los macarrones con tomate sean en versión 2.0, llegó, digo, un poemario: Veinticinco poemas por el precio de uno. Lo envía David de Paso, seudónimo de un "amigo en el horizonte", como decía su dedicatoria, firmada, no quiero pensar mal, el día de los Inocentes. 

Lo cierto que es acometí su lectura con voracidad de yonki cultural con el mono. Y me leí la mitad del librito, y dejé la otra mitad para mejor momento. Uno de los poemas me pareció de una impecabilidad, palabro, pasmosa.

V

Esta tristeza
no duele
está en otro sitio
me rodea
quizá sea
tu ausencia
o puede
que la mía propia
es un dolor
en las cosas
que toco
que impregna
mis palabras
también ellas
están en otro sitio
lejos como los adentros
esta tristeza
es un dolor
que no siento
como un grifo
bajo el agua
como una almohada
contra la boca.

Esta tristeza
no importa
o importa tanto
como las cosas
que se olvidan
o se pierden
sin saberlo.

2.1.12

Ya sabéis dónde está la puerta

Amenazo con arrancar una nueva entrega del Macropost, pero esta vez en inglés, with a pair. We will see. Pero antes, el post prometido, que no pocos esperaban con ansia. 

Nos remontamos a octubre de 2007, en la redacción de un periódico en el que acababa de ser contratado. Era una publicación digital aún sin lectores, sin contenidos, sin canales de distribución, y durante meses nos dedicamos a jugar a periodistas, como los niños juegan a mayores cuando montan castillos Exin. Jugar de niños es divertido, porque es lo que toca, jugar de mayores genera sin embargo más ansiedad, porque nos apetece ya pasar a la acción. 

En aquellos compases ensayísticos, se hacían sin embargo cosas un tanto discutibles. Como hacer trabajar los días festivos, como el de la Hispanidad, a los becarios, para que fueran aprendiendo qué era aquello de currar mientras la peña descansaba. Recuerdo a una joven gallega algo quejicosa porque se perdía el cumpleaños de su madre por esa decisión. "En un periódico no hay horarios, ni puentes, ni festivos", solía decir la redactora jefa, orgullosa de aquella medida de probar a trabajar un día de fiesta, aunque fuera redactando noticias al aire. 

Cuando afloraban quejas por decisiones tan tontilocas como esa, que ciertamente eran abundantes, la peña se rebelaba un poco. "Ya sabéis dónde está la puerta", decía esa redactora, desde su jefa de dirección de aquel cuchitril periodístico en que pasaba la mayoría de las horas leyendo revistas del corazón y dictando ordenes con vocación de binguera. 

La puerta, la porte, estaba en su sitio, esto es, a la entrada, o salida, según se mire, y para mí no dejaba de ser un objeto útil que servía para no permitir la entrada a ladrones y maleantes en general. Rara vez la vi con ojos escrutadores, con deseos reprimidos de cruzarla por siempre jamás, y dejar de lado aquel mundo periodístico en el que quería acumular horas de vuelo. La joven gallega, en cambio, se tomó mucho más en serio que yo aquella invitación y la cruzó, para siempre jamás, en cuanto tuvo la primera ocasión. Me pregunto ahora qué fue de ella.

De un tiempo a esta parte, la famosa frase de aquella jefa que pasaba más horas en despachos que frente al teclado, ha vuelto a mí. Una gran puerta aparece en mi horizonte profesional como una gran salida hacia un ansiado bienestar. Una puerta que, una vez cruzada, me permitirá abandonar de una vez por todas ese cierto runrún de insatisfacción, esa nebulosa incómoda que aún no acaba de disiparse, esa hoja de ruta que a menudo se antoja menos esperanzadora que la paz entre palestinos e israelíes. De pronto, ver que no tienen que pasar décadas para alcanzar ese plácido estado, sino que la cosa se puede acometer por un atajo recién descubierto. Al final tan solo se trata de paz, he ahí, oh, nuestra gran conquista. 

Y un día descubrí que el periodismo, y no la literatura, como llegué a creer, me quitaba paz en lugar de dármela. Me quitaba tiempo, y el tiempo es dinero, y no me daba mucho dinero, y la falta de dinero nos quita tiempo, y paz, y la posibilidad de dedicarnos a lo que nos da paz también, que es la cosa creativa. 

Qué jodida paz, amigos, me invade estos días al incluir entre mis posibilidades vitales, profesionales, la de abandonar, cruzar para siempre, esa puerta. Pasarme al otro lado, y cultivar el noble ejercicio del periodismo de modo puntual, como el poeta que escribe versos cuando siente la necesidad, pero no como como esa rutina aplatanante y viciosa. Se impone un cambio, un escapar de estas arenas movedizas que en lugar de ayudarnos a crecer, nos van hundiendo, poquito a poco, cercenando la capacidad de ilusionarnos.
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