Navidades de 2004

Fueron realmente tristes. Más incluso que las de 2000. Fuimos a ver Los Increíbles, con sus sobrinos, el 25, a un centro comercial. Sería la última que iríamos juntos al cine. En la propia película se coció todo, ese click definitivo que mataba, casi de un modo natural, diente que cae, todo aquello. Pienso ahora, cuando vuelvo a mi ciudad, en que fui feliz, pero también en que había un refugio en esa relación ante tanto moskorro pamplonica, un asidero o tabla de náuGrafo en unas aguas internacionales que nunca sentí como mías. No me despedí de aquellos sobrinos hoy ya adolescentes, con bigote y espuma de afeitar en sus neceseres. Luego vino el tsunami, no de las emociones, sino el de Indonesia, esas espumas de gente muertas entre aquellos resort turísticos infames, con sabor a vidas vacías y globalizadas, pivotadas únicamente por el brillo de la moneda más fuerte del momento. El día de la gran ruptura morían miles y miles de familias en un país remoto y complejo, con sus archipiélagos y sus cientos de lenguas. Parecía como un castigo divino por nuestra avaricia, nuestro materialismo bulímico, nuestro modo de andar pisando cabezas. Un castigo incluso merecido que me molestaba sobre todo en cuanto que no añadía precisamente gotas de optimismo en esos días pesados. Empezaba una nueva era y recuerdo con gratitud cómo empecé a descubrir entonces el valor de la amistad, término que hasta entonces apenas había significado mucho para mí. 

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