Ininquietud

Una especie de ¿febrina? que no acaba de abandonarte. La idea de un proceso catarral que se instala en tu organismo al estilo israelí, y de aquí no me largo y te voy ocupando y ocupando, poco a poco, porque yo lo valgo y ahí te jodas. Sin embargo, esta mengüez de tus fuerzas te da también una bienvenida calma, que te aplaca ese tú sobrante que te invita a hacer un deporte que no haces, a escribir o pensar más de la cuenta, a anhelar tomarte un vino, o tres, con la avidez con la que también te tomarías una caña, o tres. La idea de empastillarte y convertirte en un ser mansurrón, sin ideas, sin pulsiones, sin inquietudes, un ser quieto, como solicitante de una VPO para el extrarradio de una comunidad autónoma sin nacionalismos siquiera, estómago agradecido de placidez ininquieta. 

Ver la vida en un solo canal, concentrarme en mi trabajo, cerrar este blog. Vivir de lunes a viernes con la calma del niño que se iba a la cama a las once menos veinte a leer James y el melocotón gigante y que apreciaba la textura de las sábanas, levemente pelosa, y de un color parecido al del yogur cuando le añadimos mermelada de frutas del bosque. Dormir las noches de un tirón, en un viaje a la nada del que uno vuelve como desnortado, ah, la vida, vale. 

Aspirar a ser uno de esos setas maduros que se unen con sus respectivas parejas aburridas. Escuché decir a alguien que si te aburres es porque, durante el día no te has cansado lo suficiente. No puedo estar más en desacuerdo.
Estar cansado ya de entrada, sin necesidad de provocar ese cansancio: poblar de horchata tus venas y ser feliz con la lectura de la prensa deportiva. Hoy, en un diario nacional, Carlota Ciganda, siempre joven a pesar de que llevo diez años leyendo sobre sus progresos en el mundo del golf. Me hace gracia la mención al gran Rogelio, su entrenador, 71 años, ese que la va a llevar a la cima del golf, el mismo que me dio clases a mí a finales de los ochenta y cuyo principal método pedagógico era llamarme ¡cachomelón! 

Qué placentera la ininquietud. 

Que pase ya.



Comentarios

  1. Puede que la RAE termine admitiendo "febrina" si te empeñas, pero el término correcto sería febrícula, que son esas rayitas siempre por encima de 37 y sin llegar a 38, en los desusados termómetros de mercurio, que no llega a ser fiebre, pero el cuerpo siente que hay algo que no va como debiera (batallitas víricas internas, a veces reflejo de de otras batallas). Pero febrina no suena mal, es como la febrícula pero más tímida.

    La ininquietud es un mal siempre al acecho de quienes queremos escapar de ella. Muy placentera para los maduros setas, una cárcel para las parejas nada aburridas de los maduros setas... Mi subconsciente ha puesto dos veces maridos en lugar de maduros.

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  2. Bueno, mi 'febrina' no creo que llegue a los 36,7. Además, se me ha pasado.

    ; )

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