Compra de sábado noche

Hay algo de melancolía disfrazada de alegría, o viceversa, en la noche del sábado. El principio del fin del fin de semana. Pero un reducto aún de libertad y de jovial espíritu festivo. El melancólico placer de las cosas que se acaban, pero aún resisten. Poesía, que no fiebre, del sábado noche. Dice Battiato algo imposible, paradójico, en no recuerdo ahora qué canción: "Quiero vivir el presente, para siempre". 

Algo de eso siento, amigos, cuando me adentro en la poesía del sábado noche, esos sábados maravillosos sin fiesta, o en fiesta privada de intramuros. Cuánto exceso de sábado presuntamente festivo, por cierto, y qué bueno salir por dentro y el recuerdo de aquellas cenas infantiles, en casa, con Informe Semanal, en torno a la mesa baja: queso camembert, caprice des dieux, paté con mantequilla y pepinillos... El lunes acechaba, pero aún había un espacio temporal que hacía de parapeto hasta la horrible hora de la anochecida del día siguiente, con la mortecina música de Documentos Tv: el domingo mismo.

Sábado por la noche, marabunta de consumidores en el Carrefour de Lavapiés. Un viejo detrás de mí en la poblada fila. Es un viejo gris, desgastado, quizá no se haya duchado en semanas, pero que conserva la dignidad en su chaqueta raída. Está entre el homeless y el figodalgo. Deja sus artículos tras mi barra separadora de clientes y analizo sus elecciones: Fabada Litoral, atún en conserva, sardinas en conserva, mejillones en conserva, sobaos Martínez, leche.

Me lo imagino en su casa de, pongamos, la calle Amparo. Un segundo piso. Con un canario medio muerto en el salón y un calendario de los chinos del año 2010 en la cocina. Sartenes rayadas, cocina de gas y un limón azul en la nevera. Hace años que no cocina nada más que de lata y por la mañana aún se permite ese desayuno infantil, magdaleniproustiano, de mojar los sobaos en la leche con un colacao de marca blanca que compra en envases enormes.

El breve descenso a la calle, sentir el frío, la espera en la cola del Carrefour rodeado de gente, le ha sentado bien. Le ha hecho sentirse triste. Es un sentimiento, triste, pero es un sentimiento. Algo es algo. Abre su lata de mejillones mientras se calienta la fabada en un perolo y una brizna de euforia le traspasa el alma. Se la suda el pasado y prefiere no pensar mucho en un futuro que no tiene. Una frase que jamás ha escuchado retumba en sus sienes mientras mastica el trozo de sebo, su parte favorita, de la enlatada fabada: "Yo quiero vivir el presente, para siempre". 



Comentarios

  1. Ese viejecillo digno, que bien descrito. Lo he visto yo algunas veces por las calles de Madrid. La cosa es no terminar como él. Abrazos

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  2. Me acuerdo de aquella decembrina, José Luis, de 1999, en que acudimos al rescate de distintos tipos humanos. Viaje a la 'galería de personajes'. Cuánto romanticismo bohemiete había en nuestras jóvenes pupilas. Espero no haberlo perdido del todo.

    Conservo el retrato que de mi careto hiciste.

    Cenamos en el Económico, cuando aún era el Económico.

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