Notas romanas #3

El domingo 4 de noviembre, descubrí Roma por primera vez. Antes había visto retazos, pero aquel domingo, día que coincide con el nombre de una avenida de postín, Quatre de Novembre, me lancé sobre la romanidad toda, con un entusiasmo que comenzó fuerte pero que fue menguando conforme pasaban las horas. Demasiadas horas de flaneurismo solitario, un poco hasta la coroniglia, ya.

Levemente perdido en esa ciudad sin indicaciones para el turismo (fotografié un establecimiento con un cartel: No damos información, por respeto a nuestra salud mental), penetré en una iglesia, una de tantas. Y antes pensé que me parece extrañamente extraño que aún andemos por las ciudades con la única guía de nuestros sentidos, un mapa arrugado en el bolsillo y en el mejor de los casos una Lonely Planet. Habrá quien se apañe con alguna aplicación en su teléfono inteligente, pero me asombra esa pereza ¿institucional? que priva a los visitantes de una ciudad como Roma de una tecnología, vía smartphone, perfectamente preparada para ofrecer información inmediata al viajero. Las ciudades son los museos más valiosos del mundo, pero parece que no nos damos cuenta. 

Después de la breve filípica, que servirá para que algún comentarista me ilustre con la de cientos de aplicaciones para el móvil que hay sobre Roma, entraré por fin en esa iglesia cualquiera, una de tantas. En la postal que adjunto veo que se llama Santa Maria in Aquiro, y estaba cerca de la piazza della Rotonda, do se sitúa una fenomenal columna al estilo de Trajano, cuyo nombre no pude conocer por no haber ni un solo cartel en toda la plaza*.

Accedí a la iglesia, a las 12.34pm, y daban misa. Un cartel a la entrada mandaba elegantemente a la mierda a los turistas mientras el servicio de misa, así que me convertí en subito feligrés y aquí no ha pasado nada. Llegué en ese momento como euforiquillo del final de las misas, en que la gente se anima porque llega la hora de la manduca y, básicamente, se acaba el rollo del día y a otra cosa mariposa. Me fijé en el cura, un tipo setentón, con un entusiasmo cristiano a prueba de guerras santas. ¿Cuántas misas similares, con cuatro gatos como en aquel domingo de noviembre, habría oficiado? ¿Cómo lograba no caer en la desidia de una rutina repetida día tras día, cómo hacía para llenar de vida esos textos de siglos, repetidos hasta la saciedad por generaciones y generaciones? El caso es que lo hacía, y lograba transmitir algo que enseguida juzgué como bueno. Una sabiduría que el típico turista simplón, quizá yo mismo lo fuera, no alcanzaría/mos nunca, de no hacer un pequeño cambio en nuestra actitud vital. 

Me sorprendió cómo besó la mesa sagrada, conocida como altar, y cómo el ósculo clerical retumbó en toda la iglesia, gracias no a la obra divina sino al sistema de megafonía discretamente colocado en los principales rincones del templo. 

No sé ahora poner nombre a las sensaciones que me transmitió aquel curica romano, pero fueron buenas, digo. La reciente lectura de Biografía del silencio, de Pablo D'Ors, que recomiendo vivamente, ha dado forma verbal a ideas que noto se están cociendo en mi interior en los últimos años. 

Dice D'Ors, precisamente, que hay un momento en que uno deja de ser vagabundo para ser peregrino.




*La Columna de Marco Aurelio es un monumento de Roma, construido entre el 176 y el 192para celebrar, puede que después de su muerte, las victorias del emperador romano Marco Aurelio (161-180) contra los germanos y los sármatas estacionados en el norte del curso medio del Danubio (Guerras Marcomanas).
Trata de una columna con un relieve en espiral, construida a semejanza de la Columna de Trajano. Se ubica en el sitio en el cual fuera originalmente emplazada en la Piazza Colonnafrente al Palazzo Chigi. Esta columna ha servido de inspiración para posteriores estatuas delRenacimiento. (Wikipedia)

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