Notas romanas #2

El bar romano que figura a pie de página merece estar presente en cualquier guía sobre bares romanos, aunque ello pudiera conllevar su muerte por éxito. Me atendieron dos canosos señores, pongamos que se llamaban Giuseppe y Roberto, con una amabilidad imperceptible pero que yo juzgué como tal. Iba de traje prenupcial y me sentí bien de esa guisa por las calles romanas, por esta via del Governo Vecchio, 122, en que di a parar, por casualidad, con esta cafetería llamada bar. 

Pedí un cafe latte y un cruasán o croissant que me tradujeron como brioche, y esperé en la calle, en unas mesas metálicas, a que me trajeran mi primera ingesta del día, eran las once, faltaba una hora para el enlace católico, apostólico y, nunca mejor dicho, romano. Porque cuando uno está en Roma siente que Cristo nació por ahí cerca, en alguna catacumba, y no en Belén o demás tierras áridas. Siente también que está en el epicentro, dónde si no, del catolicismo, como si fuera una religión con denominación de origen, parte incluso del folclore de la ciudad. Como el blues en Nueva Orleans. 

Leí la prensa italiana en la calleja romana, mientras escrutaba a unos autóctonos, sesentones, vestidos de una guisa, bufanda de varias vueltas, zapatos amarillos tipo Panamá Jack, inimaginables en el sesentón medio de un Madrid. Aprendí, con unas declaraciones de Jack Lang, exministro de Cultura francés, que 'tagliare' significa 'recortar', porque lo decía mucho en una noticia breve, en relación a la lamentable política de austeridades en ese campo. Pensé que 'tagliatelle' debería ser pasta con corte especial. Luego me di cuenta de que mi gran descubrimiento, 'tagliare', cuando usé incluso la palabra con un director de cine llamado Fernando Muracca que prepara una peli sobre la mafia calabresa o 'Ndragheta, se parece demasiado a la vieja conocida 'tallar'. Vamos, que es la misma. 

¿Tagliatelle = tallarín? 

Eso parece.

Me sirvieron el café en vaso, al estilo de Madrid, y el café sabía como cualquier café español, y sus efectos eufóricos no tardaron en brotar en mí, cuando me dirigí, elegante, hacia piazza Navona y todo lo que veía me parecía maravilloso y una grieta de esperanza se abría paso. Todo era posible, como que Giuseppe y Roberto te cobraran 1,80 euros por un cafe latte en pleno centro de Roma y los deseos de tus amigos se cumplieran una hora después y, ¿por qué no? quizá los tuyos propios.



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