Notas romanas #1

Qué bonita es Roma, te va a encantar. Cuando pasees por el Trastevere, no podrás evitar que te brote una sonrisa en el rostro. Algunas de estas frases resonaban en mi interior cuando, en efecto, paseé por el Trastevere, un domingo de noviembre, por la tarde. Estuve fisgando entre los pequeños restaurantes, todos apetecibles y en uno u otro pedía una tarjeta "per fare la reservazione dopo", aunque luego no llamara. Y qué pronto cae la noche en Roma, tan al este, y que poco frío hace en Roma, y llueve en Roma, porque a pesar de todo es una ciudad verde. 

Con un 'bouquet' de nostalgias e invitaciones a la melancolía en el bolsillo, al que se sumaba esa resaca humana que viene tras toda boda o celebración amiga, la nostalgia de esos momentos irrepetibles que, en efecto, te recuerdan su irrepetibilidad en cuanto cesan, me di un paseo solitabundo en el que advertí, como me quedó claro también en París en junio de 2011, que aquello de "non, je ne suis jamais avec ma solitude" no cuela ya. 

Y esos alcoholámenes que cada vez pasan más factura anímica y que fermentan en mí unos humores que, a la altura del rugiente Tíber, me provocaron un síndrome para el que no tengo nombre, así que así queda, anónimo el síndrome del Tíber.

Las ciudades nos hablan. Nueva York me habló, y no me gustó del todo su mensaje, y en Roma recibo la solemne impresión de quien tuvo y retuvo. La paradoja de que el epicentro de nuestro mundo conocido, el imperio que marcó incluso nuestra forma de hablar, como demuestran estas letras, haya quedado hoy relegado a contenedor de obras maestras. La capital del primer imperio, ciudad de turismo, servicios y administración. Atascos de coches diplomáticos con lunas tintadas. Pasear por el citado Trastevere e imaginar las peleas de Caravaggio con los embrutecidos tipos de la época, en esa Roma que se recuperaba del saqueo a manos llenas del emperador Carlos V de Alemania y I de España está bien, pero llega un momento que queremos salir del museo.

Entonces era una ciudad viva, inmersa en su propio renacimiento; ahora me supo un poco, y perdonen las negruras de Brumario, a una ciudad-museo, ciudad-objeto, ciudad-florero, ciudad congelada en treinta siglos de pasado, resignada a vivir de las rentas, de sus impresionantes rentas, sus monumentales rentas del ayer. 





Comentarios

  1. Algo parecido pensé yo. Tiene un pasado tan poderoso que apenas tiene presente. Así lo escrituré en www.eurohaikus.blogspot.com

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  2. Gracias por el comentario, Lorenzo.

    Vuelvo a agregar tu blog a la lista de bitácoras activas.

    abrazuelos

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