Las manos de Aute

Hay una anécdota que contó Paul Auster o quizá fuera Vicente Molina Foix, cuando presentaron Diario de invierno el pasado ídem en Madrid, sobre Joyce y una fan. "Qué honor estrechar la mano de quien ha escrito el Ulises", le dice la admiradora al escritor irlandés, después de ser presentados. "Sí, pero recuerde que esta mano ha hecho otras muchas cosas", respondió el novelista borrachín. 

Acudimos a La Casa Encendida a escuchar Caballero Bonald, nacido en 1926, sin saber que también escucharíamos a Ana Rosetti, madre de Ruth Gabriel, a Clara Janés, madre de la escultora Adriana Veyrat, a Manuel Vilas o a Luis Eduardo Aute. Se sentó Aute, pasaba por aquí, delante de nosotros, con su chaqueta de pana más pasada de moda que el saxofón y ese pelo que es mezcla entre melena y calvicie, y amarilleo del tiempo con matices de vejez joven o así. 

Total que sus manos entraron de pronto en mi campo de visión, mientras en mi campo de escucha sobrevolaban erotismos varios de boca de esas mujeres maduras pero de espíritu ardiente y fogosón. Una manos huesudas, sobresalientes, un poco de matón de los cómics de Ibañez, manos avejentadas, manos llenas de nudillos. Manos de expresionismo alemán, como el cuadro que vimos horas antes en el Reina Sofía (que nombre más pelotillero para un museo como ese).

Vi esas manos en septiembre de 1999, en el velódromo de Anoeta, en un concierto compartido con Silvio Rodríguez, en la gira Mano a mano. Esas manos habían compuesto decenas de canciones, habían hecho miles de arpegios sobre miles de cuerdas de guitarra. Habían estado frente a cienmiles de públicos distintos, en otros cientos de ciudades europilatinoamericanas. Esas manos también se habían mojado en la noche, canta la canción, pero sobre todo tenían unas horas de vuelo musicales  capaces de tumbar a cualquier cantautor guanabí. Y ahí estaban, a un metro de mí, sobre las rodillas de sus flacuchas piernecillas, como unas manos cualquiera que no son.

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