La lavadora de Christoulas

Hace un par de semanas y pico pude ver la obra, o microobra, La lavadora de Christoulas, escrita por Javier Sahuquillo, en el invento este tan curioso del Microteatro por Dinero. Por un error técnico, nos colaron en la obra equivocada, una especie de thriller psicosocial sobre ofertas de trabajo y pesadillas que podría haber firmado un Amenábar imberbe, que nos dejó, a mí y a mi simpar acompañante, un sabor de boca de difícil definición: estimulante, para mí al menos, en cualquier caso.  Observamos la obra en calidad de reyes de la dinastía de Trastámara, ya que éramos los únicos espectadores en ese cuartucho que otrora fueran putiferios, reciclados para la ocasión en microespacios escénicos. Joder, si los espacios hablaran. En cada uno de esos espacios mínimos hay más vida que en todo Groenlandia y a mí eso me excita los sentidos, y empieza la obra y estoy más pendiente de esos elementos circundantes que de  la obra en sí y en el celo que ponen los actores en ser verosímiles y en dar lo mejor de sí sobre los pequeños metros cuadrados de tablas. 

Total que salimos del microcuartito, tras apenas un microrrato, y vamos a felicitar al director de la cosa, que resulta ser de Pamplona, hola, qué tal, enhorabuena, y al dramaturgo en cuestión, al que también llenamos de los parabienes que proceden en estas situaciones, hasta que ocurre algo, una situación teatral fuera de escena, out of screen, cuando me pregunta que qué nos ha parecido el actor de la bata blanca (o la azul, no recuerdo). En el thriller psicosocial no había actores con tal indumentaria, y me escamo. ¿Actor con bata? ¿Cuál? Por fortuna, no nos explayamos mucho en el coloquio sobre una obra equivocada, aunque de ahí podríamos haber sacado un jugoso texto surrealista que ni Ionesco en sus mejores horas. 

Volvemos a la obra, previo pago de otras dos consumiciones a cinco euros la ronda, será eso lo del Microteatro por Dinero, y nos enfundamos otra vez o en nuestros roles de señores de Trastámara que asisten de nuevo a una función de teatro en exclusiva para ucencias, ya que volvemos a ser el único público. Y ser el único público tiene algo que tensa los músculos, las neuronas, no acaba de ser cómodo. 



De nuevo, adaptarse al nuevo espacio, y quizá tengo algo de paleto irredento cuando voy al teatro, ya que necesito unos minutos para habituarme al nuevo hábitat, y me distraigo con facilidad: no deja de ser asombroso el hecho de ver unos tíos convirtiendo el cine en realidad. Y llegamos a La lavadora de Christoulas, de la que quizá poco tengo que decir, más allá de que valoré muy mucho la actuación del tipo, ahora así, de la bata azul, en su interpretación de un expresidente medio tarumba que amenaza con tirarse por la azotea. Me gustó la idea de jugar con los expresidentes en plan seniles, los guiños de las batas rojas y azules, y quizá no me convenció tanto la pretensión alegórica de la cosa, como querer resolver los males de España, y de la eurozona toda, en tan escasos minutos y tan reducido escenario. 

Dicho esto, disfruté con los diálogos de los personajes, en un texto que se adivinaba rico, trabajado, que sudaba una cultura teatral que su padre, especialista en Jardiel Poncela, deja claro que atesora. Dicho esto y lo otro, yo recomiendo lo siguiente: ir a ver La lavadora de Christoulas, pero verla dos veces. Una, para la composición de lugar; otra para el análisis fino que este post no ha logrado. 

Comentarios