El móvil de Tomeo/Romeo

El miércoles pasado, evoco mucho la semana pasada, acudí a la presentación de los Cuentos completos, de Javier Tomeo, en edición de Páginas de Espuma dirigida por Daniel Gascón. Es este Tomeo un tipo como de otra época, simpático, aragonés de pro, con esa pinta de aragonés que solo tienen los aragoneses: manos fuertes como de campo, rostros macerados por el sol de los Monegros, pongamos, bonhomía insobornable, rostro nada esquivo. A los aragonese se les ve bien, salen en las fotos con rotundidad, están bien definidos sobre la Tierra, son seres terrenales, si fueran un fruto serían un tubérculo, nunca una cereza o un fruto de altura. Habrá alguno hijoputilla, pero la mayoría de los que conozco tienen escrito en la frente el tag de buena gente, y perdonen por esta generalización sociogeográfica. ¿Tienen sentido hoy? Quizá sí. Hace cincuenta años el aragonés era muy aragonés y no había salido de su pueblo en su puta vida. Llevaba siglos de aragonesismo en su sangre y eso no se borra con una beca Erasmus y el consumo repetido de muffins en cafés de Malasagna. 

Hoy he pasado del descafeinado de máquina al manchado, en mi refugio del Pepe Botella, en una mesa que me trae recuerdos, por cierto: un 4 de marzo de 2009 y un 3 de octubre de 2012. Me han pasado cosas en este bar, me han pasado ya muchas cosas en Madrid. A veces pienso que vine a esta ciudad a que me pasaran cosas; pues bien, ya me han pasado unas cuantas. ¿Me vuelvo a mi casa? Creo que esta es mi casa, ayer lo pensé, después de la presentación de 'Reykjavik 11', de Raúl Portero, en la calle Libreros 3. Volví a mi actual piso, que abandonaré por cierto a finales de año, como un neoyorquino que vuelve a su piso neoyorquino. Vive en una ciudad tan poco acogedora como Nueva York, pero al final ha encontrado su hueco en ese lugar y no quiere estar en otro sitio. Es bueno empezar a tener alguna cosa clara; al menos el lugar de residencia, el centro de gravedad permanente. Pensé más, incluso, el otro día, después de una charla con Fernando Marías: la idea de quitarme la provincia, entera, de la cabeza. Mantenerla como despensa fértil de los afectos y recuerdos, pero no como patrón de nada. Desprovincie en modo on y odio eso de modo on.

Hoy he pasado del descafeinado al café manchado y por esta blogorrea, estos dos párrafos completamente ajenos al tema en cuestión. Me da igual. Es mi fiesta y lloro cuando quiero. El móvil de Javier Tomeo tenía el móvil de Félix Romeo, malogrado escritor, aragonés también, fallecido con apenas cuarenta y pico en octubre pasado. Decía Tomeo que aún no había borrado su número del móvil, y que le costaba mucho la idea de hacerlo. Aceptar la muerte definitiva de la gente y de las cosas, el hecho de que hay personas que ya no volverán, que se fueron para siempre. Creo que hay una rebeldía innata ante ese hecho, sobre todo si estas salidas de escena se producen antes de tiempo, inesperadamente, abruptamente. Confesó Tomeo, que gasta unos saludables ochenta años, que muchos amigos se habían ido ya, y que era algo que había que asumir, pero que en los casos tan prematuros se hacía más difícil.

Pero Tomeo se resiste a asumir la muerte de su amigo Romeo. 

Y lo entiendo porque también yo me resistí a borrar la entrada papamovil de mi propio teléfono, y ahí estuvo campando unos cuantos años, haciéndome compañía de algún modo, y no sé si eso es bueno o malo, quizá una debilidad comprensible.
Hace un tiempo llegó hasta mi muñeca un trocito de tela especial que anudaron junto al reloj Hamilton Khaki que me regaló mi hermano mayor. Pensé que quizá habría que cortarla, pero me rebelo, me resisto, me aferro al juego. ¿Postergo? No lo sé. Estoy transformándome.

Comentarios

  1. Aquí otra aragonesa huerfanita muy desprovinciada con varias casas a cuestas no borra tampoco la entrada de Papi en el móvil.

    No te cortes la cinta a menos que ya no te guste o no la necesites.

    Bonito, tierno, sincero post.

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  2. Me ha gustado descubrir esta palabra y su acepción: bonhomía.
    Del francés bonhomie
    "La voz bonhomía es un galicismo: está incorporada en el léxico francés desde el siglo XVIII. Formada por ("bon"): bueno y ("honme"): hombre. La bonhomía es la sencillez unida a la bondad en el carácter y las maneras".
    Profunda palabra.

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