El Facebook de nuestros abuelos

Hoy me escribió mi hermano para pedirme el contacto de una amiga, a saber, la autora del exitoso Cómo no ser una drama mamá, que en el momento en que escribo estas líneas irá ya por la tercera edición. Le he pasado la información solicitada y, más tarde, he recordado que su familia tenía una tienda, con el mismo apellido que ella, a pocos metros de nuestra casa. Uno de esos nombres fijados en el imaginario personal de la infancia, el 'naming' de nuestros recuerdos más borrosos. Ahí van algunos míos: Viajes Vincit, seguros Winthertur, cafetería Spada, calzados Erviti, Bahía snack-bar, pastelería Florida, dulces Unzué. 

Me he acordado entonces de esas conversaciones, más bien monólogos, que mantenía con mi abuela, en su mítico y añorado sofá. Era fascinante comprobar cómo saltaba de una a otra biografía con memoria de elefante: "José Luis venía mucho al bar, porque trabajaba en un taller que había cerca, que era propiedad del tío Jesusín, que estaba casado con Maricristi, que era prima carnal de Pedro el de la pescadería, con el que montó una mercería en San Sebastían, antes de que le diera un infarto". 

Habrá quien diga que en ese relato hay un deje descaradamente provinciano y yo me pregunto si eso es malo, inferior. ¿No es acaso un relato netamente humano, como un repaso desde la distancia a la propia comedia humana en la que uno ha sido espectador y actor a la vez? Nadie acusa de provinciano, o más aún, pueblerino, al Macondo de Cien años de soledad, cuando en realidad nada más hiperlocal que el Aratacama gabrielgarcimarqueciano.

(Dicho esto pienso en si es posible la gran novela desde la abstracción de la gran urbe. Porque la gran ciudad rompe esos lazos estrechamente definidos con los que se entretenía mi abuelo, ese laberinto infinito de personajes vitales. Y me respondo rápido: sí: La educación sentimental, de Flaubert.) 

Quizá el éxito de Facebook sea, precisamente, poner remedio a esa carencia, y crear una red social, humana, como con la que trabajaban nuestros abuelos, o como la que aún se usa en provincias: tan denostada como recurrente. Todo el mundo rechaza a priori, el no-anonimato, pero nadie se libra del pormenorizado análisis por no decir cotorreo social de los habitantes de la pequeña ciudad-red. 

Y las referencias a personajes que solo conocemos de lo virtual son cada vez más frecuentes. Es un volver a ese Facebook de nuestros abuelos, más o menos provinciano, quién sabe, pero en el fondo fieramente humano. Madrid, pueblón manchego, decían los del 98.


                                                             

Comentarios

  1. Es que lo social no distingue entre analógico y digital, amigo. El intentar verlo así es artificio o limitación.

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  2. Bueno, ese es su punto de vista, estimado. Pregúntele a Juan Luis Cebrián si lo digital y analógico es lo mismo. Claro que habla usted de lo social. En lo digital, se reproducen pautas de lo analógico. Pero no deja de ser digital. Como el cibersexo es cibersexo, pero no sexosexo (aunque también es sexo).

    En fin, me temo que esto ha tomado los tintes de la clásica discusión semántica. Saludos.

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