Confederación de aldeas

Le pregunto a Manuel Rivas, en la entrevista por su 'Las voces bajas' (Alfaguara), la cosa no muy aguda (prefiero que se luzca él, no yo) de si el contexto rural es más literaturizable, por concreto, porque pasan cosas, porque hay vacas que paren y cerdos que matar, que el mundo a priori más abstracto de las grandes ciudades. Dice Josep Pla en su muy recomendable 'Madrid, un dietario, 1921', que el tipo escribió con veintimuypocos, que las ciudades son abstractas, son para el hombre solitario, y dice solitario cargando en la palabra las peores tintas, y siempre me ha acompañado esa cita, algo mohína, que nos presenta la ciudad como un ente poco menos que fantasmal. 

Entonces Rivas me desmitifica un poco la cosa de alabar la aldea, y dice algo así como que es el animal el que ata al hombre, y no al revés, y que qué liberación cuando se fueron a la ciudad, a un Castro suburbial de La Coruña que al final fue succionado por el avance urbanístico. Y dice que la gran ciudad es una "confederación de aldeas", y yo digo que sí, pero más desperdigada, sin la cohesión de las puertas del campo, y él añade lo del lugar y no-lugar, y yo añado que también hay no-vecinos, pero aún y todo me gusta el concepto y me ayuda a desdibujar el otro, el abstracto. 

En calle Hernán Cortés veo a un repartidor de cervezas y veo ahí un rasgo de la aldea, el del suministro de bienes casa por casa; en la parada de Embajadores un empleado del metro saluda a una señora con total calidez, como si se conocieran desde hace décadas. Injertos de una vida no ya provinciana, decíamos ayer, sino netamente aldeana, del puerta con puerta y el origen milenario de la vida en comunidad, que se desperdigan incluso en los rincones de Manhattan y que se presentan ahora como un  nuevo entretenimiento para el alegre paseante encafeinado.


                                                            Cráneos de búfalos, 1870 (Retronaut.co)

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