Móviles vivos y muertos


Recuerdo un juego que nos gustaba de pequeños, gusanitos vivos y muertos. Se trataba de encerrarse en una habitación, a oscuras, y que no te pillara la personilla con los ojos tapados, oscuridad sobre oscuridad. Tengo el móvil más muerto que vivo, algún fallo técnico le provoca una muy poco autonomía de batería, y en apenas dos horas fuera de casa se apaga. Me recuerda a esos enfermos que cada vez están menos despiertos, y que invierten la rutina del sueño, siendo lo normal estar dormido y lo raro estar despierto.

Pienso también en que hay móviles vivos y móviles muertos. Los vivos son aquellos en los que las vibraciones de las distintas aplicaciones para la comunicación nos dirigen, mentalmente, hacia una persona, una sola, entre la vasta cascada de nombres y contactos. Alguien, de pronto, se hace con esa titularidad, ese maillot de exclusividad al que, si tuviéramos que vestir un color, elegiríamos el blanco, que es puro y es todos. Sobresale ese alguien entre los demás y convierte la impersonal vibración del WhatsApp en una pequeña celebración. Como sentimentales perros de Pavlov, llegamos a a asumir esa vibración con su remitente y el sonido nos gusta incluso.

Pero un día la burbuja se pincha, y ese teléfono móvil vuelve a convertirse en objeto más de la vida cotidiana, como lo son la batidora, los altavoces del ordenador o la impresora. Una aparatosa carcasa vacía, muerta, privada del mágico poder que tuvo hasta entonces.

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