22.8.12

Las guitarras de Zabalza

Irte de vacaciones, aunque sea a tu ciudad natal, sin guitarra es como hacerlo sin esos enganches modernos (móvil, WhatsApp, Instagram, FB, TW...) de los que no queremos desconectar del todo. Como que falta algo. Como que hay una pulsión que no acaba de saciarse y soy tonto porque una pianola no, pero una guitarra es un objeto más o menos portátil.

En esta carencia guitarril me acordé de Joaquín Zabalza, el querido profesor con el que me inicié hace ¿veinte años? después de ver un discreto anuncio, "Clases de guitarra", en la casta sección de Clasificados del Diario de Navarra. Fue en un agosto como este, y yo iba muy feliz a esas clases, en un paseíto muy grato y soleado por esa Pamplona que yo llamo para mis adentros la 'Pamplona italiana', y que comprende la plaza San Francisco, la calle Hilarión Eslava y la vieja tienda de Pianos Luna, el rincón de la Aduana (sobre todo antes del párking), el conservatorio que se ve desde la calle San Francisco y la calle Mayor, en cuyo número 54 encontramos una placa en memoria de Zabalza y Alberto Huarte, dos de los cinco integrantes de aquel grupo de gloria efímera, Los Iruñako, que se separaron en 1965. Los conocían como 'los Platters navarros' y se embarcaron en una gira de dos años por todo el mundo cuyo ritmo no todos los músicos estuvieron dispuestos a soportar. Joaquín Zabalza optó por mantener firme su centro de gravedad permanente y dedicarse a la enseñanza, pero sin renunciar a algunos hitos hiperlocales: suyo es el himno sanferminero de "A San Fermín pedimoooos, por ser nuestro patrón", que cantan cada mañana los corredores, segundos antes del encierro.

Me acordé de Joaquín Zabalza, y aquel agosto de mazurcas y vals del soñador, pero sobre todo de sus guitarras, imagino que ahora abandonadas tras su muerte, en marzo de 2005. Tendría unas doce, en un par de cajas a lo largo de la buhardilla de calle Mayor, 54. Me gustaría saber qué fue de ellas, si enmudecieron para siempre, si se quedaron tiesas, en sombra, en un desafine perpetuo, ablandándose, derritiéndose como los relojes de Dalí. 

Quizá el mejor homenaje hacia esas personas buenas sea acercarnos a sus objetos y mantenerlos vivos de alguna manera. Tocar, simplemente, sus guitarras, y devolverles la magia, como aquel grupo que él dirigió llamado, precisamente, Guitarras Mágicas.

Foto del grupo aún en activo, en lo que parece ser una azotea de Nueva York.
Joaquín Zabalza es el tercero por la izquierda. Foto: Javier Bergasa.

2 comentarios :

  1. Hermoso recuerdo. La cordura de una guitarra nos recuerda a veces las carencias del alma y la cadencia del tiempo.

    Salud

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  2. Gracias, Manuel.

    Después de una pequeña 'investigación' me entero de que el dueño de esas 'guitarras mágicas' las fue regalando a amigos y alumnos cercanos, en su último año de vida.

    Me gustó saberlo.

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