23.7.12

La crisis de España, en la piscina municipal

Este sábado me acerqué, con maese Holzer, a la piscina de Lago. Hace varios veranos que de vez en cuando me dejo caer en piscinas públicas, cuando no me apetece o no procede hacer de gorrón piscinero en las privadas. Es la primera vez, en toda mi biografía piscinil, que veo semejantes colas, o filas, para acceder a dichas instalaciones dedicadas al sport y esparcimiento de las gentes de bien.

Nos pegamos unos veinte minutos, a la solana, esperando que llegara nuestro turno para pagar los 4,95 euros que costaba cada entrada. Ya algo desubicados por la situación y sol sobre nuestros cerebelos, estuvimos a punto de pedir sendas localidades para 'El caballero oscuro', en una amnesia fugacísima que nos hizo pensar que estábamos en una versión estival y al aire libre de los Baciyelmo Cineplex. 

La conclusión es evidente: menos gente que se va de vacaciones, más gente que opta por eso que los anglosajones llaman staycation, que viene siendo, mayormente, quedarte a nivel de lo que viene siendo tu puta casa en verano y como mucho ir a veces a liberarte del calorón en el piscinuz más cercano. 

Ya dentro, tuvimos la santa suerte de encontrar cuatro metros cuadrados de yerbín libre que parecía estar esperándonos, extraño páramo desierto en esa hiperdensificada población de piscina, en la que no escaseaban los gays luciendo abdominales, negros parientes lejanos de Balotelli, y maniquíes de peluquería de barrio obrero luciendo sus firmes pechos operados, en animada charla, a teta descubierta, con esa negritud que no daba signos de alteración en la única zona tapada de sus fornidos cuerpos.

Lo normal, lo habitual. Ser ciudad.

La segunda evidencia de que esto de la crisis va en serio la vi en la ausencia de una magnífica biblioteca que hubo otrora. En su lugar, un gran vacío en el que dos chavales escuchaban reguetón a través de sus auriculares portátiles. Antaño, libros elegidos con amor, con títulos de Anagrama, Tusquets, Seix Barral sin olvidar novelas históricas y demás, pero de las presentables a tu suegra.

Crisis económica, pero también una crisis que nos deja sin libros en las piscinas, y ahí el aspecto triste de la cosa. Otro aspecto triste, el de los dos periódicos nacionales que yacían abandonados en el hueco que antes cité, sin que nadie pareciera pelear por ellos. Los leí agustamente, pero con un raro resquemor hormigueándome las sienes.

David Hockney - A bigger splash



6 comentarios :

  1. Quizás lo raro fuera antes. ¿Una biblioteca en una piscina? Nunca he entendido lo de llenar de libros todo, como si con ello se hiciera un bien a la cultura. Una piscina es para piscinear.

    ¿Por qué nunca han hecho al contrario, poner piscinas en las bibliotecas? Porque supongo que nos parecería absurdo. Pues eso.

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  2. A mí leer en la piscina me parece una actividad bastante piscinera... Desde niño lo hago.

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  3. Quizáss sea yo, que me parecen absurdas las piscinas. Me han dado siempre un poco de asquete. De todas formas nada tengo contra los que se llevan un libro de casa a donde sea porque yo lo hago. He leido en sitios extrañísimos.

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  4. Me cuesta leer en las piscinas o en las playas; la gente hablando en voz alta y los críos llorando no me dejan enfocar en mi lectura. A menos que estoy en la piscina o en la playa temprano antes que llegue muchedumbre.

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  5. Desconocía esa útil palabra anglosajona, staycation. Como es lo que voy a hacer este año, me la apropio. Muchas gracias por descubrírmela. Y estoy encantada de haber aterrizado, por casualidad, en tu blog. Seguiré psándome por aquí.

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  6. Pues muchas gracias, Elena y un saludo de bienvenida.

    ; )

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