4.7.12

Fy


Tercer y último día de mi estancia en La Reserva. Me voy el jueves, pero será uno de esos días no-días, de ir del sitio A al sitio B, cosa que bien mirado siempre tiene algo de aventura, de road-movie, de día en sí mismo. Porque no disponer de coche convierte los desplazamientos en algo impredecible. A la ida, el conductor del autobús se saltó mi parada, San Juan de Luz, y me consoló con que me dejaría en Bidart. Le dije que vale, sin protestar. No me podía dejar en la carretera, tienen las paradas asignadas por ley e infringir esa norma es motivo de sanción. “De denuncia”, dijo. Asumí mi destino, andar 12 kilómetros con las maletillas a cuestas, como una de las 12 pruebas de Asterix, sin protestar. Y creo que esa dignidad en asumir el nuevo estado de cosas debió de conmover al señor conductor, porque en cuanto señalé con el dedo las casas de La Reserva, el hombre vio un carril apto para detenerse y paró el autobús sin más turbación. “Mira, te dejo aquí y asunto arreglado”. Abrió el maletero y salí zingando, contento por ese inesperado gesto de humanidad. Siempre he pensado que con buena disposición se puede dar la vuelta al mundo. Me he ahorrado alguna que otra multa con ese temple. Con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, me sale un yo bastante complaciente, cómplice, me pongo enseguida de su lado. No sé por qué lo hago. Quizá para no ser como la mayoría, que saca lo peor de sí ante un agente de la Guardia Civil o un árbitro, como si todos esos picoletos o colegiados fueran responsables de los desmanes de sus respectivos cuerpos o colegios. Ese deseo de no ser como la mayoría lo anoto como factor recurrente en mi persona. Pero no por el deseo de ser especial, diferente, original, veo ahora. Sino por no ser predecible. Nada más decepcionante que alguien predecible. Mis amigos a veces me llaman Veletowski, por mi tendencia a cambiar de opinión, de planes, de parecer sobre algo. Puede que eso no puntúe a favor en cuanto a la forja de una personalidad sólida, contundente, firme. Pero nadie dirá que soy precedible. Aparte, sólidos, contundentes y firmes son las rocas, no las personas.

Me he traído estos días varias lecturas, pero sobre todo una, con vocación de leer algo ligero. 'El síndrome Victoria', de Éric Reindhardt. Leí un tercio antes de la entrevista que le hice. Sí, amigos, a veces los periodistas culturales no leemos las novelas enteras de los escritores a los que entrevistamos. En mi caso, intento que no sea así, pero a veces es materialmente imposible. Por suerte, con la lectura de unas 80 páginas, el dossier de prensa e internet uno puede hacerse una idea más o menos rica de la novela en cuestión, suficiente para plantear al menos diez preguntas. Hay algo de álter ego mío en ese Reindhardt que me gusta, porque un libro, como las canciones, nos gustan más si parece que hablan de nosotros. 'Todas las canciones hablan de mí', se titula la ópera prima de Jonás Groucho Trueba, que vi con Bro en abril de 2011. Digo que vi, pero es falso, porque dormí a pierna suelta durante toda la proyección, aunque desperté el rato en que suena una de mis canciones favoritas, 'La estación de los amores', de Franco Battiato, que el joven director sostiene durante un audacísimo plano estático en que solo se ve la espalda del protagonista, y la música que envuelve.

Tildé para mis adentros esa novela como 'novela de aeropuerto' y no negaré que tiene algo de ese género, aunque quizá sea la mejor novela de aeropuerto que se haya escrito nunca. Habla de una infidelidad, pero lo hace con una serie de giros psicológicos y con una descripción de estados de ánimo que la elevan del  rango de folletín moderno. Lo comparan con Houellebecq, pero a mí me parece que tiene más de Auster. Pero me gusta sobre todo esa inmersión en la psicología masculina fuera del cliché, la del hombre como un ser frágil, menos sexual incluso que la mujer. Me gusta el pasaje en que el protagonista defiende “la fragilidad” como una virtud en el hombre, en una sobremesa presidida por su suegro militroncho y corto de miras. Lo hace para provocar, pero me gusta. “Soy el escritor de las debilidades masculinas”, titulé la entrevista, que se publicará en breve en los diarios de Vocento. Y siento que este álter ego, este sosias literario, se me ha adelantado, porque mis tiros literarios también van por ahí. Sobre todo en la novela que terminé hace un mes. Es buen síntoma, de todas formas, ver que otros hacen lo que tú. Significa que hay una sensibilidad similar que flota en el ambiente.

Ayer, en el Bagus, local donde subo estos post, un momento de fragilidad masculina. De falta de determinación, más bien. Voy por mi primera Kronenbourg cuando aparece una chica de unos treinta años, rubia, alta, grande, bien dotada. Me gusta. Aspecto de ser más de armas que de letras, pero igualmente atractiva. La miro y desvió la mirada en cuanto me caza. No quiero molestarla, intimidarla. Sigo con mis cosas en el ordenador, que no son precisamente vacuas. Un prestigioso editor me pide un texto para una campaña de promoción de la literatura en Extremadura. Otro, me presenta su editorial digital y le digo si le puedo enviarle mi manuscrito cubano, y me responde que por supuesto, que le interesa.

La rubia pide algo de cenar, y todo apunta, como indica el solitario mantel que le colocan, que lo hará sin compañía. Me pica entonces la excitación de pasar de mi estado plácido a la acción, y se me echa un poco por tierra la agustez del momento. Todo es ahora un calibrar la estrategia, si debería sentarme con ella ya mismo, si espero al postre, si simplemente la saludo y le digo de intercambiarnos teléfonos. Pido la segunda (y última) 'demi' de 'Kro' y concluyo que lo mejor será presentarme brevemente y proponerle cenar juntos mañana, y no hacer nada hoy. Eso me motiva más, porque en casa me espera una botella de vino de Burdeos y un entrecot que pensaba hacer con una salsa de cabrales que me traje de España. No me apetece perderme ese solemne momento de felicidad solitaria, y me da pereza sacar mi lado social, ponerme encantador y esas cosas, y hablar de esto y lo otro. Sin duda, proponer una cita para el día siguiente es la mejor idea.

La miro en búsqueda de señales de aprobación pero la tía está enfrascada en su BlackBerry y no me hace ni caso. Con la segunda cerveza, me parece más guapa aún. ¿Qué hará sola? ¿Estará en uno de los cámpings de la zona? La perspectiva de una negativa pesa en mí como una losa. Porque es posible que esté sola porque su novio llegue al día siguiente. Tiene hambre, le apetece cenar y le da igual hacerlo sola. Valoro a las mujeres que no tienen complejos en ir solas a los sitios públicos. No hay ningún mensaje en ello, no debe haberlo. No van solas en busca de alguien que les ofrezca compañía. Pero, ¿y si lo estuviera deseando? Mmmm. Me gustan las mujeres que van solas a los sitios, repito, y me fastidia convertirme en el clásico hombre que perturba su paz haciendo proposiciones improbables.

He venido a La Reserva para no vivir. No para morir, sino para descansar. Para no generar biografía. Para leer, pasear y dejar que mi cabeza se libere, se expanda. Para meterme a mí mismo en la lavadora. Pero de pronto, arggg, la posibilidad de nueva vida, de más vida, se encuentra a tres mesas de distancia. La idea de un yonki de la vida, de las experiencias. Eso buscaba precisamente hace ocho veranos, cuando vine unos días solo, sin mi novia de entonces, a La Reserva. Leí 'La educación sentimental', que es un canto a la juventud, a la vida, a la amistad, al amor romántico, mientras escuchaba, como escucho ahora el sublime disco de 'El cantante', de Calamaro. Di entonces con el título de mi primera y fallida novela, 'El naúgrafo cosmopolita', remedo de 'El robinson urbano'. He vivido varias estancias solitarias en La Reserva, estancias de no-vivir, pero de todas guardo buen recuerdo, aunque no haya pasado nada.

De esta también guardaré buen recuerdo, aunque no haya pasado nada, al menos fuera de mi cabeza. Porque me dejé llevar por una cierta prisa que me evitó seguir pensando, mientras la rubia (algo grandota, pero de rostro angelical) paladeada una copa de helado. Me encomendé a los dioses del azar, que ellos provieran, cuando pasé a la vera de su mesa, en la búsqueda de un mensaje no verbal por su parte que diera pie a un intercambio de palabras, y de ahí a los detalles de una velada común para el día siguiente.

Pero su rostro no mostró receptividad, y nunca sabré si fue por timidez o porque en realidad le apetecía un cojón trabar contacto con nadie en general, y conmigo en particular. Me fui a casa con un cierto mal sabor de boca, como quien deja pasar un tren, esos trenes que pasan pocas veces. Todo parecía orquestado, los dos solos en ese local algo desangelado en la temporada estival que aún no ha arrancado. Podría haber sido bonito, como son todas las historias de amor efímeras e imposibles, en la que uno atisba cierta posibilidad.

Me consolé pensando con que realidad no me apetecía del todo. Sí, me tentaba la posibilidad de dormir acompañado, pero en verdad lo hacía como una prueba a mí mismo. Un personal y particular “a que no hay huevos”, que a veces determina las acciones de los hombres, frágiles o no. El deseo de pasar a la acción, también. Me consolé con esa idea, pero también con la que a lo mejor hoy, última noche de mi periplo por aquí, volvía al Bagus. Cuando acuda para subir este post, lo comprobaré.


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