2.7.12

Fw

Son las 12.07 del mediodía, se puede decir que ya estoy instalado. En un lugar que llamaremos La Reserva, a cinco kilómetros de San Juan de Luz, Francia. A mi derecha, un café, a mi izquierda, dos periódicos españoles, uno deportivo, otro no, cantando las gestas futboleras de ayer mismo. Historia deportiva que ya es historia, cuando apenas han pasado unas horas del triunfo. Nunca ninguna selección nacional logró lo que estos tipos ejemplares: la Triple Corona, que dice el Marca, que nadie logró jamás. Hemos sido testigos de ello y mí me pone contento.

Viniendo de hacerme con unas provisiones en el 'mini-market' he pensado en que el último gol de España lo marcó Mata. “España Mata”, podría haber titulado algún periodista deportivo y no habría quedado mal. Luego he repasado los nombres de los cuatro goleadores de la final: Silva, Alba, Torres, Mata. Entrenados por Del Bosque. Alguien podría componer unos ripios, con todo esto. Justo ayer nació la hija de una amiga mía. Le recordarán que vino al mundo en el momento más álgido que ninguna selección de futbol mundial vivió jamás nunca. Le han puesto Candela, pero quizá habría sido más atinado Gloria. O Victoria. Jajá. O Alba, como el apellido del segundo anotador. Candela me recuerda a vela, 'canddle in the wind', a objeto. No sé si me gusta. Prefiero nombres que evocan a cosas abstractas, más que algo tangible. Hay nombres de flores, pero nada menos material que una flor. Jacinta, Hortensia, Margarita. En mi biografía sentimental, he recolectado alguna que otra flor. Rosas, violetas... umm, la lista florida es corta.

Son las 12.19h y escribo sin prisa ninguna, por el mero placer de escribir. Analizando desde fuera la situación, se puede afirmar que me gusta escribir, porque es lo primero que he hecho en La Reserva, toda vez que he hecho acto de presencia, he comprado unos comistrajos, he elegido cama (la de arriba, la buhardillita) y desperdigado mis cosas. ¿Cuánto me cuesta adaptarme a un nuevo sitio, a una nueva residencia? ¿Media hora? También he plantado un pino, que es otra forma de decir: aquí estoy, amigos. Depositar (de deposición, nunca mejor dicho) parte de ti, aunque sean tus desechos, tiene algo de marcar el territorio. El aroma fétido que se propala durante unos minutos por la estancia (sobre todo si no cerramos la puerta del wc) también contribuye a ese asentamiento doméstico que acelera la adaptación. 

Mientras daba de comer a mis electrónicos animales de compañía (MacBook, Kindle, iPod) he pensado si más que escribir lo que me gustaba era exhibirme. Leí en una revista femenina (hay que leerlas de vez en cuando, para conocerlas mejor) que el hombre es en realidad más exhibicionista que la mujer. Siempre pensé lo contrario, a juzgar por la cantidad de piernas, escotes, tanguillas y culos ceñidos que la retina masculina registra una jornada cualquiera, sobre todo si hace calor. También en la propensión de la mujer occidental al ejercicio del top-less playero; aceptamos que unos pechos bronceados son agradables, guardan coherencia con el resto del cuerpo, pero tampoco pasa nada por cultivar lo podríamos llamar 'pera blanquilla'. No sabría decir cuál me gusta más, si me pusieran en el brete de tener que elegir.

Pero no hay que fiarse de los indicios, hay que ir siempre un paso más allá de la lógica, o estaríamos aún en el creacionismo. Las mujeres gastan escote y todas esas cosas para atraer al macho (ponerlo cachondo, en cristiano) al tiempo que ellas mismas se reafirman en esta liga loca de la supervivencia social y animal que es el mundo. También para sentirse guapas, así, sin más. Aunque en ese sentirse guapas hay también un “soy capaz de meterme en el bolsillo hay quien quiera” que da cierta paz.
El hombre contempla todos esos estímulos y, en efecto, se pone más o menos cachondo, ya que por norma general no somos de piedra. Se excitará, otra cosa es que esos estímulos sean suficientes como para forjar una relación más allá del coito animalesco ya que, por fortuna, algo hemos evolucionado y no siempre tiran más que dos carretas.

Lo que no acabo de entender es el afán exhibicionista del hombre, dando por buenas esas conclusiones de lo que leí en 'Mujer Hoy' u otra revista del ramo. La comprobación empírica está en esas páginas de internet de desfile de camaritas webs, que no son sino un tedioso desfile de penes, a cada cual más burdo, en una proporción de una chica por cada noventa y nueve maromos. Pueden comprobarlo ustedes mismos, pinchando en este enlace. A quién le interese el tema, que lea 'Ejército enemigo', de Alberto Olmos, que es el escritor vivo que mejor ha abordado tan actual cuestión.

12.44h. Me doy cuenta de que podría estar escribiendo todo el día. No sé si ya tanto por gusto, pero sí como terapia ocupacional, como modo de entretener estas horas de voluntaria soledad, necesarias para mi higiene mental. ¿Que si soy un exhibicionista? Pues quizá lo sea, lo cual me da bastante igual, todo sea dicho. Hay cosas peores, y no se hace daño a nadie. Nada es puro, de todas formas. En la escritura de estas entradas, hay un tanto por cierto de exhibicionismo, pero yo diría que menor si analizamos otros tantos por cientos: entrenamientos literario, deseo de fijar la mente, gusto por el mero hecho de escribir, resolución de ciertas cuestiones internas que se clarifican mediante la escritura, reafirmación de uno mismo, conservación de pensamientos, etc.

Quizá un escritor que escribe mucho es el que más duda de su propia vocación, de su condición de escritor. Por eso necesita publicar un libro al año. Quizá el escritor sea un tío que necesite reafirmarse siempre, en todo lo que hace, en todo lo que ve. La mera palabra es un ejercicio de reafirmación de la vida. Parece que si no se dice o escribe algo, no existe. 

Qué bien, por otra parte, sin la absorbente y tiránica conexión a internet, que te arrastra a veces sin remedio por los confines de la red, sus mil y una parcelas de interés, esa otra vida que tenemos ahí. Joder, se vive mejor con un acceso limitado a internet. Estas vacaciones van a serlo también y sobre todo de internet, empiezo a estar un poco hasta los huevos de internet. De esos compromisos de aire que vamos adquiriendo, de esas relaciones a veces fantasmales que tienen sus exigencias, sus servidumbres, sus protocolos, y que nos van robando un poco ese bien finito que es el tiempo, la vida. Cuidado. Achtung! 

No tengo internet en La Reserva y no lo echo de menos. En absoluto. Sí que extraño en cambio una guitarra, objeto mágico del que soy adicto desde hace veinte años. Qué gran invento es la guitarra. Algún día teorizaré sobre sus efectos beneficiosos, al menos en mi persona, como vehículo hacia una cierta meditación.

Me pasaré en un rato por ese local que hay junto al 'mini-market', el Bagus, donde he visto un simpático cartelito de 'Accés Wifi', y enviaré, cual botellita del naúGrafo, esta croniquita de mi primer día de vacaciones de célibataire, en este giro inesperado pero creo que bien resuelto que ha dado el Macropost, encarando ya el tramo final de esta serie.

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