29.6.12

Fu

Oficialmente de vacaciones, al menos de las de fichar de par de mañana en las escasas horas de curro reglado. Días sin madrugar, adiós al déficit de sueño, al ir un poco como un zombi por las jornadas, inventando nuevas franjas del descanso. Adiós a ese suministro desordenado, al menos durante dos semanas, de horas de sueño en su mínima expresión. No se vive mal, de todas formas, con la mente un poco apurada. Puede que incluso se intensifique la sensación de presente. Hay algo de viciado en eso, en ser un yonki del presente. La idea da para pedalear un rato.

Pero hoy pesan en mí otras sensaciones. La noticia del día, la de la elección del nuevo director de informativos en la televisión pública. Un viejo conocido, Somoano, amigo de amigos, compañero incluso de fiestas universitarias. Un tipo de los de pararte a hablar, en caso de encuentro callejero o de evento social, como las pelis de los hermanos Ron. Soy uno de los 188 tuiteros a los que sigue en esa red social. Tan solo tres años mayor que yo, y ahora al frente de la información del ente público, sustituyendo a un tipo de curriculum impecable como es Fran Llorente. Sustituto también de Pepa Bueno como dador de las noticias de las nueve, en el que hasta ahora ha sido el informativo más prestigioso de RTVE, perlado de premios internacionales. 
No tengo ambición en ese sentido, pero he sentido un si es no es de algo parecido, remotamente, a lo que debe ser la envidia. Creo que la envidia brota cuando uno cree que hay algo de injusto en los triunfos del otro. "We Hate It When Our Friends Become Succesful', canta Morrissey,  tipo de éxito, tanto en su etapa al frente de The Smiths, como en solitario. 

Un día soñé que me hacían director de 'Público'. Que me llamaba el propio Iñaki Gabilondo, al móvil, para decírmelo. "Eduardo, enhorabuena. Tienes ahora una importante misión. Pensamos que eres la persona adecuada, estamos seguros de que estarás a la altura. Mucha suerte, compañero!". Me levanté como aliviado por no tener que lidiar con esa responsabilidad, esa cosa de dar charlas en universidades sobre el futuro del periodismo, uff, y atender mil y una llamadas de felicitación, mensajes, correos, cartas, regalos, peloteos varios. Notar el trato distinto en los demás, tras el nombramiento, mezcla de admiración, respeto y distancia. Formar parte los que cortan el bacalao, pero a los que no llaman para las fiestas canallas. Sentí alivio, pero también ese venenillo del poder, esa cosa de notar de pronto la veneración de todos y, más importante, la capacidad de influir en los demás, al menos en lo periodístico, a gran escala. 

No sé si ha sido ese resabio de envidieja, por la inevitable sensación de "hay gente que lo merece mas", lo que ha motivado mi actividad tuitera en el momento de conocer la noticia. Pero en vez de felicitarle por el notición, me he dedicado a manifestar mi opinión política del asunto. Mi descontento con una decisión que no me convence, por el olor a 'dedazo', por el trasvase del hacer mediático made in Telemadrid, y porque, seré sincero, no me han hablado bien profesionalmente, desde hace años, de Somoano. Excesivo amor por el ascenso y tendencia a acatar órdenes. Tiene ahora en su mano demostrar que los suspicaces estamos equivocados. El tiempo lo dirá. Veré el telediario con muchos ojos, a partir de ahora.

Esta tarde dormí una siesta. Tuve un sueño violento, en el que aparecía un viejo amigo, que hacía un poco de álter ego somoánico, los sueños son así. Cometía un robo en una tienda, y yo lo veía y, en un arranque extrañamente violento, yo me abalanzaba sobre él, garante de las justicias. En el lance, le jodía  un par de huesos, y yo me rompía el alma por haber puesto por encima la ley, la norma, lo correcto, antes que el aprecio a esa persona.

¿He hecho bien con esos tuits críticos, desagradables incluso? En la entrevista a Éric Reindhardt le pregunté si creía en la 'cohabitación' ideológica dentro la pareja. Bruni se hizo de derechas al casarse con Sarkozy, aunque en realidad lo era ya. Su presunto izquierdismo era pose más que nada. Me dijo el escritor que no creía en eso, al menos en las relaciones serias, largas, profundas. "Yo, al menos, no podría". "Yo tampoco", le contesté. Quizá sí cohabitar, compartir hábitat, como lo comparten los leones y las cebras. Pero convivir, compartir vida, si no es con sintonía, no sé, no lo veo. 

La sensación, desazonadora, de que en las relaciones, aunque sean solo cordiales, también hay que tomar partido, repudiando como repudia este náuGrafo la hipocresía.

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