27.6.12

Fs

Acabo de escribir en Twitter que deberían inventar los pesos cerebrales, esas bolsitas de arena que ponen límite elevador a los globos aerostáticos, pero en versión mental. Como para aterrizar. Claro que la culpa es mía, por haberme tomado un café "suave " que, combinado con pocas horas de sueño y la leve resaca provocada por una caña doble, un mojito y un gin tonic de Tanqueray, me impiden concentrarme en mis 'affaires'. Moriré de vida social. Y hoy, y mañana, fútbol. Y recibir a amigos de los que hace poco te despediste, notar que cada día un día es un día, pero qué bien, la verdad, mientras se pueda, y ya dormiremos, descansaremos, estaremos tranquilos, mañana. 'Cuando ya esté tranquilo'. Tengo en mi móvil las fotos de unas páginas muy ilustrativas de este título de Eugenio D'Ors, que modificado, me ha servido para bautizar a mi último libro de diarios. Dar unidad a un producto tan escurridizo como unos diarios es jarto complicado, y creo que lo he logrado. Ahora toca corregirlo y buscar editor.

Necesidad de vacaciones y de esa expresión tan manida, tan topiquera, que es desconectar, pero que ahora mismo cobra más actualidad que nunca, un sentido tan literal que da miedo. Desconectar móvil, WhatsApp, Facebook, Twitter, Instagram, e-mail, blog. Será una desconexión deseada pero también forzada, porque en la Unión Europea de la moneda única, cruzar la frontera significa pagar una tarifas insultantes por el 'roaming'. Será tal la desconexión, que hasta este Macropost quedará interruptus, contraviniendo los sacrosantos estatutos firmados por mí en el aire. 

Las vacaciones, en Francia, me lo contó mi abuelo en agosto de 2006, se formalizaron en 1936. Congés payés. Voy a tener 15 días, dos semanas sin madrugar. A la vuelta, tendré que trabajar más, porque este año no tenemos refuerzo, en la oficina en la que me dejo las neuronas de par de mañana, con la prensa internacional. Recortes en organismos públicos, así que nada de apoyo veraniego. Un ahorro de, no sé, 800 euros, para que mi compañero y yo podamos irnos de vacaciones y que el chiringuito no quede cojo, que se traducirá en media hora más de curro cada día. Una medida que me afecta, pero vamos, tampoco me hunde. Peor lo tienen los camareros que se quedan sin metro, y cuyas conexiones en autobús no ayudan, y tendrán que depender de taxis para volver a su casa. Hoy leí el caso de un tal Salustio, que curra seis días por semana o solo libra los martes. La mayoría de los camareros de Estepaís trabaja seis días a la semana, librando los días más sosos de la semana, por sueldos que no van mucho más allá de los mil euros. Recuerdo un camarero en La Habana, en el bar El Mundo (que sale por cierto en 'Animal tropical', de Pedro Juan Gutiérrez), que me contaba que trabajaba dos días seguidos, incluso 12 horas, pero que luego libraba otro, entero. "A mí la revolusión me lo ha dao todo", me dijo, después de endosarme unos puros que parecían cartuchos de dinamita, por cuatro perros. 

Tengo un libro de mis andanzas cubanas, de mis impresiones con un sistema que, al menos durante dos semanas en las que tuve ocasión de conocerlo, no me convenció. Al revés. Aquello era el imperio de la desidia, del no-futuro, de la incapacidad de ser nunca un hombre, mujer, de bien. Siempre una ridícula hormiguita al servicio de una jerarquía opresora y en la parra. Un sistema alienante, que fuerza a heroicas y arriesgadas disidencias, a deshonrosos y trágicos exilios, pero que a veces me parece menos cruel que los seis días de siete de Salustio. 


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