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Basta que te eches un rato, a una hora anormal, para recuperar las horas que el yonkismo social en el que pareces andar metido, para que se produzca una sinfonía de llamadas, wasaps y mensajeros varios que te reviente el descanso. Me sorprendí a mismo saliendo abrir a pecho descubierto, en plan tercer mundo, y firmando el albarán de tal guisa, mientras salía una vecina, nada guapa, a ver qué se estaba cociendo. Libros. Uno de ellos 'El libro de los veranos', de una tal Emylia Hall (Emiliana Vestíbulo en España), del que en la editorial están insistiendo mucho en que hagamos algo. Ha sido un fenómeno en Reino Unido, traducido a 14 lenguas, ahora quieren que lo sea aquí también. Me gusta el título. El libro de los veranos. Basta que algo incluya la palabra 'verano' para que me parezca evocador. 'Verano del 42'. 'Verano', de Coetzee, que va de todo menos de veranos, pero qué evocadora, señores, esa portada con la 'pick up' perdida en un paraje nadista de Sudáfrica. Leí ese libro justo hace dos años. Hay libros que caen en nuestras manos, en nuestras vidas, en el momento más oportuno. Ese lo hizo. Lo leí justo cuando empezaba el verano, como ahora, esa época en que sentimos como un vértigo de vida, entre excitante y casi acojonador. "La inminencia del verano como algo más intenso que el verano mismo", leí hace poco en un librito de María Francisco Ruano. 

Esta mañana me pararon los de la tele. Me fijé en una tipa en la que era imposible no fijarse. Infinitas piernas desnudas cubiertas tan solo con un short de los que se llevan ahora y rostro angelical. Más alta que yo, belleza televisiva. A su lado, de belleza más modesta, la productora, a la que conozco de una incursión mía reciente en el mundo de los concursos. Me pidió si quería prestarme a decir ante la cámara que yo vivía en el barrio, y que era vecino de X, la pija X, la hija de don Borjamari y doña Pochola de las Mercedes. Y, joder, no me lo pensé, y dije que sí a todo, y sin darme cuenta me vi con la piboncia en el mismo plano, frame, que yo, contestando sobre si X, la pija X, la hijísima X, bajaba la basura ella misma, si montaba muchas fiestas, si hacía cosas que los tabiques no deberían filtrar. Y yo diciendo que era muy buena vecina de un barrio en el que yo no vivo, pero que no me invitaba a sus fiestas y que "se hacía la sueca" cuando me veía por la calle. ¿Y qué es hacerse el sueco? Pues, eso, la despistada. Y que alguna vez la había visto en el Palacio del Jamón, porque la aristocracia también es amiga de juntarse con el pueblo. 

Segundos después mi intervención, por la calle del Arenal, me maldecía a mí mismo por mi falta de determinación. ¿Cómo había entrado en ese trapo? ¿Por qué me había prestado a semejante pantomima? ¿Por qué todas esas mentiras sobre la citada X? Me acordé de una entrevista que le hice hace poco a Pedro Sorela, en que me contaba que trabajó una breve temporada para el mundo rosa, y que aquello no era sino invención pura y dura, mentira como herramienta rutinaria de trabajo. Lo que ya sabemos, sí. Pero de verdad. Mentira de verdad.

Huelga decir que impregné todas mis declaraciones de un cachondeíto quizá no muy verosímil, como consciente de la gran broma que era todo, de la gran broma en que vivimos. Sí, puede que por eso accediera. También porque, así es la conducta humana, y no trato de justificarme, o quizá sí, pesaron más en mí más las ganas de hacerle el favor a la productora conocida, y las de enfrentarme a una cámara, que es algo que me da cierto morbo, que la de la ética. 
Me decía una amiga este domingo, con algo de guasa, que en ella pesa más la estética que la ética, y que por eso le gustaban los toros. En mi caso, creo que hay un empate técnico, y la ética gana en los penaltis. Aunque no descarto que la estética le gane la partida por un rato a la ética, y me deje caer por una corrida durante los próximos festejos sanfermineros. Ay, no, no sé. ¡Coherencia, ven a mí! ¡Imponte, coño!

Tal día como hoy, 26 de junio, hace cuarenta años, se inauguraban los Encuentros de Pamplona 1972. Qué pena que aquello no hubiera permanecido en el tiempo. Al menos como cita bienal, quinquenal, decanal. Un evento que se repita cada diez años. En Canarias, hay muchas fiestas patronales que solo se celebran cada cinco años. Romerías. Creo que por una cuestión de pasta, los recortes no son cosa de ahora. Me hubiera gustado participar de esa explosión del verano, de ese vértigo de vida, asistiendo a un concierto de Steve Reich, en una Pamplona experimental e imposible. 




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