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Creo que tengo oficinifobia. Lo digo minutos después de haber firmado un contrato de verano en un espacio de co-working, que es lo más parecido a una oficina, aunque tenga columnas art-decó y pizarras buenrrollistas. Pero el trabajo no siempre es buenrrollista. Se ve en los rostros de la gente, a menudo serios, en las antípodas de la laxitud del fin de semana, pinzados, preocupados, ¿oprimidos? La idea de un tipo tan oprimido por el Estado que acaba tirándose por el puente. La cuota de autónomos, de basuras, del IBI, el alquiler, las facturas, la conexión a internet más cara de Europa, los regalos de boda a las que no se atreve a decir que no, la falta de seriedad de sus pocos pagadores. La opresión que crece y es ya imposible darle al Reset o empezar de nuevo, por estar ya entrampado hasta las trancas. 

Siento que la gente saca lo peor de sí, en las oficinas, en las redacciones, en los despachos. Se nota el miedo. Un miedo a no sé qué. A no estar a la altura, a ser menos que el otro, a la humillación del jefe, a hacerlo mal, a fallar a los demás, a sí mismo. La ansiedad, la tensión, flota en el ambiente, y se van generando úlceras insidiosas, llagas en las bocas, afecciones en la piel, que los doctores achacan siempre a estrés, en ese diagnóstico tan plurivalente como acertado. 

El ser humano deja de ser él para convertirse en otra cosa, cuando trabaja. Una versión forzada pero temblorosa de sí misma. Animalito frágil, que sin embargo muestra una fachada endurecida, presta a soltar una respuesta cortante si es preciso. He visto una hostilidad reinante en muchos de los ambientes de trabajo en los que he pasado, que han ido sedimentando en mí el deseo de montármelo por mi cuenta, el rechazo a esas jaulas de leones laborales de los que se diría que solo se levantan de la cama con el objetivo de menguar un poco la angustia del día anterior. Y así uno y otro día, hasta que llegan las vacaciones como agua de mayo, aunque estas son siempre cortas y hay que volver, y en cuanto se ha alcanzado la famosa desconexión llegan los negros nubarrones de la proximidad del GRAN LUNES, el de enfrentarse a esos compañeros, apocados como tú que, como el dinosaurio de Monterroso, aún siguen ahí. 

Nuevas jornadas en las que uno sabe cuando entra pero no cuándo sale, rodeado del ridículo material de oficina, prolongación adulta de los estuches y gomas Milán del colegio. Hay algo de ridículo, en hombres de cierta edad y posición, en lo de regirse por unos horarios, en seguir todos los días el mismo recorrido, en todo ese contexto de papelería que son los despachos. Don Drapper, ese gran Tipo B, tiene algo de ridículo encerrado en una sala de reuniones, con una carpetita en la mano.

Formas de trabajo... ¿del pasado? Me reúno de gente que trabaja, pero conservo mi capacidad de transgresión, mi salto por encima de la rueda de molino. Un salto acrobático, esteta, rebelde, del que puedo salir malferido, tullido, cojitranco.

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