Fo

Dario Fo. ¿Sigue vivo Dario (sin acento, en italia no se ponen) Fo? Apenas he leído nada de él, y su nombre me trae un recuerdo agridulce. El de un regalo de cumpleaños que una exnovia me hizo, cuando ya no eramos novios. Fue un gesto amable, pero lo que se dice agridulce, regalos extemporáneos. Me he ido acostumbrado a los cumpleaños sin novia. Se siente uno especialmente homenajeado si ese día tiene novia. Aunque también, si la tiene y las cosas no van especialmente bien, todo se tiñe de una negrura especial, como si un pulpo se colara en la velada para pringar todo de una melancólica tinta. 

Este año me felicitaron más de 200 personas en una famosa red social. Después, cené con mi hermano y tres amigos, tres. Lo local y lo universal. Hay que ser ciudadano del mundo, pero también tener equipo de fútbol en Segunda y conocer recetas de tu abuela. Hay que tener millones de amigos, pero también tres o cuatro buenos. Me regalaron un curso de cocina japonesa caliente. El jueves 27 recibiré, durante dos o tres horas, lecciones de cocina japonesa caliente. El otro día puse un tuit que decía algo así: "Comienzo de relato: le regalaron una caja-regalo de 'Vive una experiencia emocionante'". No sé si lo del tema japonés me deparará grandes emociones, a no ser que me corte el dedo con un cuchillo, pero me hace gracia verme en una salsa en la que no habría caído de no ser por la acción de los demás. ¿Dónde os conocisteis? En un curso de cocina japonesa caliente. Me sorprendió lo bien que preparó el teriyaki. 


Lo woodyallenesco.

El jueves me reencontré con un amigo del cole. Envejecer es recuperar amigos de la infancia, puse también. Los amigos de la infancia tiene un valor extra por eso que comentábamos por aquí. De pronto, nos hace ilusión tomar cervezas con alguien que fue testigo de los años bañados por el sol de la infancia, que diría algo cursimente Albert Camus. Recordamos anécdotas y nombres que no sabía que mi memoria almacenaba por algún lado, pero así era. El cabrón sacó a colación una más bien lamentable, protagonizada por mí. La de un mocardo de tamaño sideral que extraí de mis napias previa instalación de un artilugio fallido, ideado para ganar una discreción que no logré. A saber, el libro de 'Grammaire française' que coloqué frente a mí, mientras urgaba en mi repleta de mucosidades nariz, pero que dejaba al descubierto la visión lateral. Me cazaron con todo el carrito del helao. Curioso tener una anécdota como congelada en el ámbar de los recuerdos, y de pronto, zas, rescatarla, sacarla con delectación, como el moco citado, y visualizarla como si hubiera ocurrido ayer y no hace veinte años. 

Pude haber formado parte de ese grupo, pero no lo hice. Eran jóvenes, pero bastante malotes. Demasiado para mí. Preferí una vida tranquila, de cuarentón sin haber llegado a los veinte. ¿Cómo hubiera sido de haber optado por el lado salvaje de la vida, entonces? Tengo que agenciarme esa novela, 'Cendrillon', del amigo y alter ego en cierta manera, Éric Reindhardt.



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