22.6.12

Me pone Javier Serrano esto en un comentario a una entrada anterior, la Fn, en Facebook:



"Es preciso contar un presente, ¿comprenden? No solo con un instante perdido del que alimentarse el resto de la vida". (Extraído de 'Kallocaína', Karin Boye.)



Por supuesto. Tiene razón. La imagen de ese, yo que sé, cineasta que una vez ganó un Goya pero que luego entró en una crisis personal y vital y se aferra a ese recuerdo como tabla de salvación, y poco más, desde su sofá cuarteado del barrio de Prosperidad, maldito nombre. 

Pero es bueno mirar atrás, para salir un poco del personaje que la vida ha ido creando en torno a nosotros. Esa hiedra trepadora que va generando una tupida capa alrededor de nuestra identidad, sepultando ciertas partes de nosotros. Ayer, en la entrevista con Éric Reinhardt, me habló de su anterior libro, 'Cendrillon', que luego me recomendó, en un aparte, en plan 'te va a gustar'. Y lo conseguiré, a fe, después de escribir este post, vía Amazon, y lo leeré, en francés porque no está traducido. ¿Por qué no intentar traducirlo? ¿Se puede traducir un libro y luego intentar venderlo a una editorial? El mundo de la traducción literaria está jodido, me lo dijo el otro día una tipa, precisamente francesa, en 'speed meeting' de los co-workers de Utopic_us, donde ahora me dejo caer, en mi lucha diaria contra la procrastinación. Progreso adecuadamente. 

'Cendrillon' es un ejercicio de autoficción con cuatro personajes, uno con el nombre del propio autor, Éric Reindhart, con el que por cierto me sentí bastante identificado, ayer. Hasta físicamente: nariz generosa, ojos claros, delgadez. El prota es escritor, y acaba siéndolo. Pero a los otros Érics, el azar les conduce por otros derroteros, y acaban erigiendo otro tipo de vidas, de profesiones. 

Esta mañana, me mesé la barba del mentón, y aprecié que, efectivamente, aquello podía considerarse barba. Recuerdo un viaje en tren, de niño, verano, de Pamplona a Reus, destino Salou. Empezaba a leer, con aquellos libros naranjas de Alfaguara que nos regaló la tia Te. La alocada tía Te, siempre con sus anarquías, resulta que contribuyó como nadie a nuestra educación, con esa colección que nos regalaba por etapas. Gracias. En uno de esos libros, salía un personaje que hablaba a menudo de su fina barba, y de cómo le gustaba mesársela. De mayor quiero tener barba, me dije. Era un yo tendente a las aventurillas, contrario quizá al estereotipo que los otros y yo mismo hemos ido construyendo sobre mí. 

Una tarde, en 6º de EGB, la profesora de Religión nos pidió que nos describiéramos brevemente, para conocernos mejor. Dije que me gustaba "leer, el mar y la aventura". Me avergüenzo completamente al recordar aquella solemne descripción de mi persona. De hecho, cuando la solté, se oyó un "guaoo" de alguna compañera. Vaya gallito.

Pero ese era yo también, y me gusta re-volver a hitos remotos de mi biografía para recomponer la ruta. Hay que mirar atrás, sí, instalados en el presente. Porque presente hay, vaya que sí. Pero la literatura cobra sentido hablando del pasado. Los diarios literarios, que me gustan, no dejan de ser obras quizá menores por esa dimensión pegada a lo cotidiano. La literatura se despliega en todo su esplendor cuando hunde sus raíces en la memoria.

Me interesa el futuro, el presente. El futuro surge de ambos, no le hago caso, no existe para mí, se hace al andar.


1 comentario :

  1. "El futuro es mío en tanto vivo", escribió una vez Clarice Lispector, ya que la señalaste hace unos días.

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