21.6.12

Fn

Vivo estos días con el retrovisor puesto, aunque solo lo miro a ratos. Y son ratos que me gustan, como si estuviera viviendo el aniversario de una efeméride propia. Siempre he pensado un hombre, una persona, tiene que tener su propia cultura: sus hitos, su folclore, su gastronomía, un lenguaje característico,  incluso unos cuadros propios. Un kitsch kunderiano personal e intrasferible, vaya. Y que al unirse con otra persona, esa cultura individual devenga algo más grande, social, incluso. En un país de dos. 

Celebramos fiestas de santos que ni siquiera sabemos dónde nacieron, qué hicieron, cómo se ganaron su santidad. ¿Por qué no celebrar, rememorar, las experiencias gratas del pasado? Me veo ahora como el último flâneur, el que fui en esos días de junio de hace justo un año, animado por el descubrimiento de X, pero también algo cansado de deambulajes demasiado trillados en solitario. París, incluso. En esa ciudad, verano del 99, ejercí de flâneur, libreta en mano, sin saber que existía esa etiqueta y sin conocer toda la literatura en la que luego he buceado, la del paisaje urbano, las ciudades, la memoria, la de una cierta melancolía. La del paseo y la observación. 

La del El robinson urbano de Muñoz Molina, que leí con avidez en julio de 2004, y que luego dio nombre a mi novela fallida, titulada en plan remedo como El náufrago cosmopolita. De ahí viene, un poco, todo. 

Ayer estuve en mi antigua casa, la de la calle San Lorenzo, para recoger unos libros que no pude llevarme en un primer momento. Algunos de ellos firmados, como los de Miguel Veyrat que con suma amabilidad me envió a finales de 2008. Entre ellos, también, despreciado en un primer momento, Fenêtres de Manhattan, del citado Muñoz Molina, que compré en esa enorme librería que es Gibert Jeune, en la plaza Saint-Michel, dentro del meollo de Saint-Germain-des-Près. Me apetecía leer en francés, porque entonces me apetecía todo lo francés, construir, cultivar, ese otro yo mío, descuidado quizá demasiados años. Lo compré con la excitación con que se compran los libros sobre el lugar en el que, previsiblemente, seremos felices: en apenas dos semanas me iba con dos buenos amigos a Nueva York. 

El libro, claro, viajó de París a Nueva York, y luego lo seguí leyendo en Madrid. Los tres escenarios de mi última novela, y pienso ahora que este libro tiene mucho valor dentro de mi particular museo de las efemérides íntimas. Hice bien en rescatarlo, ayer. Y, hoy, cuando pensaba en todas historias personalísimas, caí en la cuenta de que lo debía de haber comprado justo hacía un año. Lo abrí con la esperanza de encontrar mi propia firma, y ahí estaba, como recién salida de una larga y solitaria hibernación. 




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1 comentario :

  1. Me canso de hacer maletas que no me llevan a ninguna parte... ¿Y eso qué tiene que ver con tu celebración de efeméride y tu firma rescatada de un libro? Pues no sé, pero es lo primero que se me ha ocurrido al terminar de leer.
    Hoy comienzan mis vacaciones, como en junio del año pasado, y del anterior, y del anterior, y hay que preparar maletas, esas que no me llevan a ninguna parte, a esos lugares de donde ni siquiera me traigo un libro... Hacer y deshacer maletas siempre tiene que servir para algo: búsqueda, encuentros, huidas (éstas siempre hacia adelante, que lo de atrás ya lo conocemos)... Entrar y salir de los sitios, como entrar y salir de las vidas de otros, siempre tiene que significar algo, dejarnos un poso, certezas o incertidumbres, pero algo.


    Estupenda foto la de abajo.

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