20.6.12

Fm

Me noto algo más plano, lo dije hace algunas entradas, y quizá no sea mal asunto. Vivir un poco más por encima de las cosas. Quizá sea una especie de descanso mental tras un año bastante cargado de emociones. Hace hoy, precisamente, un año de aquella primera cena con X, en aquella plazoleta parisina, el primero de los dos días que duró aquella breve historia de amor. Días que viví sabiendo que siempre los recordaría, días en los que escuchaba machaconamente a Ron Sexsmith, su 'Late Bloomer', con la certeza de que estaba fijando así la banda sonora de ese capítulo. Días, historias, que cuentan, sobre todo para aquellos a los que nos gusta releer de vez en cuando ciertos episodios de nuestra novela-vida. Releerlos, e incluso recrearlos por escrito. Para vivirlos otra vez, y para descubrir con la escritura nuevos aspectos que pasaron inadvertidos entonces. 

Quizá pese en mí el 'efecto junio' o que hago menos incursiones en aguas melancólicas, de las que siempre se suele sacar algo. Me dijo Trapiello una tarde, en El Escorial, que necesitaba una "moderada melancolía" para escribir. Quizá la melancolía sea la gasolina del escritor. Extraña el necesitar estar algo triste para poder escribir. ¿Y si te alegras de estar triste porque así escribirás mejor? ¿Se jode entonces el asunto? 

Pero pasa que, a pesar de ciertas turbulencias de tipo digamos financiero, hay cosas que se van fijando, y quedan atrás tribulaciones del pasado. La sensación de haber ganado en seguridad por el camino propio y, como leí en Twitter, disfrutar del trayecto que nos lleva hasta conseguir lo que deseamos. ¿Cómo era? La clave es ser feliz con lo que tenemos hasta que logramos lo que deseamos. Buena mierda, filosofía barata de calité. Tengo un garrafón post-33 cumpleaños encima que me nubla el pensamiento. He terminado dos proyectos literarios nuevos, y he culminado con dignidad el proceso de publicación de 'Luz de noviembre, por la tarde'. La nave va. 

En tiempos de zozobra generalizada, me brota un considerable optimismo y de pronto nace hoy la idea de pasar una temporada en Berlín. Otoño en Berlín. En octubre, toca mudanza. El amigo que me alquila el piso vuelve de su particular otoño en Berlín, y me fuerza a un nuevo cambio de coordenadas. El cambio es estar de vacaciones, leí una vez. Quizá por eso mi estado anímico al alza, que me hace quizá vivir más plano, pero también más ligero, más despreocupado; por otra parte pienso que me lo merezco. 

Mañana entrevisto a Éric Reinhardt, que publica en Alfaguara un 'thriller romántico', 'El sistema Victoria'. He subrayado con cierto énfasis, mientras sorbía un granizado de piña, las siguientes líneas: 

Me gusta mi vida por el sueño del que está impregnada, de que algo va muy pronto a desplazarla, una mujer, un milagro, un encuentro, una inaudita proposición profesional, un acontecimiento o una idea genial que germine en mi cerebro. Es este sueño lo que me gusta cuando me gusta mi vida.

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