18.6.12

Fk

El estilo de vida da el estilo (literario), puse el otro día en Twitter. La literatura como papel cebolla del tipo de vida que llevaba el autor de esas páginas, cuando las escribió. En mi novela recién terminada hay tres partes, y cada una está escrita  bajo un estilo de vida distinto, de mayor a menor estrés. Es curiosa esa novela, de corte autobiográfico, porque se empezó a escribir, el relato, sin que la historia, las cosas que pasan, hubieran sucedido todavía. Como si fuera un diario, pero algo más. Bastante más, porque el escrito tiene forma y vocación de novela. Se escribió porque tenía que escribirse y, aunque muchos de los acontecimientos no se hubieran producido cuando empecé a redactarla (hace un año y un día, el día de mi 32 cumpleaños, en un restaurante japonés de París, cerca de la Gare de Lyon), sabía que se acabarían produciendo. Sabía, de alguna manera, que esa novela se iría haciendo sola, sobre la marcha, conforme fuera viviendo la vida que luego conformaría esas páginas. Sabía que pasarían cosas, y que se irían colando en la novela. Surgirían las páginas de una novela de aprendizaje, de madurez, bildüngsroman, en la que embarqué. Porque si vives la vida como una novela, al final te sale una novela, cuando escribes sobre tu  propia vida. 

Y no porque haya un afán novelesco, sino porque la vida en sí tiene muchos elementos de novela, y los conflictos, las dudas, el paso de un tramo de edad a otro, aparece solo. No hace falta embarcarse en grandes aventuras para vivir una vida novelesca; para escribir sobre la vejez basta con hacerse viejo. No he leído 'Todos los nombres', de Saramago, muerto por cierto hoy hace dos años, pero me suena que va de un funcionario que colecciona nombres. No son las cosas, sino cómo las vemos. A más acción en un libro, menos capacidad del tipo de extraer matices de la realidad. 

En esa novela, hay tres partes, París, Nueva York y Madrid, y cada una tiene su ritmo literario distinto porque en cada etapa viví bajo un ritmo vital distinto. De más estrés a menos, como digo. Y en los diarios que finalicé el pasado 30 de abril sucede algo parecido. Están escritos con medio cerebro, con pocas horas de sueño, al terminar el día. Lo que sale de ahí es un estilo directo, sin depurar, pero también honesto, creo, y fruto del espíritu, y fuerzas físicas, con que cada día abordé el folio en blanco. Es un diario escrito en una época determinada, veloz, a pesar de ciertas horas estáticas.

Espero no renegar de ellos cuando me enfrente, este verano, a la fase de revisión. 

Ahora, por ejemplo, noto los efectos de un café descafeinado que se une al cafe-inado que tomé este mañana. Ha caído en un organismo que ha comido frugalmente una ensalada de lechuga, tomate, cebolla frita con mostaza y miel y tacos de pavo, un cono pequeño de chocolate de postre y agua con Pulco de limón como única bebida. La sensación de ligereza, de cuerpo que se retrae en lugar de expandirse, de viajar ligero de equipaje, de agilidad, de salud incluso. La idea de optar por una alimentación alejada de los excesos de Occidente, o al menos coquetear con ella. Escapar de la molicie, buscar la esbeltez, gotiquificarnos, perseguir el sol, como las plantas, ganar terreno al cielo, como las catedrales, viajar por los estilos de vida, porque en ellos encontramos distintos estilos, literarios, vitales, que van conformando el propio.

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