15.6.12

Fh

El pensamiento, las ideas, aquello que nos saca de nuestra carcasa a menudo demasiado básica, se cuela  por los intersticios del día. En esos momentos tontos en que uno nunca pensaría que se pensaría tanto. Al afeitarse, en las escaleras del metro, esperando que se tueste esa rebanada de pan que aún no merece el nombre de tostada, en la sala de espera del dermatólogo, en el silencio incómodo del ascensor, mientras limpiamos (¿lavamos?) una lechuga, en el taxi. Me noto poco pensativo, poco receptivo, un yo que no me gusta, como anestesiado, estos días. Mal momento para embarcarme en el Macropost, pienso ahora. Me veo hombre masa, uno más, alguien que no brilla, un ser como del montón. Solo me veo distinto, solo me gusto, cuando por mi interior aprecio lo que podríamos llamar humores, pero no cualesquiera. Una capacidad de percibir el mundo y que este te afecte, cale en ti, como calan en el protagonista de El Perfume, en su pituitaria, los estímulos del mundo. Vivir de espaldas a ellos, o inmune, pasar de largo, tiene algo de muerte en vida. 

Y quizá desde que caí en la dinámica del smarthpone, en un hiperconectivismo que no descansa ni de noche, en un tener la mente siempre distraída, pero de sí misma, he dejado de ser un poco yo. Ese yo del que estaba orgulloso. No es que ahora no lo esté... No es cuestión de tiempo, me temo, sino de falta de horas de sueño. Un andar a menudo bajo mínimos mentales. Un llegar a junio con el cerebro literalmente desgastado. Recuerdo el primer junio en que tuve conciencia de junio, año 1984, algún día escribiré sobre eso. 

Hoy me fijé en el clochard meditabundo, del que ya he escrito en otras ocasiones, y al que escruto desde principios de 2007, en los breves segundos que dura nuestro contacto visual. Madrid, gran ciudad en la que sin embargo he creado una serie de rutinas. Echaré en falta a ese tipo si se va, o si me largo yo a otra parte. Le tengo un extraño cariño. 
Me fijo en que cada vez es un pobre más sofisticado. No hay más que ver la cápsula choricesca, perfectamente diseñada para aislar inclemencias del tiempo, en la que se embute cada noche para dormir. La empieza a desmontar sobre la siete. Antes de las siete y media enfila el camino hacia unos aseos donde se hace sus limpiecillas. El carrito en que lleva su mundo también exige su mantenimiento, y más de una vez le he visto engrasando, desengrasando, con tuercas, rodamientos, bricolajes. Qué pereza ser este tipo de pobre tan tecnificado, pienso cada vez que lo veo. 
Hoy lo vi, hacia la una, preparándose unos comistrajos, con un punto de pudor por hacerlo en plena vía, del que salía un animado chop-chop. ¿Qué clase de infiernillo se ha montado el tío para empezar a comer caliente? Desde hacía tiempo, le pegaba sobre todo a bocadillos, que preparaba con celo, como todo lo que hace. Su dieta ha evolucinado. ¿Será un plato de viernes? 

Cada día me pregunto qué motivan los días de este tipo. Quizá sea simplemente esos humores de los que hablé antes. La capacidad de bastarse y sobrarse con los matices de la existencia, y con la vibración aún notable de experiencias del pasado. Un modo de vida que no sabría decir si cae en el vicio o en la virtud, aunque me inclino a pensar que más en lo segundo.


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