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Ayer no escribí porque era el Día del Escritor, y ese día está prohibido poner cualquier palabra por escrito. En este tiempo he asistido a un par de actos de temática tecnológica, presentaciones de nuevos proyectos, como la nueva Terra España, o Biid, aplicación para escuchar música en el móvil. Me relacioné con gente con la que ya no acostumbro, o lo hago menos, que es esa del sector de la tecnología, internet, start-ups, y demás. Sin darme cuenta, me había limitado últimamente a un círculo más periodístico-literario. 

Me gustó esa sensación de ajenez del colectivo, en el que destacaban barbas como las de un tal Carlos Díez, miembro destacado de un supuesto ránking de barbas nacional, si es que lo hubiera. Barbas que, en contraste con su calvicie circundante, brillaban más por su presencia. Entonces pensé en si las barbas hay que lavarlas con champú o vale un simple jabón neutro tipo Sanex. Pensé también que hace tiempo que no me ralo mis pelos capilares y que en la zona del mentón se están amontonando, amentonando, una cierta masa considerable a la que presto escasa atención higiénica. Como si con ella no fuera la cosa. Hay algo de arrealismo en el hecho de lavarte la perilla. ¿Hay alguien que se lave los talones? ¿Aquiles? 

Percibí, aparte de mucha niña mona, un modus operandi social distinto en esa comunidad prima-hermana de la periodística, en la que abundan los geeks y los seres estrafalarios que se llaman directores de arte o arquitectos webs, por ínfulas renacentistas que no sea. Un modus operandi en el que se valora el ser agradable con el otro, aunque sea falsamente; buscar la risa, la anécdota, la chanza, la chacota, el chascarillo, el comentario. Quizá no se produzcan conversaciones de gran altura, ni se arregle geopolíticamente el mundo con esos comentarios, pero también es verdad que hay algo de trasvase humano, de cierta conexión, en esos intercambios sociales. El discreto encanto de lo normal. En saraos de tipo más periodístico, la pegazón a la actualidad es una liberación y una condena al mismo tiempo: sirve como base para tema de conversación, pero a menudo es imposible escapar de ahí, por muchos intentos que uno haga por desviar la conversación. El periodista medio que desoye a Michi Panero para ser un auténtico coñazo, además de caer en otro gran vicio de la profesión: la ostentación. 

En el mundo literario, la vanidad y ciertos complejos de inferioridad atenazan la naturalidad/espontaneidad de las relaciones. 

De pronto, notar algo sano en esa gente, como en X, que me habló de su entrada en el mundo de los revestimentos (poco cool, sí, vale) para edificios, tras una etapa haciendo notas de prensa en el sector farmacéutico. Lo hacía con entusiasmo, encantada de tener ese trabajo y no otro, sin dobleces. O  un tal Y, director de comunicación de una importante empresa de venta de vino por internet, también entusiasmado con su trabajo. Quizá hubiera algo de vendedor en su discurso, y qué. Nos dijo que en España, pese a lo que se pueda pensar, no se consume mucho vino. Que es un país de cerveza. No hay cultura de ir a una tienda y comprar vino. No hay tiendas Nicolas, ni Waitrose, como en Francia y UK, añadí yo, resabiado. También dijo, molesto, que mucha gente en España cree que Rioja o Ribera del Duero son "marcas". Confesé, algo sonrojado, que hasta hace poco pensaba que Rueda era también una marca. 

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